Crónicas de ninguna parte, relato

Ovidio (Isla XV)

Decidme lo que habéis visto.

En el fondo de la noche

hay un escalofrío de cuerpos ateridos.

Gabriel Celaya.

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Con el famoso anarquista ya desaparecido, a punto de ser militarizadas sus famosas Columnas, y a poco más de un año de las levas del Biberón, entre un numeroso grupo de compañeros de la fábrica de vidrio donde trabajaba, Ovidio, con tan solo 17 años, se apuntaba voluntario a las huestes de Durruti. De toda esa camarilla, al día y hora de salida hacia el frente, solo se presentan en el lugar indicado, él y su amigo Imanol, que emitiría su último suspiro, unos meses más tarde en sus brazos, en la oxidada alambrada de un campo de olivos del Segriá leridano, donde hubo de abandonarle ametrallado, en una helada y tenebrosa madrugada, a riesgo de correr la misma suerte.

No le gustaba hablar de ese tiempo, y lo evitaba tanto como podía, pero si alguna vez lo hacía, siempre mantenía que, ese poco más de un año, añadido de más a ‘su’ guerra, antes de que quintasen a la desesperada a los chavales de su edad, que cayeron como moscas…  le salvó la vida. Lo que no le escamoteó ni un ápice de angustia y padecimientos al gélido invierno de Teruel, en las trincheras de la Sierra de Gúdar. Un calvario de dos mil metros de altitud, donde se moría, en ambos bandos, mucho más por congelación o por hambre y miseria, que por enfrentamiento armado. Que también. Pero a esas alturas de la contienda, ya se había transformado en un avezado y curtido veterano, viéndolas venir… y eso, le salvó. Lo creía firmemente.

Poco más tarde, con su Compañía diezmada al extremo, desengañado hasta la amargura, fue rodando por diferentes escaramuzas de frentes menores, hasta ir a parar a la carnicería del Ebro, donde fue malherido en un brazo, que salvó in extremis, en una de esas indescifrables y curiosas cabriolas del destino. Varias, incluso numerosas, fueron las veces que le entraron a quirófano para amputar, pero los consiguientes e implacables bombardeos lo impedían. Por último, cuando ya sacaba gusanos bajo el yeso de la herida, un médico desconocido, casi tan joven como él, salido de la nada… se decidió por lo difícil y fuera de protocolo, y le salvó la preciada extremidad, en medio del peor de todos los fuegos recibidos hasta entonces en ese lugar. Un puro milagro, que salió bien… como podría haber salido mal, aunque en ese momento no importaba gran cosa a nadie. Ni siquiera a él.

En la cama de enfrente de ese hospital de campaña, otro herido, amputado de tres dedos de la mano derecha que resultó ser un paisano, le convenció para que a partir de ese momento, se dedicasen única y exclusivamente a salvar el pellejo e intentar volver a casa. Con sus compañías más que desperdigadas, prácticamente desaparecidas a esas alturas del final de la derrota, no les costó mucho ponerse de acuerdo. Era evidente, que nadie les iba a buscar ni a echar en falta. Un regreso por mar, épico y lleno de peligros, digno de capítulo aparte. Hubo momentos de ese viaje, en que aún desconociendo dicho periplo, sin saberlo, fueron y se sintieron como Jasón y los argonautas huyendo del enemigo.

El amigo Ramón Marcual, resultó ser un buscavidas exento de escrúpulos, sin más ideal y objetivo que medrar a costa de lo que… o quien fuese. Y se las ingeniaría, sobornando aquí y engañando allá… para pasar por lo que nunca fue y conseguir así un buen aval de un pequeño Ayuntamiento de los muchos que encontraron en el camino, que a su vez y previo pago, le posibilitó obtener un preciado certificado de buena conducta de Falange, de otro ‘pieza’ como él. Un salvoconducto, que le facilitó bastante la vida y que no mucho más tarde, le permitiría acceder a una cómoda plaza de celador en el orfanato.

A Ovidio, incapaz y sin afán alguno de fingir ser quien no era, por descontado sin la misma fortuna, no le quedó más remedio que aceptar la etiqueta… o más bien el sambenito… de ‘rojo’ y el horno en la fundición. Las alternativas, ni demasiadas, ni halagüeñas, consistían en tres años más de servicio militar o de ‘reeducación’ lejos de casa, a pesar de su herida, el exilio puramente político en Europa, donde no estaba el horno para bollos, o la emigración americana. Como buen perdedor de nacimiento e inclinación, y dado su historial militar, tampoco era cuestión de hacerle ascos a nada. Mucho menos, a un trabajo donde el propietario, que se manifestó muy interesado en su experiencia, en no importa que otros tipos de fragua, había prometido avalarle ante las autoridades. Duro, o más que eso, durísimo!… trabajar a turnos en el horno de una fundición, no es nunca ningún regalo. Incluso hoy. Pero era una forma de integrarse y organizarse de nuevo entre los suyos.

