Crónicas de ninguna parte, literatura

El encuentro (Isla X)

Una historia no tiene principio ni fin, solo puertas de entrada.

C. Ruiz Zafón 

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El pintoresco cementerio de la aldea se extendía alrededor de la antigua fortaleza que los siglos y el cristianismo invasor habían reconvertido, primero en monasterio y más tarde en Templo católico. Avanzó despacio entre las tumbas hasta detenerse en el breve muro del norte, desde donde se divisaba todo el valle. Un degradé de espesos bosques e innumerables huertos, pero sobre todo viñedos que se perdían en la noche de los tiempos y en un horizonte que comenzaba a clarear en medio de las espesas brumas que se levantaban desde el inmenso lago que bordeaban.

No podía irse sin hacer esa última visita. Esta vez sola. El párroco, que no tardaría en aparecer, se había ofrecido para ayudarla a esparcir parte de las cenizas y depositar el resto en el minúsculo panteón familiar, tal como había querido Andrés. Allí reposaban todos, su hermana, sus abuelos, su madre, su sobrino, su cuñada… y ahora  su hermano. Una estirpe, la materna, que se extinguiría con ella a no tardar. Y mientras su gesto se abría en una negra sonrisa, pensó que lo de guardar secretos, debía ser cosa de familia… porque tampoco ella, con el mismo anhelo que había tenido él de no disgustarla, había sido capaz de sincerarse.

Su padre y esa hermana recién descubierta, le vinieron entonces a la mente. Extrajo la carta del bolso para buscar la foto y escrudiñar algún parecido, por remoto que fuese, en los rasgos de mulata de aquella niña que sonreía a un desconocido fotógrafo, probablemente su madre. Quizás el gesto… o una singular forma de colocar la cabeza para mirar… Sin duda, había un aire de familia. Fuese como fuese, se prometió a sí misma que si tenía el tiempo suficiente, no abandonaría este mundo sin encontrarla.

Hipatia Domínguez y Novoa, se parecía a su madre en muchas cosas… incluso más de lo que le gustaría… sobre todo en ese afán de controlar su vida y su entorno hasta lo exhaustivo. Una forma de actuar que había respirado desde niña, adoptándola e integrándola en su naturaleza casi sin darse cuenta. Y aunque con el paso de los años, supiese con certeza que la misma paz que le daba ese modo de proceder era proporcional a la soledad que sentía en muchas ocasiones, no sabría como evitarla sin forzarse en exceso.Por más buena que fuese improvisando, que lo era, cuanto más azarosa se mostraba la vida, parecía necesitar más que nunca de cierta anticipación para afrontar los acontecimientos. Y el albur de esa carta inesperada requería de un plan. O mejor, de toda una estrategia.

Unos pasos a su espalda, que supuso del padre rector, la hicieron volverse para comenzar el último cometido de ese viaje.

-Ángel… -dijo en un susurro- y el tiempo se suspendió por un lapso indefinido y largamente intuido por ambos.

En tiempo real, él, extendió la mano al cabo de unos segundos y la atrajo hacia sí mientras rozaba con sus labios la coronilla de su pelo, murmurando un profundo y auténtico ‘lo siento’.

-Chini dijo que estarías aquí… Me enteré ayer noche, en el café de González.

Por un momento, mientras escuchaba su voz entre sus brazos, le pareció que el frío y la humedad del paraje se disolvían a la misma velocidad que se evaporaban en el tímido sol de aquella hora temprana las nieblas que ascendían del agua.

-¿Qué pasó?

-Estaba mal, pero siempre me lo negaba… ya sabes como era.

-Sí. El mejor de todos nosotros.

Y entonces, sin moverse del útero de aquel abrazo esperado, Pati, se quebró en un llanto incontenible y silencioso que quemó sus mejillas y humedecía el abrigo y los ojos de su amigo.

Los buenos oficios del  cura, que acometió el acto con la delicadeza y la rapidez de un buen profesional y una fría brisa que favoreció sus propósitos, hizo que salieran de allí en poco más de media hora. Para asombro de Pati, el viejo párroco, resultó ser un antiguo conocido de Ángel. Por lo visto, en su día, había sido confesor externo en el orfanato.

Una vez finalizada la breve ceremonia y en cuanto le situó en su memoria, el Padre Antonio se manifestó con claridad y cierta sorpresa.

-¡Hombre! Ángel Pardo de Quiroga -dijo con una amplia sonrisa en su cara- aunque motivos no te falten para pasarte por este lugar, nunca creí que volvería a verte por estos pagos.

-Pensaba que ya me habría olvidado, padre. Poco, pero vengo de vez en cuando. Mi abuela, no se va a ir a ninguna parte -señaló avanzando la barbilla y la mirada, hacia el panteón más importante del pequeño camposanto- Pero hoy, he venido de acompañante a despedir a un buen amigo.

-Es difícil olvidar a alguien como tú, hijo. Pero como sea o por lo que sea, el último descendiente en estas tierras de la ‘Encomienda de los Quiroga’ es siempre bienvenido aquí. ¿Qué es de tu vida?

-De aquí para allá… como siempre, padre. Ya me conoce.

Sí, claro… ¡ en fin! me alegró veros, aunque fuese por un triste motivo. Si me necesitáis- se despidió- ya sabéis donde estoy. