Crónicas de ninguna parte, relato

Postrera dádiva (Isla XI)

“Al final de este día queda lo que quedó de ayer y quedará de mañana: el ansia insaciable e innúmera de ser siempre el mismo y el otro.”

Fernando Pessoa

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A veces, Ángel exhumaba recuerdos que no creía poseer. No se recreaba en ello, pero en esa ocasión estaba haciendo una excepción. Fue quizás la misma niebla húmeda y pegajosa que suspendió su vuelo aquel día o el sonido monótono y delicado de la lluvia en los cristales del café, lo que desató aquel inesperado flash-back de la larga conversación que mantuvieron en aquella cita. De pronto, el tono bajo y cálido de su voz  le llegaba de nuevo en oleadas, inundándolo una vez más de aquella vaga y cierta sensación de paz.

Ya le costaba evocar sus rasgos… pero ese día la veía con claridad… Recordó haber pensado, que había envejecido bien. El mismo cuello largo siempre erguido y aquella peculiar forma de ladear la cabeza para escuchar. Sus pasos rápidos y seguros y la misma figura menuda de talle ágil un tanto huesuda. Estaba aún más delgada… si cabe. Y aquella mirada camaleónica, densa y oscura, que sabía utilizar como nadie para mantener a su interlocutor a la distancia deseada, quizás lo que más la definía… Solo unas ligeras ojeras, que por desconocimiento de su enfermedad, achacó al cansancio evidente de aquellos días y unas dispersas hebras blancas que comenzaban a ser abundantes en sus sienes de un rubio apagado, daban cuenta del paso de los años en ella.

En aquellos momentos, por unos  instantes le pareció que la mañana se deslizaría en preámbulos, a la expectativa de que el otro desplegase sus velas para comprobar de donde soplaba el viento. La conversación, que a un tercero hubiese podido parecerle suelta y animada, en realidad,  denotaba cierto temor a quedarse en tierra o a navegar con el rumbo errado. Pero a medida que pasaron las horas, rápidas y espesas a un tiempo, todo lo que había acariciado el olvido, se filtró de nuevo en aquella tensión acumulada de ausencias faltas de noticias, que poco a poco se fueron desvelando. Y por una vez, fueron capaces de traducir a palabras sus gestos y miradas… pintando un singular lienzo en el que nada fue censurado o excluido de aquel encuentro inesperado, por cortesía póstuma de Andrés. Su última oportunidad de explicarse el uno al otro. Como una postrera dádiva.

Reconocieron riendo, haber fantaseado con ese encuentro, que como es natural, no se correspondió en absoluto con nada de lo imaginado en ambas orillas. Ni en el pretexto que lo provocó ni por las secuencias siguientes. Allí contó, más que nada, el factor vida y una tangible capacidad que siempre habían tenido de sorprenderse el uno al otro.

-Así entonces, los Quiroga, fueron una especie de administradores de los caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén, una vez desaparecidos los Templarios.

-Sí, algo así a grandes rasgos. Pero las órdenes militares, tuvieron muchas Encomiendas en toda Europa por esa época. Una rama perdida de la familia de mi madre fue una de ellas aquí, en ‘illo tempore’. Y mi abuela, tan religiosa ella, conservó toda la documentación de los títulos y cierta tradición al respecto. Cosas de antes, ya sabes…

-¿Y tú, no guardas nada de todo eso?

-Eeehh sí claro, creo que más de un legajo ronda aún por la casa del pueblo. Uno no se desprende de esas cosas. Y así me enteré en su día.

-¿Y el párroco?

-Bueno, supongo que la Iglesia llevará sus registros de forma mucho más concienzuda, sobre todo si implican propiedades o algún tipo de beneficio económico… e imagino que así sería. El padre Antonio, que siempre ha sido un tanto heterodoxo, lo que tiene, es mucho tiempo libre para investigar y no aburrirse demasiado. Y esa iglesia, antes fue monasterio. No sé si has visto la sacristía… fijo, que tiene él más información que yo al respecto.

-Sobre todo más interés – observó ella-

-¡Eso, seguro! Dicen, que de la sacristía parte un tunel que pasa por debajo del agua hasta el otro lado de la montaña.