Por eso, cuando la mano del destino y su naturaleza entrometida y un tanto justiciera, le pusieron en contacto con la realidad de Ángel, supo bien donde preguntar y orientarse sobre lo que estaba sucediendo intramuros. No le costó mucho convencer a Marcual, que siempre iba a estar un poco en sus manos, para visitar en privado varias veces al muchacho, al que inspiró confianza desde el primer momento y que no demoró demasiado en hacerle un relato, sucinto, esclarecedor, por momentos estremecedor, de las obras y misterios del internado. Relato que Marcual, a regañadientes, pero convenientemente presionado, terminaría por confirmar en su mayor parte. La que él conocía…

Desde la inhabilitación forzosa, por demencia senil del Abad Arturo, y con él, su breve corte de afines, dispersados poco a poco por otros centros, ya que actuaban como un natural agente moderador ante el nuevo prior, molestándole en sus propósitos de conseguir el perfecto internado bajo ‘manu militari’,  las cosas se habían ido torciendo sin remedio para Ángel y algunos más. Una vez perdidos esos referentes, cualquier trastada o ‘acto dudoso’, que en el pasado podía castigarse con cierta severidad, pero siempre con mesura, ahora, juzgado con la vara de medir del prior Amadeo, se convertía en un delito digno de ser castigado de forma ejemplar. Y lo que, por lo general, se solventaba con un par de pescozones y una suspensión más o menos larga de patio, en poco tiempo, pasó a ser merecedor de la consiguiente paliza, que dependiendo de quien la ‘administrase’ podía llegar a ser brutal, acostumbrando a finalizar con una reclusión en aislamiento por tiempo indeterminado. Encierro, que solía durar lo mismo, que las marcas y señales de las agresiones tardasen en desaparecer. A veces, más.

Un día de tantos, iniciando una de sus escapadas, al pasar entre las tumbas para alcanzar el mausoleo por el que se fugaba, se preguntó a quien podían pertenecer aquellas cruces anónimas, aunque relativamente nuevas, del exiguo cementerio, y de las que, en un momento dado, tuvo la impresión que aumentaban paulatinamente de número. Su primera hipótesis, las relacionó con los abades que habían ido faltando, pero no dejaba de extrañarle que no diesen cuenta del nombre. Además, desde que él estaba allí, solo recordaba la muerte del abad Ceferino, y en su lápida, sí constaba su nombre y las fechas que le concernían. También pensó, que los más probable es que estuviesen vacías y preparadas para un macabro ‘por si acaso…’ Pero  cuando planteó la pregunta a Gonzalo, y le vio alzar las cejas mientras  palidecía, supo que nada bueno iba a salir de su boca. Su amigo, sin embargo, escurrió el bulto como pudo y se limitó, más que aconsejarle, a ordenarle de forma muy seria, que mantuviese la boca cerrada y que ni se le ocurriese plantearle el asunto a nadie más. A su lógica pregunta de ¿por qué?, respondió con un enigmático y convincente: ¡tú, hazme caso! que no admitía réplica. Y por el momento, así lo hizo. Gonzalo, acostumbraba a estar bien informado, y seguir sus instrucciones siempre le evitaba problemas. Por otra parte, eran tantos sus frentes abiertos allí dentro… que para nada, necesitaba abrir uno nuevo. Ya le sacaría más información sobre el tema, en otra ocasión más propicia.

Desgraciadamente, no fue necesario…

Finalizaba el invierno y una oscura tarde de Marzo en medio de una espeluznante tormenta eléctrica, acompañada de una copiosa lluvia que un viento huracanado barría en intensas ráfagas; buen camuflaje para regresar de una de sus furtivas salidas, cuando sus peores e inimaginables pesadillas se hicieron realidad. El rugido de un fortísimo trueno, apagó la imprecación que salió de forma instintiva de sus labios, al contemplar la dantesca escena que, un relámpago como un mapamundi, iluminó única y exclusivamente para sus ojos. Paralizado por el horror y la sorpresa, al abrigo de su escondite en la cripta, en medio del resplandor temblón de cientos de rayos y centellas, el mundo y su vida se sumergieron  en la tiniebla más profunda por segundos. Una oscuridad negra e infausta, como la tempestad que se cernía sobre él y la inesperada tropa que maniobraba con avasalladora y grosera diligencia, intentando finalizar cuanto antes lo que les había sido encomendado a pesar de la inclemencia de los elementos. O precisamente por ello… Estaba asistiendo de forma inopinada, absolutamente consternado y aterrado, a la subrepticia inhumación de uno de sus compañeros más queridos. Oficialmente, trasladado por enfermedad a otro internado de la orden, de meteorología más clemente. Ahí, perdió la inocencia y toda esperanza… o cualquier otra benévola creencia o ilusión que hubiese podido albergar, por mínima que fuese. Recordaba como en un sueño, haber ingresado de nuevo dentro de aquellos malditos muros para vagar como un alma en pena por el enrevesado laberinto de pasillos, sin rumbo, desorientado…  como un fantasma sin destino, escapando de un infierno a otro. A cual peor.

Gonzalo, lo encontró días más tarde, acurrucado y aún conmocionado, en uno de los muchos rincones de la inmensa residencia que conocían al dedillo, gracias a Arturo. Y es que, a pesar de la resiliencia y fortaleza desarrolladas a través de toda esa retahila desgranada, de calamidad tras calamidad, que era su vida hasta la fecha, esa visión imborrable, turbadora hasta el espanto, le superó con creces. Y en tanto no pudo llorar a tumba abierta, una pena y un dolor lacerantes, hasta el ahogo, le estallaban en la boca del estómago. Tenía accesos de una ira desconocida y profunda, rabiosa!, como nunca antes o después había sentido, que le quemaban el alma y la garganta de una forma física y palpable, hasta dejarlo desmadejado y sin fuerzas. El duelo que no supo ni pudo hacer en su día, por sus padres, por su abuela, por su tío, o por él mismo… le alcanzó entonces, consumiéndole hasta el último aliento a través de su amigo muerto. Era la gota que colmaba un vaso de injusticia vital, ya lleno en demasía… y que en ese instante de su vida era capaz de comenzar a valorar. No estaba para más pérdidas.

Fernando o ‘Fernandito’, como le nombraban casi todos, debido a su minúsculo tamaño, era su protegido desde que llegó. Una tutela, encomendada en su día por su tío Arturo, sabedor y temeroso del destino de alguien así, en lugares como aquel. Era además, la ‘presa’, que el Prior constantemente tenía entre ceja y ceja, y que por más que intentase pasar desapercibido en su presencia, siempre acababa siendo una de sus dianas preferidas. Cualquier sospecha de homosexualidad en aquella época, se castigaba de forma bárbara, y aunque el chico, era más un asexual afeminado que cualquier otra cosa, el abad, no podía concebir, ni mucho menos consentir, que ‘algo así’ existiese en su presencia. Ni en ningún otro lugar. Ese terrible suceso, marcó un antes y un después en su vida. Alumbró a un Ángel, nuevo y desconocido, sabedor de toda la vileza e iniquidad del mundo. Fue su último y definitivo paso para situarse, ad eternum, fuera de límites. Y más allá de lo costoso que le resultaba la asunción de la maldad, el desengaño o la ira, se sentía culpable por no haber estado allí en el momento de los hechos… e impotente por no poder hacer nada ya… Solo le calmaba, pensar en la venganza.

Desde que el viejo Abad Arturo, no podía cobijarles con su manto protector, ni él, ni Gonzalo, se mostraban en demasía como ‘mejores amigos’. No les beneficiaba y lo sabían. Pero lo eran, casi a muerte. Gonzalo, solía cubrirle como podía en sus ausencias si estas eran breves, máximo de unas 24 horas. Superando ese límite, todo quedaba al albur de una suerte que no le sonreía en demasiadas ocasiones, con todo lo que ello comportaba. Esa vez, la desaparición sobrepasaba las 48 horas, pero por un milagro desconocido para él, nadie estaba preguntando por Ángel. Supo que no estaba fuera del recinto, cuando escuchó a Pati en el muro preguntando por él. Entonces, se apresuró en rastrearle dentro.

-¿Dónde te habías metido? Es un milagro que después de casi tres días, nadie salvo yo y alguno más, te haya echado en falta. Justo ahora, comienzan a buscarte… tienes que dejarte ver cuanto antes -le advirtió Gonzalo-

-Claro, como para preocuparse de mí o de cualquier otra cosa, mientras enterraban al pobre Fernando -escupió rabioso-

-¿Cómo? ¿de qué me estás hablando? Fernandito, ha sido trasladado, para recuperarse. ¿Qué ha sucedido que yo no sepa?

