Crónicas de ninguna parte, literatura

Chema… (Isla V)

“Toda criatura humana esta concebida para ser un misterio indescifrable para cualquier otra”

Charles Dickens

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Chema, era de complexión fuerte y atlética y el más alto con diferencia. Pasaba por ser el payaso del grupo, pero a poco que escarbases en sus palabras o en su mirada descarada, percibías en su verborrea y aparente gracia, un sarcasmo ácido en extremo. La desesperanza y el descreimiento sombrío del que nada tiene que perder. Ni que ganar. Aún ahora, su locuacidad a veces excesiva, le servía como escondite ideal para alguien con muchas dificultades en aceptarse a si mismo y a su circunstancia. Pero entonces y ahora, a pesar de su aparente frivolidad, siempre transmitía un sentimiento intenso. Como un personaje de Dickens.

De familia más pobre que las ratas, y eso era mucho decir allí en ese entonces, era el que hacía más horas de calle. Permanecer en casa,  significaba a menudo, caer en las garras de un padre brutal y alcohólico que descargaba su ira con preferencia en los más débiles de su entorno. Su madre y él. Afortunadamente, con el estirón de la adolescencia, el matón no se iba de vacío, y, lentamente las cosas fueron cambiando hasta que unos años más tarde las secuelas de un ictus, dejaron al bruto fuera de combate. Lo que alivió, y mucho, a su naturaleza pacífica.

En los días más crudos de invierno, cuando la lluvia y el frío arreciaban, los Steiner, solían recogerle después del colegio, lo que influyó notablemente y para bien en su rendimiento escolar. Cumplimentar los deberes con Saúl en cercanías, era un lujo que le acostumbró a trabajar con método e incluso a disfrutar de aprender al descubrir que no tenía un pelo de tonto.

También a través de la Sra. Steiner y su violín, se reveló que aquel gigantón de torpe apariencia y modales un tanto toscos que caminaba alzando los pies como si tuviese miedo de pisar donde no debía, poseía además de un oído finísimo, una delicada y especial sensibilidad para la música. Lo que resultó el recurso perfecto para evadirse del exceso de miserable realidad que significaban su casa y su familia. Y aunque hasta bastantes años más tarde, a pesar de la insistencia de los Steiner, nunca se atrevió a llevárselo a su casa, temeroso del incierto destino que pudiese tener el instrumento… uno de los días más felices de su vida fue el que consiguió arrancarle el primer arpegio con sentido a un atropellado y viejo violín, que el Sr. Steiner, improvisado lutier, había restaurado para él. A día de hoy, violinista consumado, seguía siendo uno de sus tesoros más preciados.

El día que Saúl y su familia partieron hacia París, incapaz de asumirlo, se ausentó tres días para esconder la pena y las lágrimas que le ahogaban. Y cuando su familia estaba a punto de denunciar la desaparición, Ángel, que sabía muy bien lo que significaba la pérdida… le trajo de vuelta a casa, y supo como acompañarle hasta que recibió la primera carta de sus amigos, con los que siempre se mantendría en contacto.

Más tarde que los demás, y con las dificultades propias de quien tiene graves problemas de logística e identidad, consiguió diplomarse en Economía. Muchos estudiantes universitarios, eternizan su último curso por diversos motivos. El de Chema, fue un particular síndrome de Peter Pan, que le mantenía en una permanente adolescencia, mientras en su carnet de identidad  se leyese: ‘estudiante’. Eso, y la obligación de contribuir económicamente a los gastos familiares. Fueron su madre y Saúl, aún desde la distancia, los que le convencieron para que lo terminase dedicándose en exclusiva a ello, matriculándose lejos de allí. Una decisión que resultó acertada tanto académica como personalmente. Ya que su estancia en la capital, fue también definitiva para abrir la crisálida de una homosexualidad latente, que aún tardaría años en aceptar plenamente. Y de la que todos, menos él, parecían saber.

Esa falta de asunción de su tendencia sexual, como a tantos otros homosexuales de la época, le llevó al error de un breve matrimonio que solo le trajo dolor y más problemas de personalidad de los que ya tenía. Lo que añadido a su incapacidad para abrirse a un entorno hostil, lo arrastraron a una soledad arrasadora que volcó en el trabajo y en la música, sus dos escapes por excelencia. Su vida solo cambió definitivamente, el día que la Agencia de Aduanas para la que trabajaba, le ofreció un traslado muy ventajoso y entrar como socio en el negocio. Eso le permitió alejarse de un contexto viciado, que le señalaba como el ‘rarito’ advenedizo, y empezar de cero una vida más acorde a sus sentimientos y pensamientos.

Pero esa, es otra historia.

