Crónicas de ninguna parte, relato

El incidente (Isla XII)

 

Un niño no es un proyecto de hombre o mujer, sino que, como hombre o mujer, somos eso que queda de aquel niño que fuimos, y del que lo perdimos casi todo, un mundo que fue total, cerrado, redondo. Cuando miro mis fotografías de niña me parece descubrir en ellas un reproche, una protesta por lo que hice después con aquella niña. No es tranquilizador mirar el rostro del niño que fuimos, de los misteriosos niños que no murieron ni morirán y nadie sabe donde habitan, quizá en el perfume de una tarde o en la sombra de un árbol que se alza en la memoria.

Ana María Matute

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La luz cenital que inundaba el recinto la deslumbró al salir del angosto y oscuro pasadizo que habían tomado en el bosquecillo que rodeaba la fundición, al otro lado de la calle. Cuando sus ojos asimilaron el entorno, un escalofrío la recorrió al darse cuenta de que estaba en una tumba. Al adivinar su gesto de ir a hablar, él, selló sus labios con el índice en demanda de silencio señalando el exterior. No era frecuente, pero a esa hora podrían encontrarse con alguno de los hermanos cocineros en el huerto, muy próximo. Escondió sus trenzas bajo una gorra, se enfundaron los babis que habían preparado como atrezo de camuflaje y abandonaron la cripta en silencio por una de las troneras laterales, que tuvieron buen cuidado de dejar abierta sin que lo pareciese. Afuera, en mitad del breve y triste cementerio del orfanato, por un momento, Pati, escuchando la frecuencia y la fuerza de sus latidos, pensó que les descubrirían de inmediato, y que quizás, no había sido tan buena idea insistir tanto en acompañarle intramuros. Una frase de su madre la martilleaba insistentemente: ‘la curiosidad mató al gato’… No era capaz de pensar en nada más.

Transcurridos varios minutos de deslizarse con cuidado tras un gran seto que les ocultaba de miradas indiscretas, escuchó una algarabía de voces de otros niños, y en apenas treinta segundos más se encontró en un inmenso patio rodeada de curiosos que querían saber quien era.

-¿Quién es el nuevo, Ángel?

-No os amontonéis a su alrededor, que nos van a ver. Es un amigo externo. Luego os cuento, pero no llamemos la atención.

-No. Cuéntanoslo ahora. Luego no podrás, te han estado buscando. Canta, mientras hacemos unas canicas de pantalla.

-Vale. Vosotros tres no os agachéis, haced de muro y si viene el ‘vigilas o algún ‘loro’ la liais a saco, que nos dé tiempo de volar.

A esas alturas, a Pati,  se le había pasado el temblor de la adrenalina, pero seguía sin apenas poder contener los nervios. Aún así, los estaba machacando con las canicas.

-Nunca me hubiese imaginado, que con esa pinta de ‘nenaza’ fueses a jugar tan bien… -manifestó uno de los ocasionales jugadores-

Todos rieron.

-No pasa nada si te gustan más los tíos. ¿Qué le pasa a este imbécil con las niñas?-rugió Pati, dirigiéndose a Ángel-

-No le hagas caso, sólo lo dice para provocarte.

-Sí, no me lo tengas en cuenta, aquí vemos de todo… menos señoritas -respondió el interesado con retintín- y añadió con mirada torva- Si quieres, vamos ahí detrás y te cuento lo que me gusta, princesa -e intentó abandonar las cuclillas para avanzar hacia ella-

Después de perder muchas de esas escaramuzas de testosterona ante sus amigos varones, Pati, desde la frialdad y el dominio estratégico que le proporcionaban los mínimos de tal hormona, había aprendido que en esas refriegas era importante marcar el territorio y tomar ventaja cuanto antes. Por eso, la canica, salió de sus dedos con conciencia, pero de forma automática y a velocidad estratosférica. Su interlocutor, tuvo el tiempo justo de apartarse para que no le entrase en el ojo izquierdo. Pero su ceja, partida por la mitad, comenzó a sangrar con profusión.

El alboroto fue inmediato, así que después de los insultos preceptivos con la situación desbordada y al descubierto, desde la tribuna de vigilancia, los dos supervisores de esa tarde se acercaban a buen paso.

-Joder, Pati, como la lías…  ¡venga,vámonos! -Ángel, comenzó entonces a dar instrucciones- Si nos pillan, id al muro que da a la fundición y avisad de que ella está aquí a todos los que pasen hasta que os hagan caso. Da lo mismo quienes sean, hacedlo en mitad del follón, después no podréis. Y tú, diles tus apellidos y donde vives para que puedan avisar en tu casa.

Cayeron a la altura del huerto, tras el seto. Ángel, previendo el asunto, valoró, y con dolor de corazón, eso sí… prefirió que los descubriesen. Todo, menos poner en peligro el salvoconducto hacia su libertad intermitente. No iba a venir de un castigo o de cuatro bofetadas más o menos. Pero si descubrían su secreto… ellos habrían ganado la partida, y él, arruinado su única sensación de autonomía y poder.

Sus últimas instrucciones, fueron para ella:

-A ti, no pueden hacerte nada. Solo tienes que estar callada, di solo tu nombre y que quieres irte. O llora. Dependiendo de quien te enganche… te puede dar resultado. -le advirtió-

-Lo siento…. ¿Qué va a pasarte a ti? -replicó ella, azorada y pálida como un cirio-

-Si no hablas, nada que no me haya sucedido antes. Tranquila.

-No hablaré. Te lo prometo.

Los supervisores, que les separaron de un empujón sin contemplaciones para llevarles hasta el edificio principal, y de los que más tarde sabría que no eran religiosos de la orden que regía la Institución, tenían más pinta de sicarios que de vigilantes de un patio de escolares, en franca inferioridad de condiciones ante ellos. Un sesgo patibulario, que tenía pinta de ser algo buscado para inspirar un respeto que se convertía en terror entre los más pequeños o de alma más débil. Y eso fue lo que detectó, Pati, mientras desfilaban en medio del pasillo humano que se había arremolinado para verlos pasar hacia el ‘cadalso’. Un miedo triste y profundo, desconocido… como no había visto nunca antes en ningún otro lugar. En los ojos de aquellas pequeñas almas, leyó por primera vez la desolación y la amargura irremediable de la cautividad indefensa.

Ángel, no llegó a entrar en el edificio principal, desapareció con uno de sus acompañantes tras una inmensa escalera descendente, mientras ella, que si lo hizo, recorrió diferentes estancias y pasillos, para ir a esperar en relativa calma el próximo lance del incidente, en lo que parecía el gabinete del bibliotecario. Lo supuso, porque desde allí, se divisaba la biblioteca del edificio en toda su magnificencia. Una auténtica maravilla, que imantó de inmediato su atención hasta la llegada del que conjeturó que sería el hermano prior. Intentaba reflexionar sobre su situación, pero sus pensamientos se amontonaban y dispersaban a un tiempo. Le costaba concentrarse en nada que no fuese aquella belleza… En el fondo, era una forma de recomponerse para evadirse del marrón en que se hallaba y del tremendo remordimiento que sentía por haber puesto a su amigo en un trance desfavorable. Su instinto y las palabras de Ángel, le indicaban que no se iba a ir de rositas… pero por otra parte, intuía que era mejor esperar acontecimientos y actuar sin expectativas. Y entre callar o llorar, como le había aconsejado él, estaba claro que tenía mucha más facilidad para lo primero que para lo segundo. Así que, su única estrategia iba a consistir en cumplir lo prometido a su amigo.

Con la tarde ya entrada en horas, los últimos rayos de sol se tamizaban oblicuos y majestuosos como una exótica niebla que suspendía millones de brillantes partículas a través de las coloridas e inmensas cristaleras góticas que rodeaban la vasta  sala, irisando las mesas vacías y los lomos de los miles de volúmenes que reposaban, como encantados por algún oculto hechizo, en anaqueles de pulida y trabajada madera o en enormes vitrinas que representaban, de per se, una obra de arte. Se respiraba una luz especial que dotaba al ambiente de una mágica serenidad. Como para quedarse a vivir -pensó-. Si la situación no fuese de crisis, se hubiese adentrado por aquellos pasadizos para acariciar los libros y olfatear con deleite el aroma a pergamino y papel viejo. Pero sobre todo, para curiosear el atlas de un inmenso y más que probable antiquísimo orbe al fondo de uno de los pasillos. Y en eso estaba, cuando escuchó una puerta abriéndose a su espalda.

Un anciano de expresión fría, con cejas mefistofélicas y mirada de halcón, la estudiaba en silencio, con parsimonia. No le gustó, notaba su energía airada. Su cólera. No bajó la vista, algo la avisaba de que debía mantenerle la mirada a toda costa.