-¿Recuperarse de qué? ¿de la última paliza? Está muerto, Gonzalo. Muerto y enterrado. Lo he visto con estos ojos. Han aprovechado la tormenta para asegurarse de que nadie les viese mientras lo hacían. Se atropellaban para acabar cuanto antes, sin ningún miramiento. Ni siquiera muerto, han sido capaces de respetarle. Son unos hijos de puta, y no los voy a perdonar jamás. -Lo dijo, con una serenidad, sobrecogedora, o a Gonzalo, se lo pareció-

-Dios mío, solo espero que no te hayan visto…  siento que hayas presenciado semejante atrocidad, Ángel… de verdad, que no sabes cuanto lo siento… -le abrazó- Sé, lo mucho que le querías.

-¡Vámonos, Gonzalo! Vámonos, ahora mismo los dos! No puedo más… -suplicó abrazado a él, mientras la voz se le rompía-

-¿Y adónde iríamos y con que medios subsistiríamos? ¿cuánto crees que tardarían en encontrarnos y traernos de vuelta? ¿quieres acabar como ellos?

-¿Ellos? -se levantó de un brinco- ¡dime quienes son los demás y vamos ahora mismo a denunciarlo!

-Ya… ¿y a quién piensas que iban a creer, amigo mío? ¿a la Santa Institución… o a dos desharrapados como nosotros? Estamos condenados a saber y callar, como muertos. Como esos mismos muertos que yacen bajo tierra, Ángel. Al menos, por el momento…

-¿Sabe o sabía algo de esto, mi tío?

-No, por supuesto que no. ¿como puedes ni siquiera pensarlo? Pero creo que, aunque ni mucho menos esto, algo sospechaba… yo empecé a indagar a instancias suyas. Luego, todo pasó tan deprisa… Cuando yo obtuve los datos que buscábamos, él ya no estaba en condiciones, y creí más oportuno callar. Y me deshice de todo, por su bien y el mío. Nadie le hubiese creído en su estado. Y a mí, menos… Sin él, soy, mejor dicho, somos… un cero a la izquierda… manifestó con una tristeza infinita-

Él, se decantaba más – prosiguió- por un tema de adopciones irregulares. Y algo hay de eso, también. Bueno, algo, no… ¡mucho! Pero desde que se retiró o le retiraron… dejé de tener acceso a cualquier clase de documentación, y más de esa clase. Me consta, que me investigaron a fondo durante un tiempo, pero no saben que lo sé. Eso sí, no deben vernos demasiado juntos, ni puedes dar a entender absolutamente a nadie que tienes conocimiento alguno de estos hechos. Estarías más que en peligro. Los dos lo estaríamos, incluso los tres… Todo esto nos supera de largo, Ángel.

-Pero… ¿tú sabes quienes son los demás o cuántos son?

-El día que me preguntaste por las cruces del cementerio, mi cerebro hizo un clic, y si a eso, le sumo lo que averigüé… es fácil atar cabos. Pero una seguridad de testigo presencial, como la tuya, no la tengo… y quiero creer, que algún traslado o alguna adopción, serán verdaderas. Lo deseo de todo corazón… pero está claro, que hay ausencias muy poco plausibles.

-¿Cuáles?

-Del resto del relato de Gonzalo, debido al trauma que le representaron esos descubrimientos, tendría que pasar un tiempo para que guardasen memoria exacta de fechas, encierros y desapariciones con sus causas y motivos ‘oficiales’. En ese momento, lo único que les pareció urgente, era retener sus nombres. Opinaban que lo más injusto de todo, sería que hubiese la más remota posibilidad de olvidarles. Y se prometieron el uno al otro, que eso no sucedería jamás, y que más tarde o más pronto, de alguna forma  les harían justicia.

Pero esa, es otra historia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Reset…

“Vivimos a merced de ciertos silencios”

Patrick Modiano

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Las notas de Mahler relajan de nuevo mis neuronas. Mientras, y de momento… la enfermedad va quedando, al fin, atrás. Y en esta especie de  kilómetro cero, me pregunto una vez más, el para qué… de todo esto, pero la respuesta sigue sin llegar. Quizás la tengan esos pájaros despistados, que este año no se han molestado en abandonar la enredadera espesa del jardín y se muestran cada día más descarados, atreviéndose incluso con los felinos del entorno, que ahora mismo los miran un tanto atónitos, detenidos por la sorpresa ante tanta osadía por su parte. Por una de esas extrañas carambolas vitales, me identifico bastante con ellos.