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Saúl (Isla IV)

¿Qué singulares criaturas somos para que empecemos jugando, es decir, para aceptar que nuestros primeros deseos se centren en un lugar carente de esperanza?

R.M. Rilke

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A Saúl como a Ángel, aunque de forma muy distinta, no le quedó más remedio que ir un paso por delante de los demás. Al contrario que el huérfano, un tarzán explosivo, Saúl era engañosamente tímido, menudo y flaco, pero duro y resistente como una jácena. Padecía de una imperceptible cojera, fruto de la paliza propinada por tres matones fascistas el día que se interpuso entre ellos y su madre, una judía asquenazí, cuyo único objetivo en esta vida era pasar desapercibida. Un episodio, que llegó a oídos de sus amigos a través de Chini, siempre bien informado. Sus padres, regentaban el ultramarinos que además de avituallar de todo tipo de provisiones a los habitantes del barrio, funcionaba también, para bien o para mal…, como ‘agencia de sucedidos’ de la zona. Y algo de ese calibre, jamás pasaría desapercibido allí.

Por suerte para él, dos obreros de la fundición vecinos de la familia, llegaron de improviso en el fragor de la batalla y ante la diferencia numérica y de edad, tuvieron claro de inmediato a quien debían socorrer. Un relato del que él siempre evitaba hablar y que le producía una incomodidad evidente, pero que volvía recurrentemente entre las anécdotas del lugar. Y que denotaba por parte de aquellos que le ayudaron, dos veteranos de los peores frentes acostumbrados a todo, una mezcla de ternura, respeto y simpatía que se hacía patente cada vez que le veían.

Ellos intentaban sonsacarle a menudo, ya que aunque el hecho y sus consecuencias estaban fuera de toda duda, no sucedía lo mismo con el morbo de los motivos. Pero su respuesta, siempre era la misma:

-‘Me caí, y basta!’. Una contestación que siempre llegaba seca y después de haberle buscado los ojos al curioso de turno. Cualquier cosa, antes que mentar su madre.

Podría parecer que la valentía indudable que evidenciaba el episodio fuese su mejor arma; sin embargo, su cualidad más sobresaliente, aparte de su terquedad muladar, era su inteligencia preclara y una fina pero temible ironía verbal, que sabía utilizar y administrar en dosis precisas y exactas como nadie. A tal punto, que muchas veces, dudabas entre darle las gracias o ciscarte en sus ancestros.

Su madre, impartía clases de música en el mismo colegio para señoritas que las daba de costura, la madre de Pati. Y su padre, mucho mayor que su madre,  antes de terminar en aquel oscuro garito de no más de 10 metros en la planta baja de la casa de campo donde vivían, arreglando toda clase de artefactos, había sido relojero de profesión en Triberg, al sur de Alemania rozando el cantón Suizo. Sin importar que artilugio le llevasen, desde un reloj a una bicicleta, una cafetera o una máquina de coser, cualquier objeto que tuviese remedio, por poco que fuese, tenía cabida en el taller del Sr. Steiner. O del judío, como se le conocía en todo el barrio.

Las familias de otras religiones, entre otros, tenían el problema añadido de donde escolarizar a sus hijos sin que ello significase la obligatoriedad de asistir por norma a todo tipo de oficios católicos en el caso de los colegios religiosos, o en el caso de los colegios nacionales, de pertenecer a dudosas asociaciones con reglamentos que rozaban el filo-fascismo. Lo que por lo general, acababa en la dificultad añadida para esos vástagos, de cursar por libre sus estudios en alguna oscura academia. Saúl, fue uno de esos niños y adolescentes, con la diferencia en su caso de ser un alumno mucho más que brillante. Capaz de preparar varios cursos de forma simultánea, ayudar a su padre en el taller, jugar con ellos todos los días y el primero de todos en acceder  a la Universidad, becado por la Facultad de Ciencias en el Campus de Jussieu, perteneciente a la antigua Sorbona. Así que, para cuando ella llegó a París para continuar sus estudios de Literatura e Historia, él ya daba clases de Física como profesor ayudante en la Facultad de Ciencias Químicas. Y por supuesto, era un experto en el farragoso entramado de las convalidaciones y traslado de expedientes, lo que para aquella pueblerina con su maleta rebosante a partes iguales tanto de incertidumbres como de ilusiones, representó una ayuda inestimable.

Se dieron el primer abrazo en la Gare de Montparnasse, la de los españoles del Norte que viajaban vía Barcelona.

-Estás distinto, tus ojos brillan de forma diferente. Y has crecido…

Él rió y repuso:

Pues tú, estás exactamente igual que la última vez que nos vimos, renacuaja! Y me ves distinto, porque estoy feliz, Pati. Y hoy más! Es un sueño que alguno de vosotros esté aquí conmigo. Ángel, estuvo el año pasado unos días, pero es que tú vienes a quedarte y eso es como un premio inesperado. Esto te va a encantar, ya lo verás.Y cuando veas a mis padres- continuó- aún los encontrarás más cambiados que a mí.