-Se dicen tantas cosas… pero sí, alguna vez lo escuché de mi madre.

Por algún desconocido mecanismo de relación, o porque el también se escapaba de su cárcel de infancia a través de un túnel, le vino entonces a la memoria el día que se conocieron… y se vio a si mismo en un final de primavera caluroso colgado del muro del orfanato, atento a como una niña de largas trenzas ceniza, sin ser consciente de su observación, regresaba del colegio tomando un helado. Y los quiso. A ella y a su helado.

-Eh tú, niña, dame tu helado! -profirió cuando la tuvo a su altura-

-¿Porqué habría de dártelo? ¿quién eres tú?

-Me llamo Ángel y tengo hambre, por eso debes dármelo. -mintió con aplomo-

Ella entrecerró los ojos, valorándolo, y en aquel mismo momento, supo que no sería la última vez que se verían…

-¿Qué, me lo vas a dar o no?

-Sí, espera… -mientras extraía de su cartera la bolsa de la merienda y su cuerda de saltar a la comba-

-Coge primero la cuerda- dijo lanzándosela-  y yo colgaré la bolsa para que la puedas estirar.

-No soy tonto, ya me lo he imaginado.

-Esa, fue la primera vez que vio el relámpago previo a la tormenta, en su mirada.

-¡No te pases, o me voy!

-Vale, perdona.

El helado, llegó desmontado y lleno de migas dentro de la bolsa, pero aún así, el sabor dulce de la vainilla fría en su paladar le pareció un placer de dioses. Ella le miraba curiosa.

-¿Cómo has dicho que te llamabas? ¿Ángel?

-Sí. ¿Y tú?

-Pati.

-Gracias, Pati.

Fue la primera vez que se sonrieron el uno al otro.

-¿Volverás mañana?

-Paso por aquí todos los días, mientras haya cole…

-No te he visto nunca…

-Ella se encogió de hombros, mientras decía: bueno,  me voy. Mañana traeré algo más.

Y esa fue la primera vez de otras muchas en la que hubiese querido decirle:

-No, espera, no te vayas aún… pero fue también la primera que no lo hizo.

Entre recuerdo y recuerdo, la noche se había apropiado de todo sin apenas darse cuenta, y desde la ventana de la cafetería apenas se distinguía ya el exterior. En el coche, con el horizonte y el ánimo más ligeros para proseguir su viaje, los recuerdos no se interrumpieron. Y la megafonía del aeropuerto, comunicando la suspensión de todos los vuelos aquel día a causa de la niebla, volvió a resonar en sus oídos como agua de Mayo.

-¿Qué vas a hacer?

-Pues buscar un hotel… ¿qué sino? ¿Y tú?

-Tú diras…

Ella sonrió y dijo segura -Quédate… –

Para cuando la niebla decidió retirarse, tres días más tarde, estaban a bastantes kilómetros de su punto de partida, tejiendo el principio y el final del último capítulo de una historia siempre latente en sus vidas, que fue prólogo y epílogo a un tiempo. Porque nadie guarda la misma sensación de lo vivido, sobre todo en el recuerdo…

Pero esa, también es otra historia.

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3 thoughts on “Postrera dádiva (Isla XI)

  1. *entangled* dice:

    De momento, “Isla” es una sucesión de biografías, bien escritas en el lenguaje barroco que te caracteriza. Pero como diría José Luis Garci, el guión no avanza. Se inicia con lo que parece una reunión nostálgica de amigos de la infancia, pero la acción, la historia en sí, no ha despegado aun. Y lleva un año en marcha.

    No tengo prisa, pero estoy algo desconcertado. A no ser que se trate de relatos independientes y en mi despiste los tome por capítulos.

    Best wishes.

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  2. Crónicas de ninguna parte o ‘Isla’, son más bien, breves relatos costumbristas de una época y lugar concreto, que la autora conoce bien. Fantasía en su mayor parte. Y como bien dices, aunque haya un hilo temporal y argumental, van en formato de relato independiente. En un ‘libro’ no creo que pasase de las 50 páginas. Es también un experimento, de a ver hasta donde me llevan los personajes por si mismos.
    Me alegra que no tengas prisa y la paciencia de seguirlos leyendo. Gracias!
    Mis mejores deseos también para ti 😉

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