-Está claro que si eres amiga, o lo que sea… de mi mayor dolor de cabeza… -dijo en mitad de un suspiro de resignación- ibas a ser maleducada y descarada. Dime tu nombre y como has entrado aquí, ahora mismo. Te has metido en un lío del demonio, que es quien os inspira a ti y a tu amigo, sin duda. Su voz era suave y apagada, pero en su timbre y en su tono se percibía el poder de quien lo ostenta de forma omnipotente desde hace mucho.

-Hipatia Domínguez y Novoa, vivo en la calle Soto del Bancal y quiero irme de aquí- dijo con una seguridad, que a quien sorprendió más, fue a ella misma-

-¡Válgame Dios! Si hasta el nombre es pernicioso. Primero, vas a contarme por donde has entrado o te vas a quedar aquí, hasta que yo lo diga. No te irás sin decírmelo.

-En tanto la filípica y las amenazas de todo tipo  de calamidades caían incesantes, ella, extravió su mirada en un horizonte inexistente y guardó silencio. Esta vez, la voz, era casi un silbido sordo y según pasaban los minutos, cada vez contenido con más dificultad. Pero se mantuvo firme en la promesa que le había hecho a su amigo. Bastante lo había comprometido ya.

Transcurrido un tiempo difícil de calcular, alguien llamó con los nudillos en los cristales del gabinete sacándola de su ensimismamiento. Al dirigir la vista hacia el sonido, vislumbró a otro de los abades acompañando a su hermano Andrés, que lucía sus mejores galas, además de un semblante serio y circunspecto. Su madre, con esa sabiduría que dan los años y las dificultades, había considerado más oportuno que una cuestión de esa índole la tratase un varón, por la comodidad que representaría para su interlocutor y porque nunca deben de quemarse todas las naves en un primer contacto. Por otra parte, su hijo, siempre se había mostrado como un negociador sensato y atemperado, pero duro de roer. En realidad, su trabajo era ese. Negociar. Ambos estuvieron de acuerdo en que debía vestirse para la ocasión, para parecer lo más mayor posible, y, porque el clero acostumbra a ser respetuoso con las ‘formas’. Por último, su carta en la manga fue rogar al Señor Ovidio, el obrero de la fundición que trajo la nueva, el favor de que los esperase fuera un tiempo prudencial, en previsión de inesperadas eventualidades, a lo que el hombre accedió gustoso, con esas ganas de ayudar que suelen tener los más humildes la mayor parte de las veces.

-No se preocupe vd. Doña Carmen, que no me vendré sin ellos -declaró resuelto-

Y aunque no hizo falta su intervención, era noche cerrada cuando los hermanos abandonaban el lugar. Mientras lo hacían, las campanadas del carillón repicaban con cierto alborozo en el exterior pero retumbaban lúgubres en el interior del viejo edificio, confundiéndose con el cántico grave y pesado de los monjes, que resonaba a lo lejos recitando las ‘Completas’. Junto a un abad guía con gesto de estatua, Pati y su hermano, recorrían con cierto sobrecogimiento aquel laberinto fantasmagórico de corredores, galerías y pasillos mal iluminados, en los que se traslucía una siniestra pátina de misteriosa malignidad que daba escalofríos y que proyectaba sus sombras en los pétreos muros de aquel viejo coloso. La añeja madera del suelo artesonado, a pesar del sigilo que ponían al caminar en medio de aquella semi-tiniebla y de un silencio que se adivinaba impostado, lleno de hoscas miradas, gruñía indiscreta delatándoles a cada paso. Los dos, se ahogaban en aquella atmósfera pesada y sofocante, que solo cesó y les permitió respirar a pleno pulmón… una vez que su acompañante cerró tras ellos el gran portón y se vieron al aire libre, bajo las estrellas.

Afuera, esperaban el trabajador de la fundición que había dado la voz de alarma, cuando dedujo quien era la ‘detenida’ por el domicilio que le proporcionaron las atropelladas explicaciones de los chavales del muro. La Calle Soto del Bancal, era en realidad un corto pasaje sin salida, -más bien paraje- donde solo existía una casa solariega de las más antiguas. Pero él, solo conocía a Pati de vista, de verla jugar con Saúl, su vecino y ocasional ‘protegido’. Así que, en realidad, fue Saúl, acompañado por él, quien dio la noticia en casa de Pati. Y por supuesto, además de su amigo, Chema y Chini, avisados por este y escapados de extranjis, dispuestos a no perderse ripio de lo que sucediese.