-¿Ángel ha venido a verte? No tenía ni idea.

-Eehh sí, luego te cuento. Ya tengo tus papeles de la facultad, solo faltan un par de gestiones que tendrás que hacer tú en persona.

Los Steiner, a los que no parecía faltar nada pero tampoco sobrarles, vivían en un pequeño apartamento de la rue du Dragón, un breve pasaje entre la rue de Sevres y el boulevard Saint Germain muy cerca de la Abadía. La recibieron alegremente, con todos los honores, Saúl tenía razón, no parecían los mismos… quizás porque por primera vez en muchos años, volvían a vivir sin miedo.

La madre, originaria de Strasbourg, por lo que además del alemán dominaba el francés a la perfección, se encontraba allí  como pez en el agua. En cuanto al Sr. Steiner,  para quien la guerra, ahora sí… al fin había terminado, parecía haber rejuvenecido una década. Subsistían gracias a las clases de Saúl en la Universidad y a los ahorros de todos aquellos años de austeridad  más que absoluta en España. La verdad es que en cuanto su hijo los puso en la disyuntiva de seguirle, ambos tuvieron claro que cualquier cosa en París, sería mejor que permanecer en aquel agujero sin él. Solo necesitaban un buen motivo, y nunca lo iban a tener mejor.

Pati, permaneció con ellos hasta que unos días más tarde se trasladaba a una habitación en el Boulevard Saint Michel. La Sra. Steiner, la había estado ayudando a buscar durante las dos últimas semanas sin demasiado éxito, y cuando parecía que llegaría otro Lunes sin resultado alguno, el sábado por la mañana, esta vez en compañía de Saúl, se produjo el milagro.

Fue un flechazo por partida doble. Pati quedó seducida por Madame Flore, que le ofrecía una habitación de dimensiones medianas, pero iluminada por una mágica luz de claraboya y con unas envidiables vistas al río, lo que sumado al amplio ventanal de inmenso alféizar interior, la hechizaron al instante. Y a la anciana propietaria, aquella pueblerina de mirada oscura y profunda, que le recordaba a ella misma hacía un montón de años, le tocó el corazón de inmediato. Todo lo demás fueron pormenores.

En ese primer curso, el tiempo pareció pasar sosegado y plácido de la mano de su amigo, pero también rápido y lleno de acontecimientos.

Pero esa, es otra historia.

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Ángel (Isla III)

Ayer, estaba solo en la calle y se desgarraba un velo. Ni pasado ya, ni presente, un tiempo inmóvil. Todo había recobrado su luz auténtica”

Patrick Modiano (La hierba de las noches) 

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Ángel, siempre había aparecido en sus vidas de forma intempestiva e intermitente, así que en aquella reunión ninguno de ellos lo dio por perdido. Daban por sentado, que en cualquier momento, cuando menos lo esperasen, se manifestaría de algún modo. Era lo suyo. Por eso, cuando en mitad de la velada, González, el dueño del café, se acercó a saludarles, no les extrañó la respuesta a su pregunta. Su amigo, rehabilitado o no, algo que él desconocía…  seguía con su vida de trotamundos. Y aunque iba y venía de forma cada vez más espaciada, seguía manteniendo su cuartel general muy cerca de allí, en la única propiedad que había conservado de la prolija herencia de su abuela materna. Una antigua casa señorial, que todos conocían bien. Los cuatro, estuvieron de acuerdo en que era muy típico de él ese comportamiento errático de apariciones y desapariciones. Pero Pati, se limitó a asentir y guardó silencio, mientras pensaba que todo lo suyo, sobre todo él mismo, resultaba especial e imprevisible, y que siempre acostumbraba a haber fundadas razones para sus ausencias.

La charla, se prolongó durante horas en las que repasaron muchos episodios vividos en comandita, de los que él era, alma y artífice sine qua non. Aún ahora, les maravillaba la rebeldía recalcitrante, mezcla de arrojo e inconsciencia, de aquel muchacho que sabía como reclutarles mediante algún desconocido hechizo para sus aventuras más temerarias. Como el día en el que les convenció para colarse en la inmensa biblioteca de una mansión, aparentemente abandonada, y en donde se hizo evidente, dado el conocimiento exhaustivo que tenía de la misma, que no era la primera vez que se movía en ella. Repartió libros entre todos y les animó a hacer una lista de lo que les gustaría leer, previo compromiso de devolverlos a su lugar a cambio de sus meriendas y desayunos, que evidentemente, aunque nunca lo dijese, debía repartir entre sus compañeros de infortunio. Años más tarde, sabrían que esa, era una de las posesiones de su desaparecida familia, por la que tuvo que pleitear, para luego deshacerse de ella.

Se habló del misterio de como lograba entrar y salir a voluntad del orfanato. Sólo Pati conocía su secreto y nunca, ni siquiera ahora, rompería su promesa de no revelarlo. Sonreía, pensando en la única vez  que por azar le sorprendió escapándose, y aún temblaba al recordar la adrenalina de la ocasión excepcional en que le acompañó intramuros. Le resultaba imposible memorizar el tiempo que permaneció allí. Si alguna vez hubo para ella un ‘tiempo inmóvil’ fue ese, en el que tuvo la estremecedora sensación de haber cruzado un umbral hacia una extraña y ajena realidad. Una especie de destierro de errabundas almas olvidadas, que le hizo desear abandonar de inmediato la experiencia en la que tanto le había insistido y solo al salir de nuevo a la intemperie, ‘todo recobró su auténtica luz’.

Asimismo, de como consiguió abandonar el orfanato antes de la mayoría de edad. Un hecho que acabó por facilitar la propia institución harta de su carácter inquieto e ingobernable. Ni castigos físicos, ni aislamientos prolongados, de los que abundaron en su estancia, consiguieron domarle ni un ápice. Más bien al contrario, parecía salir reforzado y aún más en sus trece de todos ellos. Tanta conflictividad, que él sabía muy bien como contagiar al resto de internos para montar un motín o una huelga de lo que se terciase, les decidió a emanciparle antes de tiempo; para lo que fue preciso ‘ayudarle’ a recuperar su patrimonio, mal administrado de forma maliciosa por unos tíos lejanos. Un acervo, del que solo conservó un par de propiedades bien situadas que alquiló, esa casa en el pueblo y un extraño e inmenso cuadro de aquella biblioteca, vendiendo todo lo demás. Una renta discreta, pero suficiente para comenzar su vida en libertad, que consistió en un viaje tras otro, como correspondía a alguien de un temperamento sumamente inquieto y aventurero, que había permanecido demasiado tiempo enjaulado.

Y también, -pensó ella- porque de todos ellos, era el único  que siempre supo desprenderse de lo superfluo y quedarse con la auténtica esencia de las cosas para seguir fluctuando sin plantearse porvenir al uso alguno, en la corriente de sus días y sus deseos donde quiera que estos le llevasen. De ahí, su grave y temprano coqueteo con las drogas del que, aunque callase, supo antes que nadie porque estuvo a punto de arrastrarla también a ella, mucho más débil de carácter. Ángel, era una fuerza de la naturaleza que huía  del término medio como alma que lleva el diablo. O el diablo mismo. Y como tal, podía ser extraordinariamente benéfico o aterradoramente peligroso. Esa, entre otras, había sido la causa principal de su prematura ruptura y una razón más para escapar de aquel reducido cosmos de absurdas rutinas, estúpidos prejuicios y nimias maldades. O no tan nimias…

Un mundo pequeño y mezquino, en donde lo único que parecía merecer la pena le resultaba inabarcable. Y Ángel, en ese momento de su vida, después de tanto tiempo encerrado, lo era sin duda alguna. Así que, una vez fallecida su madre, con su hermano dispuesto a seguir haciéndose cargo de su logística por un tiempo, y su padre desaparecido hacía años, mediaban los 60 cuando con la disculpa de la universidad, en una Europa a punto de explotar en Francia y parte del continente, el estallido del 68, la sorprendió en París. Después,  nada fue lo mismo.

Pero esa, es otra historia.

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Los golfillos (Isla II)

“La infancia no se recupera, se conserva.”

Ana María Matute (16/10/2012)

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La historia de esa amistad se fraguó a finales de los 50 en una calle sin asfaltar de la que tenían prohibido alejarse. Un lugar que limitaba al norte con la arteria que los unía al centro de la ciudad, no sin antes sortear un charco de dimensiones de laguna que sólo desaparecía por completo bien entrado el verano, y que durante los largos y húmedos inviernos, les obligaba a dar un buen rodeo por diferentes calles y parajes para alcanzar la civilización.

De la laguna hacia el sur, cuando el terreno no se había congelado por las bajas temperaturas, lo que sucedía a menudo, significaba que cruzar de un lado al otro sin perder los zapatos en el barro, se convertía incluso para quienes conocían a la perfección las piedras estrategicamente colocadas y las irregularidades del terreno que se ocultaba debajo, en una auténtica proeza, que ellos, con la agilidad propia de sus pocos años, podían ejecutar centenares de veces en una misma tarde. Es más, tal habilidad, les había salvado en no pocas ocasiones de la persecución e inquina de algún matón más mayor al que engañaban con sus fintas de expertos del lugar, dejándolo atrapado en el lodo.

