Crónicas de ninguna parte, relato

El incidente (Isla XIII)

 

Un niño no es un proyecto de hombre o mujer, sino que, como hombre o mujer, somos eso que queda de aquel niño que fuimos, y del que lo perdimos casi todo, un mundo que fue total, cerrado, redondo. Cuando miro mis fotografías de niña me parece descubrir en ellas un reproche, una protesta por lo que hice después con aquella niña. No es tranquilizador mirar el rostro del niño que fuimos, de los misteriosos niños que no murieron ni morirán y nadie sabe donde habitan, quizá en el perfume de una tarde o en la sombra de un árbol que se alza en la memoria.

Ana María Matute

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La luz cenital que inundaba el recinto la deslumbró al salir del angosto y oscuro pasadizo que habían tomado en el bosquecillo que rodeaba la fundición, al otro lado de la calle. Cuando sus ojos asimilaron el entorno, un escalofrío la recorrió al darse cuenta de que estaba en una tumba. Al adivinar su gesto de ir a hablar, él, selló sus labios con el índice en demanda de silencio señalando el exterior. No era frecuente, pero a esa hora podrían encontrarse con alguno de los hermanos cocineros en el huerto, muy próximo. Escondió sus trenzas bajo una gorra, se enfundaron los babis que habían preparado como atrezo de camuflaje y abandonaron la cripta en silencio por una de las troneras laterales, que tuvieron buen cuidado de dejar abierta sin que lo pareciese. Afuera, el breve y triste cementerio del orfanato les rodeaba. Por un momento, Pati, escuchando la frecuencia y la fuerza de sus latidos, pensó que les descubrirían de inmediato. Y que quizás, no había sido tan buena idea insistirle tanto en acompañarle intramuros. Una frase de su madre la martilleaba insistentemente: ‘la curiosidad mató al gato’… No era capaz de pensar en nada más.

Transcurridos varios minutos de deslizarse con cuidado tras un gran seto que les ocultaba de miradas indiscretas escuchó una algarabía de voces de otros niños, y en apenas treinta segundos más se encontró en un inmenso patio rodeada de curiosos que querían saber quien era.

-¿Quién es el nuevo Ángel?

-No os amontonéis a su alrededor, no deben verlo. Es un amigo externo. Luego os cuento, pero no llamemos la atención.

-No. Cuéntanoslo ahora. Luego no podrás, te han estado buscando. Canta, mientras hacemos unas canicas de pantalla.

-Vale. Vosotros tres no os agachéis, haced de muro y si viene el ‘vigilas o algún ‘loro’ la liais a saco, que nos dé tiempo de volar.

A esas alturas, a Pati,  se le había pasado el temblor de la adrenalina, pero apenas podía contener los nervios. Aún así, los estaba machacando con las canicas.

-Nunca me hubiese imaginado, que con esa pinta de ‘nenaza’ fueses a jugar tan bien… -manifestó uno de los ocasionales jugadores-

Todos rieron.

-No pasa nada si te gustan más los tíos. ¿Qué le pasa a este imbécil con las niñas?-rugió Pati, dirigiéndose a Ángel-

-No le hagas caso, sólo lo dice para provocarte.

-Sí, no me lo tengas en cuenta, aquí vemos de todo… menos señoritas -respondió el interesado con retintín- y añadió con mirada torva- Si quieres vamos ahí detrás y te cuento lo que me gusta, princesa -e intentó abandonar las cuclillas para avanzar hacia ella-

Después de perder muchas de esas escaramuzas de testosterona ante sus amigos varones, Pati, desde la frialdad y el dominio estratégico que le proporcionaban los mínimos de tal hormona, había aprendido que en esas refriegas era importante marcar el territorio y tomar ventaja cuanto antes. Por eso, la canica, salió de sus dedos con conciencia, pero de forma automática y a velocidad estratosférica. Su interlocutor, tuvo el tiempo justo de apartarse para que no le entrase en el ojo izquierdo. Pero su ceja, partida por la mitad, comenzó a sangrar con profusión.

El alboroto fue inmediato, así que, después de los mutuos insultos preceptivos, con la situación desbordada y al descubierto, desde la tribuna de vigilancia, los dos supervisores de esa tarde se acercaban a buen paso.

-Joder, Pati, como la lías…  ¡venga,vámonos! -Ángel comenzó entonces a dar instrucciones- Si nos pillan, id al muro que da a la fundición y avisad de que ella está aquí a todos los que pasen hasta que os hagan caso. Da lo mismo quienes sean, hacedlo en mitad del follón, después no podréis. Y tú, diles tus apellidos y donde vives para que puedan avisar en tu casa.

Cayeron a la altura del huerto, tras el seto. Ángel previendo el asunto, valoró, y con dolor de corazón, eso sí… prefirió que los descubriesen. Todo, menos poner en peligro el salvoconducto hacia su libertad intermitente. No iba a venir de un castigo o de cuatro bofetadas más o menos. Pero si descubrían su secreto… ellos habrían ganado la partida, y él, arruinado su única sensación de autonomía y poder.