-Señor Ovidio, ¿qué va a pasarle a Pati? -inquirió Chini inquieto, minutos antes de que saliesen, en el colmo de la impaciencia.- Los tres le rodeaban expectantes, como si fuese un oráculo-

-A ella nada, chaval. No más allá de la bronca que ya le habrá caído y le caerá… ¡los tiene bien puestos la muchacha!, los del orfanato me han dicho que le ha abierto la ceja a uno que hace dos como ella. Pero yo de vosotros, me preocuparía más por su amigo. Ese, no tiene quien le defienda ni se preocupe de lo que le pueda pasar. El pobre.

Eso los hizo reflexionar. Hasta entonces, Ángel, había sido para ellos el ‘extraño amigo de Pati’, que a pesar de estar interno en el orfanato aparecía y desaparecía de forma misteriosa sin dar demasiadas explicaciones. Solo Pati sabía cuando y como se podía contar con él, pero a partir de ese momento, como a casi todas las víctimas y personas de corazón valiente, se le percibió de otro modo. Ahí comenzó a formarse la ‘leyenda del indomable’, fue la inflexión episódica, que le integró en el grupo de cabecillas con todos los honores, pasando a ser uno más, cuando no, el caudillo de innumerables lides de aquella singular y peculiar ‘corte de los milagros’.

Una vez en casa, y después del consiguiente y agrio rapapolvos que su hermano le administró por el camino, su madre, mirándola de forma severa, como solo ella sabía hacerlo… apostilló un : por hoy ya has molestado bastante a todo el mundo, así que’vete a la cama y mañana, ya hablaremos con calma tú y yo’, que no presagiaba nada bueno. Ahora estoy demasiado cansada y enojada para hablar de nada contigo.

Por supuesto, la historia del incidente para Ángel fue distinta. Pero esa, es otra historia.

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Postrera dádiva (Isla XI)

“Al final de este día queda lo que quedó de ayer y quedará de mañana: el ansia insaciable e innúmera de ser siempre el mismo y el otro.”

Fernando Pessoa

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A veces, Ángel exhumaba recuerdos que no creía poseer. No se recreaba en ello, pero en esa ocasión estaba haciendo una excepción. Fue quizás la misma niebla húmeda y pegajosa que suspendió su vuelo aquel día o el sonido monótono y delicado de la lluvia en los cristales del café, lo que desató aquel inesperado flash-back de la larga conversación que mantuvieron en aquella cita. De pronto, el tono bajo y cálido de su voz  le llegaba de nuevo en oleadas, inundándolo una vez más de aquella vaga y cierta sensación de paz.

Ya le costaba evocar sus rasgos… pero ese día la veía con claridad… Recordó haber pensado, que había envejecido bien. El mismo cuello largo siempre erguido y aquella peculiar forma de ladear la cabeza para escuchar. Sus pasos rápidos y seguros y la misma figura menuda de talle ágil un tanto huesuda. Estaba aún más delgada… si cabe. Y aquella mirada camaleónica, densa y oscura, que sabía utilizar como nadie para mantener a su interlocutor a la distancia deseada, quizás lo que más la definía… Solo unas ligeras ojeras, que por desconocimiento de su enfermedad, achacó al cansancio evidente de aquellos días y unas dispersas hebras blancas que comenzaban a ser abundantes en sus sienes de un rubio apagado, daban cuenta del paso de los años en ella.

En aquellos momentos, por unos  instantes le pareció que la mañana se deslizaría en preámbulos, a la expectativa de que el otro desplegase sus velas para comprobar de donde soplaba el viento. La conversación, que a un tercero hubiese podido parecerle suelta y animada, en realidad,  denotaba cierto temor a quedarse en tierra o a navegar con el rumbo errado. Pero a medida que pasaron las horas, rápidas y espesas a un tiempo, todo lo que había acariciado el olvido, se filtró de nuevo en aquella tensión acumulada de ausencias faltas de noticias, que poco a poco se fueron desvelando. Y por una vez, fueron capaces de traducir a palabras sus gestos y miradas… pintando un singular lienzo en el que nada fue censurado o excluido de aquel encuentro inesperado, por cortesía póstuma de Andrés. Su última oportunidad de explicarse el uno al otro. Como una postrera dádiva.

Reconocieron riendo, haber fantaseado con ese encuentro, que como es natural, no se correspondió en absoluto con nada de lo imaginado en ambas orillas. Ni en el pretexto que lo provocó ni por las secuencias siguientes. Allí contó, más que nada, el factor vida y una tangible capacidad que siempre habían tenido de sorprenderse el uno al otro.

-Así entonces, los Quiroga, fueron una especie de administradores de los caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén, una vez desaparecidos los Templarios.

-Sí, algo así a grandes rasgos. Pero las órdenes militares, tuvieron muchas Encomiendas en toda Europa por esa época. Una rama perdida de la familia de mi madre fue una de ellas aquí, en ‘illo tempore’. Y mi abuela, tan religiosa ella, conservó toda la documentación de los títulos y cierta tradición al respecto. Cosas de antes, ya sabes…

-¿Y tú, no guardas nada de todo eso?

-Eeehh sí claro, creo que más de un legajo ronda aún por la casa del pueblo. Uno no se desprende de esas cosas. Y así me enteré en su día.

-¿Y el párroco?

-Bueno, supongo que la Iglesia llevará sus registros de forma mucho más concienzuda, sobre todo si implican propiedades o algún tipo de beneficio económico… e imagino que así sería. El padre Antonio, que siempre ha sido un tanto heterodoxo, lo que tiene, es mucho tiempo libre para investigar y no aburrirse demasiado. Y esa iglesia, antes fue monasterio. No sé si has visto la sacristía… fijo, que tiene él más información que yo al respecto.

-Sobre todo más interés – observó ella-

-¡Eso, seguro! Dicen, que de la sacristía parte un tunel que pasa por debajo del agua hasta el otro lado de la montaña.

-Se dicen tantas cosas… pero sí, alguna vez lo escuché de mi madre.

Por algún desconocido mecanismo de relación, o porque el también se escapaba de su cárcel de infancia a través de un túnel, le vino entonces a la memoria el día que se conocieron… y se vio a si mismo en un final de primavera caluroso colgado del muro del orfanato, atento a como una niña de largas trenzas ceniza, sin ser consciente de su observación, regresaba del colegio tomando un helado. Y los quiso. A ella y a su helado.

-Eh tú, niña, dame tu helado! -profirió cuando la tuvo a su altura-

-¿Porqué habría de dártelo? ¿quién eres tú?

-Me llamo Ángel y tengo hambre, por eso debes dármelo. -mintió con aplomo-

Ella entrecerró los ojos, valorándolo, y en aquel mismo momento, supo que no sería la última vez que se verían…

-¿Qué, me lo vas a dar o no?

-Sí, espera… -mientras extraía de su cartera la bolsa de la merienda y su cuerda de saltar a la comba-

-Coge primero la cuerda- dijo lanzándosela-  y yo colgaré la bolsa para que la puedas estirar.

-No soy tonto, ya me lo he imaginado.

-Esa, fue la primera vez que vio el relámpago previo a la tormenta, en su mirada.

-¡No te pases, o me voy!

-Vale, perdona.

El helado, llegó desmontado y lleno de migas dentro de la bolsa, pero aún así, el sabor dulce de la vainilla fría en su paladar le pareció un placer de dioses. Ella le miraba curiosa.

-¿Cómo has dicho que te llamabas? ¿Ángel?

-Sí. ¿Y tú?

-Pati.

-Gracias, Pati.

Fue la primera vez que se sonrieron el uno al otro.

-¿Volverás mañana?

-Paso por aquí todos los días, mientras haya cole…

-No te he visto nunca…

-Ella se encogió de hombros, mientras decía: bueno,  me voy. Mañana traeré algo más.

Y esa fue la primera vez de otras muchas en la que hubiese querido decirle:

-No, espera, no te vayas aún… pero fue también la primera que no lo hizo.

Entre recuerdo y recuerdo, la noche se había apropiado de todo sin apenas darse cuenta, y desde la ventana de la cafetería apenas se distinguía ya el exterior. En el coche, con el horizonte y el ánimo más ligeros para proseguir su viaje, los recuerdos no se interrumpieron. Y la megafonía del aeropuerto, comunicando la suspensión de todos los vuelos aquel día a causa de la niebla, volvió a resonar en sus oídos como agua de Mayo.

-¿Qué vas a hacer?