Si la zona era irregular en lo geográfico, lo era aún más en lo social. Hasta antes de la guerra había sido un lugar de recreo en las afueras, salpicado de casonas veraniegas, alguna granja y adonde se acudía de merienda campestre. Pero tras la devastación de la contienda, con la creación y cercanía de la fundición, se fue transformando rápidamente en un aledaño urbano más, provocando que los propietarios fuesen abandonando poco a poco la mayor parte de las mismas.

Mientras eso sucedía, se dio una extraña mezcolanza no exenta de rivalidad y tensión, entre veraneantes autóctonos y nuevos ocupantes. Sobre todo, terminado el curso escolar, entre los más jóvenes. Entre los adultos, más allá de un saludo distante, la lejanía era tanta, que apenas había contacto. Pero con el buen tiempo todo se relajaba, y el enclave transmutaba en una especie de territorio salvaje que hacía las delicias de cualquier chaval, sin importar procedencias. Y tanto unos como otros, disfrutaban de perderse por asilvestrados y olvidados jardines, tupidos bosques cercanos, breves pero deliciosas praderas de hierba alta, en las que era fácil esconderse para celebrar sus más enconadas batallas, o mansiones abandonadas, donde recalaban buscando refugio todos juntos en las imprevisibles tormentas de verano.

Pronto adivinaron también, de esa forma tácita que solo se da en la niñez, que además de no alejarse demasiado, tampoco resultaba conveniente llamar mucho la atención. Y eso era importante, porque a pesar de la aparente placidez, la vigilancia del régimen, además de férrea era patente, y cualquier movimiento o comentario, aún los sucedidos o dichos de forma fortuita, o no…  si se consideraban fuera de normas, de una manera u otra siempre llegaban a ‘destino’ y podían traer consecuencias imprevistas y casi nunca agradables. Pero a medida que iban creciendo, aprendieron a gestionar de forma conveniente sus conversaciones y fueron ampliando, inevitablemente, su radio de acción.

Pati, de Hipatia, aunque ese, fue durante mucho tiempo uno de sus secretos más celosamente guardados, a pesar de ser una época de total segregación por géneros, consiguió sumarse a la cuadrilla de carambola por la conjunción de diversos factores. El primero y principal, consistía en la falta de niñas de su edad en su entorno más próximo, del que tenía prohibido alejarse, lo que la condenaba a la soledad todas las tardes, una vez finalizadas las clases. También sumó a su favor la corta edad del trío, aún así remiso a aceptarla en los primeros tiempos, pero bien asesorada por su hermano mayor, les hizo descubrir que era poseedora, entre otros tesoros rescatados de las tripas de aquella vieja casona, de un deslucido balón de cuero de reglamento y una antigua y oxidada bicicleta, que después de ímprobos esfuerzos, consiguieron reparar entre los cuatro, pasando a ser su joya de la corona, con lo que terminaron por incluirla en el grupo sin más problemas.

Chini y Chema, vivían en la misma casa. Uno en los bajos y el otro en el único piso de la misma. Saúl, justo enfrente en lo que había sido una casa de campo, ahora ruinosa, a la que el dueño había lavado la cara para  dividirla en pequeños departamentos, ocupados en su mayor parte por trabajadores de la fundición. Rojos a los que nadie quería dar trabajo, nacionales desencantados o con la lengua muy larga, expulsados de la arcadia del nacional catolicismo imperante, que arrasaba con todo. Labradores sin tierras pobres de solemnidad y algún judío como Saúl y su familia, a los que después de la victoria aliada, ya no se molestaba tan a menudo. Un amplio abanico de personajes especialmente duros y curtidos por las dificultades, intentando salir adelante como podían.

Ella, un poco más apartada, en lo que quedaba de una antigua y destartalada mansión de recreo, en una bocacalle sin salida, que su madre había conseguido alquilar de forma casi milagrosa, teniendo en cuenta el color de sus pensamientos y los de su marido, fugitivo político en Argentina. Por no hablar de su exigua economía en esos momentos.

Y Ángel, el gran ausente… pero presente en el ánimo de todos y en quien se refugió mayormente la charla, quizás para evitar cierto protagonismo que ninguno de ellos deseaba, y que se uniría unos años más tarde al grupo a través de ella, que en su camino colegial cotidiano hacia el centro de la ciudad, atravesaba cuatro veces al día entre el orfanato y la fundición. Toda una lección de sociología avanzada para los tiempos.

Y mientras echaban la vista atrás, sentados alrededor de una mesa en aquella improvisada reunión, con la luz del recuerdo bailando y encendiendo sus miradas, se dijo a si misma, que aunque siempre se había prometido y cumplido no escribir sobre lo vivido, la historia particular y en ocasiones fabulosa de esos cinco golfillos, merecía ser contada.