Aunque en realidad, ellos o yo, al igual que cualquier otra sensibilidad despierta, sabemos con certeza, por puro presentimiento, que sólo hay preguntas para este camino sin meta, que pienso en llenar de planes cuanto antes. Porque probablemente, todas y cada una de nuestras demandas, lleven implícita en si mismas su propio veredicto. Es más, al diablo! con las malditas respuestas. De este algo más de un año, sólo puedo decir que he aprendido o mejor dicho, confirmado, que temo mucho, muchísimo más! a la decrepitud y la dependencia que a la muerte. Lo que conlleva de per se, una mística trascendente de firmes decisiones.

Así que iré abriendo o cerrando, a mi aire, las puertas que se me presenten en lo que quede de itinerario, intentando aprovechar, o no…, las vivencias que me regale u obligue un incierto y siempre contradictorio destino.

Se inicia el baile.

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Tiempo de navegar…

Una cierta tendencia hacia la misantropía que se ha ido agravando con la edad, provoca que casi cualquier cercanía le venga grande… incluso, en según que casos,  se le hace insoportable. Aún es capaz de mantener las formas con los más allegados, o a los que se supone como tales. Pero la verdad, es que se siente mucho más cómoda sola, en la única compañía de sus animales, que al igual que ella, no tienen la necesidad permanente y perentoria de explicar como están y mucho menos de indagar no importa que estado de ánimo. Se miran, lo saben y les basta. Todo un alivio.

Ahora mismo, mientras los gatos la observan indolentes, sin intención de moverse ni un ápice… los perros, esperan delante de la puerta del jardín a que les abra. Todos saben, por sus últimas maniobras, que aprovechando ese leve y tibio viento crepuscular que se ha levantado hace un poco, se va al embarcadero del lago a ver anochecer desde el agua.

Tras unos meses de su regreso más o menos definitivo al pueblo, decidió alternar sus largas caminatas con un cursillo de vela, comprobando que no se le daba mal y que disfrutaba con ello. Se hizo entonces con un pequeño y ruinoso balandro, tipo anduriña, que ha ido restaurando poco a poco con la ayuda del viejo Moisés, que se ocupa de los amarres y de la intendencia del diminuto Club Náutico  y que la conoce desde niña. Otro solitario, en guerra contra todo tipo de respuestas baldías a preguntas inútiles. La cosa, es que según manifiesta, es tan mayor… que ya no le queda nada por decir. Quizás por eso se caen bien. Ninguno de los dos habla más de lo necesario y ambos aman profundamente ese lugar. Cuando llega al pantalán, ya está desamarrando y cuando la mira a los ojos, ella mueve la cabeza en sentido negativo, respondiendo a su muda pregunta de si hace falta que la espere.

Zarpa, con la puesta de sol a barlovento y se pone a la caña en esa dirección. Siempre le ha gustado el viento en la cara y en el ánimo. Al cabo de los años, es consciente de que el paisaje ha sido, es y será, uno de los amores más importantes de su existencia. Y sin duda alguna, el único del que nunca se cansará o se decepcionará. Un elemento esencial en su vida, refugio y fuente de placer… que también se expresa en un silencio solo roto por una meteorología que no hace más que aumentar su querencia, sin importar de que fenómeno se trate. Y ahí en especial. De hecho, sino la principal, esa es una de las razones más importantes de su regreso a los orígenes.

La luz del sol, ya muy baja, se expande en todas direcciones, transformando el entorno en un inmenso estanque donde todo… agua, árboles, embarcaciones, nubes, viñedos… hasta ella misma… espejean en oro viejo. En la lejanía, la suave cadena montañosa que define el horizonte de ese valle remoto y perdido, azulea, aparentemente indiferente a esa metamorfosis que un día más inunda sus pupilas y su piel de un exquisito e inigualable hechizo de bienestar.

Y ahí, en medio de ese centro geográfico, sin importar si entre brumas o en espléndido crepúsculo, como en ese momento, siente una punzada de culpabilidad. Tanta belleza, ha sido capaz de reconciliarla con ese embalse artificial que odió durante años, porque enterró su infancia y parte de su adolescencia sin motivo. Es como abrir una puerta a un Ávalon particular, que le permite recorrer los senderos, ahora submarinos, pero tan presentes todavía… sobre los que, aunque de forma distinta y a pesar de los años… se desliza igual de ágil y ligera que en aquel pretérito momento del tiempo, que siempre sabe como hacerse presente de nuevo.

La dulce luz del Oeste se despide una vez más, y en sus oídos, en su mirada… en su espíritu… solo la melodía y la caricia del viento a media vela, mientras el chapoteo leve de la quilla dibuja ondas que se funden en  una única vibración infinita, vaciándola de todo.

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