-Pues buscar un hotel… ¿qué sino? ¿Y tú?

-Tú diras…

Ella sonrió y dijo segura -Quédate… –

Para cuando la niebla decidió retirarse, tres días más tarde, estaban a bastantes kilómetros de su punto de partida, tejiendo el principio y el final del último capítulo de una historia siempre latente en sus vidas, que fue prólogo y epílogo a un tiempo. Porque nadie guarda la misma sensación de lo vivido, sobre todo en el recuerdo…

Pero esa, también es otra historia.

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Tiempo de navegar…

Una cierta tendencia hacia la misantropía que se ha ido agravando con la edad, provoca que casi cualquier cercanía, le venga grande… incluso, en según que casos,  se le hace insoportable. Aún es capaz de mantener las formas con los más allegados, o a los que se supone como tales. Pero la verdad, es que se siente mucho más cómoda sola, en la única compañía de sus animales, que al igual que ella, no tienen la necesidad permanente y perentoria de explicar como están y mucho menos de indagar no importa que estado de ánimo. Se miran, lo saben y les basta. Todo un alivio.

Ahora mismo, mientras los gatos la observan indolentes, sin intención de moverse ni un ápice… los perros, esperan delante de la puerta del jardín a que les abra. Todos saben, por sus últimas maniobras, que aprovechando ese leve y tibio viento crepuscular que se ha levantado hace un poco, se va al embarcadero del lago a ver anochecer desde el agua.

Tras unos meses, de su regreso más o menos definitivo al pueblo, decidió alternar sus largas caminatas, con un cursillo de vela, comprobando que no se le daba mal y que disfrutaba con ello. Se hizo entonces, con un pequeño y ruinoso balandro, tipo anduriña, que ha ido restaurando poco a poco con la ayuda del viejo Moisés, que se ocupa de los amarres y de la intendencia del diminuto Club Náutico,  y que la conoce desde niña. Otro solitario, en guerra contra todo tipo de respuestas baldías a preguntas inútiles. La cosa, es que según manifiesta, es tan mayor… que ya no le queda nada por decir. Quizás por eso se caen bien. Ninguno de los dos habla más de lo necesario y ambos aman profundamente ese lugar. Cuando llega al pantalán, ya está desamarrando y cuando la mira a los ojos, ella mueve la cabeza en sentido negativo, respondiendo a su muda pregunta de si hace falta que la espere.

Zarpa, con la puesta de sol a barlovento y se pone a la caña en esa dirección. Siempre le ha gustado el viento en la cara y en el ánimo. Al cabo de los años, es consciente de que el paisaje ha sido, es y será, uno de los amores más importantes de su existencia. Y sin duda alguna, el único del que nunca se cansará o se decepcionará. Un elemento esencial en su vida, refugio y fuente de placer… que también se expresa en un silencio, solo roto por una meteorología que no hace más que aumentar su querencia, sin importar de que fenómeno se trate. Y ahí, en especial. De hecho, sino la principal, esa es una de las razones más importantes de su regreso a los orígenes.

La luz del sol, ya muy baja, se expande en todas direcciones, transformando el entorno en un inmenso estanque donde todo… agua, árboles, embarcaciones, nubes, viñedos… hasta ella misma… espejean en oro viejo. En la lejanía, la suave cadena montañosa que define el horizonte de ese valle remoto y perdido, azulea, aparentemente indiferente a esa metamorfosis, que un día más inunda sus pupilas y su piel de un exquisito e inigualable hechizo de bienestar.

Y ahí, en medio de ese centro geográfico, sin importar si entre brumas o en espléndido crepúsculo, como en ese momento, siente una punzada de culpabilidad. Tanta belleza, ha sido capaz de reconciliarla con ese embalse artificial que odió durante años, porque enterró su infancia y parte de su adolescencia sin motivo. Es como abrir una puerta a un Ávalon particular, que le permite recorrer los senderos, ahora submarinos, pero tan presentes todavía… sobre los que, aunque de forma distinta y a pesar de los años… se desliza igual de ágil y ligera, que en aquel pretérito momento del tiempo, que siempre sabe como hacerse presente de nuevo.

La dulce luz del Oeste se despide una vez más, y en sus oídos, en su mirada… en su espíritu… solo la melodía y la caricia del viento a media vela, mientras el chapoteo leve de la quilla dibuja ondas que se funden en  una única vibración infinita, vaciándola de todo.

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