Sus últimas instrucciones, fueron para ella:

-A ti no pueden hacerte nada. Solo tienes que estar callada, di solo tu nombre y que quieres irte. O llora. Dependiendo de quien te enganche… te puede dar resultado. -le advirtió-

-Lo siento…. ¿Qué va a pasarte a ti? -replicó ella, azorada y pálida como un cirio-

-Si no hablas, nada que no me haya sucedido antes. Tranquila.

-No hablaré. Te lo prometo.

Los supervisores, que les separaron de un empujón sin contemplaciones para llevarles hasta el edificio principal, y de los que más tarde sabría que no eran religiosos de la orden que regía la Institución, tenían más pinta de sicarios que de vigilantes de un patio de escolares, en franca inferioridad de condiciones ante ellos. Aquel sesgo patibulario, tenía pinta de ser algo buscado para inspirar un respeto que se convertía en terror entre los más pequeños o de alma más débil. Y eso fue lo que detectó Pati mientras desfilaban en medio del pasillo humano que se había arremolinado para verlos pasar hacia el ‘cadalso’. Un miedo triste y profundo, desconocido… como no había visto nunca antes en ningún otro sitio. En los ojos de aquellas pequeñas almas, leyó por primera vez la desolación irremediable de la cautividad indefensa.

Ángel no llegó a entrar en el edificio principal, desapareció con uno de sus acompañantes tras una inmensa escalera descendente, mientras ella, que si lo hizo, recorrió diferentes estancias y pasillos, para ir a esperar en relativa calma el próximo lance del incidente, en lo que parecía el gabinete del bibliotecario. Lo supuso, porque desde allí, se divisaba la biblioteca del edificio en toda su magnificencia. Una auténtica maravilla que imantó de inmediato su atención, hasta la llegada del que conjeturó que sería el hermano prior. Sus pensamientos se amontonaban y dispersaban a un tiempo. Le costaba concentrarse en nada que no fuese aquella belleza… En el fondo, era una forma de recomponerse para evadirse del marrón en que se hallaba y del tremendo remordimiento que sentía por haber puesto a su amigo en un trance desfavorable. Su instinto y las palabras de Ángel, le indicaban que no se iba a ir de rositas… pero por otra parte también le señalaba que era mejor esperar acontecimientos y actuar sin expectativas. Y entre callar o llorar, como le había aconsejado él, estaba claro que tenía mucha más facilidad para lo primero que para lo segundo. Cumpliría lo prometido.

Con la tarde ya entrada en horas, los últimos rayos de sol se tamizaban oblicuos y majestuosos como una exótica niebla que suspendía millones de brillantes partículas a través de las coloridas e inmensas cristaleras góticas que rodeaban la vasta  sala, irisando las mesas vacías y los lomos de los miles de volúmenes que reposaban, como encantados por algún oculto hechizo, en anaqueles de pulida y trabajada madera o en enormes vitrinas que representaban, de per se, una obra de arte. Se respiraba una luz especial que dotaba al ambiente de una mágica serenidad. Como para quedarse a vivir -pensó-. Si la situación no fuese de crisis, se hubiese adentrado por aquellos pasadizos para acariciar los libros y olfatear con deleite el aroma a pergamino y papel viejo. Pero sobre todo, para curiosear el atlas de un inmenso y más que probable antiquísimo orbe, -le enamoraban los orbes- al fondo de uno de los pasillos. Y en eso estaba, cuando escuchó una puerta abriéndose a su espalda.

Al girarse, enfrentó a un anciano de expresión fría, con cejas mefistofélicas y mirada de halcón que la estudiaba en silencio, con parsimonia. No le gustó, notaba su energía airada. Su cólera. Pero no bajó la vista, algo la avisaba de que debía mantenerle la mirada a toda costa.

-Está claro que si eres amiga, o lo que sea… de mi mayor dolor de cabeza… -dijo en mitad de un suspiro de resignación- ibas a ser maleducada y descarada. Dime tu nombre y como has entrado aquí, ahora mismo. Te has metido en un lío del demonio, que es quien os inspira a ti y a tu amigo, sin duda. Su voz era suave y apagada, pero en su timbre y en su tono se percibía el poder de quien lo ostenta de forma omnipotente desde hace mucho.

-Hipatia Domínguez y Novoa, vivo en la calle Soto del Bancal y quiero irme de aquí- dijo con una seguridad, que a quien sorprendió más, fue a ella misma-

-¡Válgame Dios! Si hasta el nombre es pernicioso. Primero vas a decirme por donde has entrado o te vas a quedar aquí, hasta que yo lo diga.

-En tanto la filípica y las amenazas de todo tipo  de calamidades caían incesantes, ella, extravió su mirada en un horizonte inexistente y guardó silencio. Esta vez, la voz, era casi un silbido sordo y según pasaban los minutos, cada vez contenido con más dificultad. Pero se mantuvo firme en la promesa que le había hecho a su amigo. Bastante lo había comprometido ya.

