Crónicas de ninguna parte

Intramuros… (Isla XIII)

Dentro de su cabeza, en el mismo volumen de su cuerpo, había una soledad sin nombre. Vacío que llama al vacío. Siempre a la búsqueda de algo perdido, por otro lado, en otra parte, en otro mundo, en un tiempo más antiguo. Siempre llamando a esa otra parte del mundo; teniendo siempre en él -hasta el estupor- como un nombre propio en la punta de la lengua, algo sumamente importante que había olvidado, que buscaba sin parar, sin tregua, allá donde estuviese, en todos los lugares que hubiese en el mundo y cuya carencia era en él como la culpabilidad de cada instante.

Pascal Quignard

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Una indudable vocación para el tema, unido al infortunio de su destino, no tardaron demasiado en transformar a Ángel en un outsider recalcitrante, avezado en todo tipo de fugas en su sentido más literal. Ausentarse del encierro impuesto por sus circunstancias personales, sin importar demasiado si eran horas o días… se fue convirtiendo poco a poco en un reto contra si mismo, pero sobre todo, en un desafío mantenido contra la autoridad que reprimía  los internos. Fugarse, no era solo una liberación para él, con el tiempo, llegó a serlo un poco para todos. Esas escapadas, representaban en muchas ocasiones victorias comunes, por más pírricas que acostumbrasen resultando. Era su manera de hacer frente a una autoridad dura y rigurosa, que en muchas ocasiones sobrepasaba la disciplina hasta lo arbitrario.

El prior Amadeo, de aspecto imponente y de trato áspero y difícil, primaba por encima de todo, la obediencia y sumisión ciega a sus normas, y por supuesto, estaba muy distante de cualquier pedagogía benévola o tolerante. Firme defensor del: “la letra con sangre entra”, todo lo que se apartase de sus instrucciones, le parecía el caos. No solo le temían los internos, sus abades, también se guardaban tanto como podían de sus intempestivos ataques de ira.

Aún así, Ángel, siempre regresaba de sus huidas porque sabía como único hogar posible a ese hospicio, al que su abuela le había confiado en régimen externo poco antes de morir para que se fuese adaptando al lugar. Al fallecimiento de la anciana, durante los dos primeros años de interno, había estado bajo el amparo del Abad Arturo, bibliotecario, antiguo prior, y tío abuelo suyo. Una protección que había durado lo que el juicio del anciano, al que una vez demenciado, le fue retirada cualquier responsabilidad. Fue en esa época de acceso ilimitado a la biblioteca, cuando descubrió los antiguos planos de ese pasadizo que comunicaba la tumba de los próceres constructores con el exterior. Su tío, al que empezaba a fallarle la cordura, no solo le confirmó el hecho, sino que llegó a enseñarle las diversas formas de entrar y salir del edificio sin ser visto, previa promesa de que jamás lo revelaría, ni a los pupilos por razones obvias, ni al prior Amadeo, que en su afán de control absoluto de cualquier situación, lo hubiese desmantelado sin dudarlo.

Esa convivencia estrecha con su tío abuelo, le proporcionó las pocas pero útiles armas para sobrevivir allí. Además del conocimiento exhaustivo de la construcción, que en su época de prior hubo de explorar a fondo al dirigir las obras de acondicionamiento para la función a la que estaría destinado, le mostró una cierta forma de enfrentarse a la adversidad. Primero, enseñándole con el ejemplo, la virtud de la ‘resistencia’ a través de los silencios bien administrados o el arte de la distancia justa en un lugar, en principio, lleno de extraños. Segundo, y no menos importante, explicándole los entresijos y rencillas de los que ninguna convivencia prolongada está libre. También le hizo consciente, de la ventaja que representaba pertenecer al bando de los ganadores, al provenir de una familia mártir, intachable para el régimen… y de posibles. Algo, que aún sacaba más de quicio al prior, que le consideraba un ‘traidor’.

Probablemente, el Abad Arturo, de talante mucho más liberal, intuía que cuando él faltase, las pocas prebendas de las que disfrutaba, como el acceso sin restricción a libros y demás elementos de la biblioteca le sería suprimido, y así fue a no tardar, aunque el joven archivero ayudante de su tío, a escondidas del nuevo bibliotecario, siempre le guardó ciertas prerrogativas. El hermano Gonzalo, que colgaría los hábitos unos años más tarde, y que no hubiese tenido precio como espía… era un experto en pasar desapercibido. Abandonó la ‘casa’ un día cualquiera, siguiendo las instrucciones de Ángel, justo por el mismo pasadizo por el que él se fugaba.Tan solo unos años mayor, no tenía nada ni a nadie en la vida y su primer recuerdo se ubicaba en ese lugar; por lo que solo contaba con la formación adquirida en esos años de orfanato, pero aún así, después de haber visto mucho… fue a su encuentro. No podía ser peor que allí dentro. Ambos se profesaban un afecto surgido en los años de cariño y justicia que el tío Arturo había repartido entre los dos, eran lo más parecido a un hermano o un amigo que se podía tener en sus circunstancias. Lectores voraces de todo tipo de libros, se entendían al primer vistazo y gustaban de comentar y recomendarse títulos y autores o de intercambiar información. Uno la proporcionaba del exterior, el otro de intramuros.