Pero esa, es otra historia.

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La Isla -I-

“Aunque allí tenga recuerdos, ¿puedo ir a buscarlos?

Podría retroceder, regresar no. Regresar es imposible. Por eso prefiero los lugares nuevos”

El viajero del siglo (Andrés Neuman)

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Sólo su curiosidad y una imprecisa nostalgia, le impedían anular el encuentro. Había estado a punto de hacerlo en varias ocasiones el día anterior, pero no halló ninguna excusa lo suficientemente decente. No, sin parecer desagradecida o temerosa… de no sabía bien qué cosa. Por otra parte, los tres habían estado tan amables en el entierro de Andrés,  que en ese momento, cuando Saúl lo propuso, no le pareció una mala idea.

En medio de la pena y el gran desconcierto que acostumbra a producirse en esas situaciones, fue una sorpresa agradable y un alivio encontrarlos allí después de tantos años. Además de por la distracción que provoca siempre lo inesperado, también porque en realidad, de los que acudieron al funeral, eran de los pocos que la conocían a ella y a su hermano de una forma real y palpable. Y sabían que decirle.

Con algunos amigos de infancia, por más olvidados que parezcan, nunca deja de existir ese tipo de intimidad que te permite ser tú mismo sin poses ni artificios defensivos. Hay entre ellos, una confianza a la recíproca sin treta ni cautela, en la que cuenta mucho más el gesto o la mirada que saben descifrar sin dificultad, que cualquier frase en la que intentes refugiarte. Más allá de lo que digas o como lo digas. En la mayoría de ocasiones es un alivio, pero a veces, sucede incluso a pesar nuestro… Así que, mientras bajaba en el ascensor a la recepción del hotel para recoger las llaves del coche de alquiler, suspiró de nuevo al pensar en la reunión.

Chini, nunca podría llamarle por su auténtico nombre, había propuesto que se viesen en una céntrica cafetería de la pequeña y olvidada capital de provincias donde los cuatro habían crecido. Le sorprendió que tal lugar aún existiese, pero también la tranquilizó, porque de alguna forma, era terreno conocido.

Llegó en compañía del siempre locuaz Chema, con el que coincidió de camino en el poste de pago de la zona azul, y que en el breve trayecto hacia el café, aprovechó para ponerla al día, entre otros asuntos, de su situación personal; separado sin hijos hacía ya unos cuantos años, aunque mucho más cerca en su caso, también él había emigrado, pero ante la disyuntiva de ser hijo único, con unos padres ya muy mayores, necesitaba de una proximidad razonable. Lo que a día de hoy, con la autopista al fin terminada, le permitía salvar los 80 Km que les separaban de forma rápida y eficaz.

Tras dos trivialidades más, la miró de reojo y le soltó un enigmático:

-Sé porque has aparcado aquí.

Misterio que ella resolvió al instante, al responder:

-Por el mismo motivo que tú. Parece, que ni a ti ni a mí, nos sobran oportunidades de volver a pasar por esta calle. Y menos a partir de ahora, el periódico de hoy dice que van reformar toda la zona en breve. Queda poco para recordar esto, tal como lo conocimos y lo vivimos.

-Sí, a eso me refería, a que este sitio siempre será un lugar emblemático para nosotros ¿verdad?

– Pues sí, por más años que hayan pasado, así parece. Pero nada es para siempre, ya lo ves.

-Sí, tienes razón.

Siguieron caminando en silencio, entre sus pensamientos y la neblina matinal de un gris y frío final de Noviembre, escuchando sus propios pasos en el empedrado de una calle corta y empinada. De hecho un paraje  de transición, poco más de medio kilómetro que unía o separaba, según como o quien lo mirase, el centro de la ciudad de la característica barriada en la que había transcurrido su infancia. La ausencia de vecinos, lo convertía además en un lugar solitario y silencioso con un cierto aire lúgubre. Quizás, por los altos muros de piedra ahogados en hiedras que lo delimitaban a ambos lados. Tras el de la izquierda, se adivinaba un antiguo y recio palacete del XIX, coronado por una oscura e inopinada capilla neogótica. Bellísima. La edificación, con una historia curiosa y controvertida, pasaba de lo romántico a lo siniestro. Construida y habitada en su día, por un indiano aventurero y benefactor de la ciudad, con los años, había devenido en orfanato, sobre el que se contaban tenebrosas historias, que aunque con un transfondo de verdad, probablemente tuviesen mucho más de ‘leyenda urbana’ que de autenticidad. Al otro lado, el gran solar de lo que había sido una fundición, ahora abandonada e invadida por la maleza, que otro prócer  ciudadano había fundado años atrás, y que en aquel momento crucial de la posguerra había proporcionado trabajo a una parte importante de la pequeña población, incentivando una economía eminentemente agrícola en abandono, depauperada y diezmada por la emigración.