Transcurrido un tiempo difícil de calcular, alguien llamó con los nudillos en los cristales del gabinete y la sacó de su ensimismamiento. Al dirigir la vista hacia el sonido, vislumbró a otro de los abades acompañando a su hermano Andrés, que lucía sus mejores galas, además de un semblante serio y circunspecto. Su madre, con esa sabiduría que dan los años y las dificultades, había considerado más oportuno que una cuestión de esa índole la tratase un varón, por la comodidad que representaría para su interlocutor y porque nunca deben de quemarse todas las naves en un primer contacto. Por otra parte, su hijo, siempre se había mostrado como un negociador sensato y atemperado, pero duro de roer. En realidad, su trabajo era ese. Negociar. Ambos estuvieron de acuerdo en que debía vestirse para la ocasión, para parecer lo más mayor posible, y, porque el clero acostumbra a ser respetuoso con las ‘formas’. Por último, su carta en la manga fue rogar al Señor Ovidio, el obrero de la fundición que trajo la nueva, el favor de que los esperase fuera un tiempo prudencial, en previsión de inesperadas eventualidades, a lo que el hombre accedió gustoso, con esas ganas de ayudar que suelen tener los más humildes la mayor parte de las veces.

-No se preocupe vd. Doña Carmen, que no me vendré sin ellos -declaró resuelto-

Y aunque no hizo falta su intervención, era noche cerrada cuando los hermanos abandonaban el lugar. Las campanadas del carillón repicaban alegres en el exterior y retumbaban lúgubres en el interior del viejo edificio, confundiéndose con el cántico grave y pesado de los monjes, que resonaba a lo lejos recitando las ‘Completas’. Junto a un abad guía con gesto de estatua, recorrieron con cierto sobrecogimiento aquel laberinto fantasmagórico de corredores, galerías y pasillos mal iluminados, en los que se traslucía una siniestra pátina de misteriosa malignidad que daba escalofríos y que proyectaba sus sombras en los muros pétreos de aquel viejo coloso. La añeja madera del suelo artesonado, a pesar del sigilo que ponían al caminar en medio de aquella semi-tiniebla y de un silencio que se adivinaba impostado, lleno de hoscas miradas, gruñía indiscreta delatándoles a cada paso. Pati y Andrés, se ahogaban en aquella atmósfera pesada y sofocante, que solo cesó y les permitió respirar con libertad, a pleno pulmón… una vez que su acompañante cerró tras ellos el gran portón y se vieron al aire libre. Bajo las estrellas.

Afuera, esperaban el trabajador de la fundición que había dado la voz de alarma, cuando dedujo quien era la ‘detenida’ por el domicilio que le proporcionaron las atropelladas explicaciones de los chavales del muro. La Calle Soto del Bancal, era en realidad un corto pasaje sin salida, -más bien paraje- donde solo existía una casa solariega de las más antiguas. Pero él, solo conocía a Pati de vista, de verla jugar con Saúl, su vecino y ocasional ‘protegido’. Así que, en realidad, fue Saúl, acompañado por él, quien dio la noticia en casa de Pati. Y por supuesto, el propio Saúl en unión de Chema y Chini, previa obtención in extremis del permiso paterno correspondiente, para saberlo todo de primera mano.

-Señor Ovidio, ¿qué va a pasarle a Pati? -inquirió Chini minutos antes de que saliesen, en el colmo de la impaciencia.-Todos le rodeaban expectantes, como si fuese un oráculo-

-A ella nada, chaval. No más allá de la bronca que ya le habrá caído y le caerá… ¡los tiene bien puestos la muchacha!, los del orfanato me han dicho que le ha abierto la ceja a uno que hace dos como ella. Pero yo de vosotros, me preocuparía más por su amigo. Ese, no tiene quien le defienda ni se preocupe de lo que le pueda pasar. El pobre.

Eso los hizo reflexionar. Hasta entonces, Ángel, había sido para ellos el ‘extraño amigo de Pati’, que a pesar de estar interno en el orfanato aparecía y desaparecía de forma misteriosa sin dar demasiadas explicaciones. Solo Pati sabía cuando y como se podía contar con él, pero a partir de ese momento, como a casi todas las víctimas y personas de corazón valiente, se le percibió de otro modo. Ahí comenzó a formarse la ‘leyenda del indomable’, fue la inflexión episódica, que hizo que se le aceptase en el grupo de cabecillas con todos los honores, pasando a ser uno más, cuando no, el caudillo de innumerables lides de aquella singular y peculiar ‘corte de los milagros’.

Una vez en casa, y después del consiguiente y agrio rapapolvos que su hermano le administró por el camino, su madre, mirándola de forma severa, como solo ella sabía hacerlo… apostilló un : por hoy ya has molestado bastante a todo el mundo, así que’vete a la cama y mañana, ya hablaremos con calma tú y yo’, que no presagiaba nada bueno. Ahora estoy demasiado cansada y enojada para hablar de nada contigo.

Por supuesto, la historia del incidente para Ángel fue distinta. Pero esa, es otra historia.

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