Pero a pesar de esa información privilegiada y de que Gonzalo siempre estuvo ‘ahí’, esas aparentes prebendas, nunca le libraron de recibir su merecido cuando le descubrían transgrediendo las normas del prior. En un internado, sin importar de que clase sea, el atributo más importante de quienes ostentan el poder es la administración de la libertad, y que apenas un mocoso fuese capaz de saltarse a menudo y a voluntad esa prerrogativa, desafiaba de tal forma la autoridad, que el abad, pronto tuvo una querencia adversa que no tardó en desembocar en auténtica inquina hacia él. Y en esa ocasión, además de la fuga habitual, el hecho de introducir a la ‘malvada Eva’ en sus dominios, lo encorajinó de forma singular. Por lo que el castigo debía estar en consonancia y a la altura de la infracción, máxime cuando la ‘putita’ se había ido de rositas… Alguien debía pagar tanto descaro.

Así que, para cuando Ángel volvió a aparecer en el muro, casi tres meses más tarde, Pati, demudó su semblante al verlo. Aquel, no parecía su amigo, tan solo su sombra…

-¡Por fin!, ¿qué ha pasado?, ¿dónde estabas?, ¿puedes quedarte a hablar?

-Bueno, no podían encerrarme para siempre… aunque esta vez lo he pensado… Gracias, por no decir nada.

Cuanto más lo miraba, menos lo reconocía y peor aspecto le encontraba… volvió a tragar saliva, y solo acertó a decir:

-He venido todos los días…

-Lo sé, me lo han dicho. Me soltaron ayer por la noche.

-¿Qué es el zulo?, ¿porqué estás tan pálido y qué te han hecho en el pelo?, ¿y esa tos?

-Tenía piojos y llevo a la sombra mucho tiempo -dijo tras una sonrisa tan torva como amarga- y no preguntes tanto que no puedo quedarme. Seguro que me están vigilando. Creo que van a estar muy pendientes de mí y de lo que haga durante una buena temporada. El Abad Amadeo, enloqueció después de que te fueses al no conseguir que le dijeses nada de nada. Ya hablaremos…

-Convencí a mi madre para que preguntase por ti. Y me consta que ella y la superiora de mi cole lo han hecho… pero nadie parecía saber donde estabas, hasta que el Señor Ovidio y mi hermano han pedido visitarte varias veces, y…

-Ahhh… no sé quien es el Sr. Ovidio -la interrumpió- pero ahora se me aclara un poco más el tema, agradéceselo a todos de mi parte. Creo  que estamos hablando hoy, gracias a ellos. Ahora debo irme, ya te haré llegar noticias mías y gracias por no delatarme ni abandonarme.

La apurada y tensa conversación y su aspecto macilento, no hicieron más que encoger aún más el corazón de Pati, que a pesar de conseguir verle, quedó turbada y en suspenso en medio de la calle con una gran sensación de soledad e inquietud. Maldiciéndose de nuevo, por haber insistido tanto en acompañarle aquel día. Todavía no era consciente de que su obstinación en averiguar el porqué de la prolongada ausencia de su amigo, acababa de hacer visible en algunas instancias la punta del iceberg de lo que ocurría tras aquellos muros. No así su amigo, que respiró hondo por primera vez en mucho tiempo al saberse menos solo de lo que creía.

En los próximos días, por más que esperó, no volvió a verle en el muro, pero sí recibió una nota suya a través de Ovidio.

Hola:

no tengo mucho tiempo, me siguen vigilando de cerca, así que seré breve. Muchas gracias de nuevo, por hacer que tanta gente se haya interesado por mi. Ya sé quien es el Sr. Ovidio, pero hiciste bien en hablarme de él,  sino hubiese creído que era el ‘enemigo’. Hoy ha vuelto a visitarme y lo ha conseguido. Parece aún más tozudo que yo, porque incluso ha conseguido que la visita fuese privada. Ni idea de con ¿qué? les puede haber amenazado, aunque haya para escoger… Le he pedido que se ponga en contacto contigo y con Andrés, para que sea él quien os explique todo lo que ha sucedido. Hoy por hoy, apenas disfruto de privacidad y lo prefiero así… escribirlo, sería peligroso para mí si la carta cayese en las manos equivocadas. Así que habla o hablad… con él, tiene toda la información que me pedías el otro día y alguna más con la que ya decidiréis que debéis o podéis hacer.

Un abrazo para todos.

Ovidio, le salió al paso al abandonar uno de sus turnos en la fundición otro de tantos días en los que ella esperaba ver a su amigo o tener algún tipo de noticias suyas. La encontró mirando hacia arriba, a lo que él creyó el muro… aunque en realidad, la muchacha, miraba al puente que formaba el tendido eléctrico entre los postes que alimentaban de energía la cárcel de su amigo, y que en ese momento se hallaba colmado de pájaros que iban y venían en plena libertad…

 

 

 

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5 comentarios en “Intramuros… (Isla XIII)

  1. Alfil dijo:

    Perplejo me dejas Madame. Y no solo por tus 50ytantos puntos suspensivos, cuando te creía muy lejos, paras y vuelves a mirar atrás con esa cristalina mirada tan propia.
    Bienvenida otra vez a estos caminos de la mente y bonne chance.

    Le gusta a 1 persona

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