-¿Recuerdas la sirena? -rompió el silencio Chema-

–  ¡Como olvidarla! marcó el ritmo de esta ciudad, o parte de ella… durante muchos años. Me estaba preguntando, si aún existirá el ‘agujero’.

-No, está vallado. Por lo visto, cuando cerraron la fundición, por ahí se colaban yonkis, y siempre había follones. Así que el Ayuntamiento, presionado por los vecinos, les obligó a cerrar todo el perímetro.

-Ya, ¿se sabe algo de Ángel?

– Le perdimos la pista, pero lo último que sé, no es nada bueno. Se enganchó a la heroína… él, era uno de esos yonkis.

-¡Vaya!, siempre tan afortunado. Lo recuerdo asomado ahí -señaló un lugar concreto del muro del orfanato-  esperando nuestras meriendas a cambio de enseñarnos nuevas entradas al bosque.

-¡Ya ves! el tío era un crack escapándose del maldito cole y colándonos por la fundición hasta el bosque de atrás ¡nunca nos pillaron! Pero es curioso, pensaba que tú, sí tendrías noticias suyas.

-Calló entonces unos instantes, para añadir a continuación un tanto cabizbajo-

-En todo caso, mejor que no lo recuerdes en esa época. Sobre todo tú. ¿Qué pasó exactamente entre vosotros? y perdona por la indiscreción. Siempre nos lo hemos preguntado.

Suspendieron la marcha para mirarse directamente a los ojos.

-Si él no os lo contó, no debería hacerlo yo. Pero supongo que después de tanto tiempo, ya no tiene importancia. A groso modo -mintió- te diré, que excepto la distancia física que nos alejó sin remedio, nada que no pudiese arreglarse. Aunque en realidad -y ahora si decía la verdad – a mí, igual que a ti y un poco a todos… me hechizó un arquetipo, y esa especie de leyenda que lo aprisionó tantas veces. Y él se aferró a nosotros, especialmente a mí, como a un tablón en medio de un naufragio, en busca de una normalidad que ninguno de nosotros poseía. -Y siguió pensando solo para ella- Abrumador, para dos adolescentes que se quisieron como solo se quiere a esa edad, a pesar de tenerlo todo en contra.

-A lo que su amigo, haciendo gala de esa comunicación no verbal y huyendo de un análisis que le incluía, repuso casi sin dejarla terminar-

-Perdona, no quería incomodarte.

-Bah! sonrió mientras respondía, sabiendo que no le engañaba. Todo eso queda tan lejos… que ya no puede molestar a nadie. He preguntado, porque para él este lugar también es importante, incluso más que para nosotros. Esté donde esté.

-¡Sin duda! Pero aunque no fuese de los mismos fantasmas, todos huíamos de algo. No era fácil vivir aquí. Aunque pasado el tiempo, muchas veces he pensado que él, a pesar de ser el que, en principio, tenía la situación más vulnerable, era el más fuerte. Incluso en ocasiones, una especie de guía.

-Bueno, por más difícil que fuese nuestra vida, a él, no le quedó más remedio que ir un paso por delante de todos nosotros. Por eso, creo que todos le hicimos servir en algún momento, de faro en mitad de la tormenta. Me habría gustado verle de nuevo, aunque solo fuese para brindar por los viejos tiempos.

-No sé… se volvió muy esquivo… la droga lo transformó y no para bien. Pero quizás sí, que con nosotros cuatro, sí vendría. Sobre todo, si supiese que estás aquí por lo de Andrés.

-Sí…

A punto de finalizar el corto recorrido, de nuevo se hizo el silencio. Y mientras un sol apagado e inseguro se colaba entre dos nubes, el vetusto y proverbial carillón de la capilla del orfanato, los detenía unos instantes para sacarles  una sonrisa, rompiendo el sortilegio de recuerdos, que se reanudaría de nuevo tan solo unos minutos más tarde, con todos sentados a la misma mesa.

Ellos cuatro, en unión del ausente, fueron, o mejor dicho, eran, siempre lo serían… el núcleo duro de lo que fue una pandilla dispar e irregular, que el destino, la severa meteorología del lugar y diversos azares, reunieron, en lo que con los años, todos recordarían como una extraña y peculiar “Isla”, tanto física como emocional, que en el remoto espacio/tiempo de sus recuerdos, seguía existiendo.

Pero esa, es otra historia.

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Daños colaterales

“Estoy desnudo ante el agua inmóvil.

He dejado mi ropa en el silencio de las últimas ramas.

Esto era el destino:

llegar al borde y tener miedo de la quietud del agua.”

Antonio Gamoneda

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He entrado en tu blog, con el temor del que sabe sin saber. Demasiado tiempo sin noticias en el lector de wordpress. Ni en el mail… Por eso, cuando al fin he visto la entrada renovada, he ido buscando la sorpresa, quizás la ‘buena nueva’. El milagro. Pero solo he hallado la certeza, que quien te ha acompañado hasta el último suspiro, ha hilado fina y sutilmente, para comunicarnos que ya no estás. Y de nuevo he comprobado, que no por esperadas y sabidas, duelen menos las partidas. En tu caso, además, esa sensación de rabia e injusticia vital, de la que están llenas todas las muertes de la gente joven. O sin importar los años… de alguien lleno de planes e ilusiones, con unas inmensas ganas de vivir.

Meses atrás, las ‘voces autorizadas y las cercanías’, desaconsejaban todo tipo de enfrentamientos o acercamientos a la parca, aún en carne ajena, pero los que estamos en ‘esto’, sabemos de sobras que tan solo es una cuestión de tiempos y que hay un momento, en que el miedo queda atrás y se deja de vivir en un mundo paralelo al propio. Y en ese nuevo mundo, la muerte, continua ahí como siempre estuvo, pero sin molestar. Como todo lo natural. Quizás por eso, o porque desde que recuerdo, me encanta llevar la contraria al entorno, he estado ahí siguiéndote, día a día, letra a letra.

Aún así, confieso que en estos último meses, en los que debido a tu estado ya apenas escribías, he entrado menos en tu espacio. Me alegraba ver y leer lo nuevo, aunque me entristeciese saber o presentir… que cada vez estabas más cerca del final. Pero sobre todo, y a pesar de ese poco más de un año de inmundos tratamientos, cirugías varias, o aplastantes efectos secundarios que también yo he vivido y que probablemente cambien mi forma de vivir de manera permanente, en mis pequeñas ausencias ha habido ese sabor de la traición… del que, de momento… se va a salvar. Una culpabilidad estúpida, pero que está en todos los que podemos seguir, un tiempo más… con nuestra vida, más allá de como vaya a ser.

Hoy, como despedida y homenaje, de todas tus palabras, que son muchas, escojo estas, porque son sabias y nos representan a muchos.

“Huele a nada porque huele todo. Mi mundo es el mundo de los contrastes que no percibo, de los dolores que me prometen fidelidad eterna y de los aromas imposibles que me dan náuseas y mareos. Una empanada mental de la que es imposible salir, un laberinto viejo y roto del que uno ya no se puede fiar porque lo más probable es que hayan cambiado algunas de las puertas haciendo que lograr la salida sea una quimera. Las dudas ya hace tiempo que hicieron un suculento banquete con las certezas y ahora descansan satisfechas en sus enormes poltronas de cuero y marfil, con la mirada oscura y penetrante de quien se sabe vencedor del lado oscuro. De postre pretenden comerse el eco de mi voz, que es lo único que va quedando de este ser que alguna vez fue.”

 

Hasta la vista, Dani.

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literatura, retazos

Reset…

“Vivimos a merced de ciertos silencios”

Patrick Modiano

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Las notas de Mahler relajan de nuevo mis neuronas. Mientras, y de momento… la enfermedad va quedando, al fin, atrás. Y en esta especie de  kilómetro cero, me pregunto una vez más, el para qué… de todo esto, pero la respuesta sigue sin llegar. Quizás la tengan esos pájaros despistados, que este año no se han molestado en abandonar la enredadera espesa del jardín y se muestran cada día más descarados, atreviéndose incluso con los felinos del entorno, que ahora mismo, los miran un tanto atónitos, detenidos por la sorpresa, ante tanta osadía por su parte. Por una de esas extrañas carambolas vitales, me identifico bastante con ellos.

Aunque en realidad, ellos o yo, al igual que cualquier otra sensibilidad despierta, sabemos con certeza, por puro presentimiento, que sólo hay preguntas para este camino sin meta, que pienso en llenar de planes cuanto antes. Porque probablemente, todas y cada una de nuestras demandas, lleven implícita en si mismas su propio veredicto. Es más, al diablo! con las malditas respuestas. De este algo más de un año, sólo puedo decir que he aprendido o mejor dicho, confirmado, que temo mucho, muchísimo más! a la decrepitud y la dependencia que a la muerte. Lo que conlleva de per se, una mística trascendente de firmes decisiones.

Así que iré abriendo o cerrando, a mi aire, las puertas que se me presenten en lo que quede de itinerario, intentando aprovechar, o no…, las vivencias que me regale u obligue un incierto y siempre contradictorio destino.

Se inicia el baile.

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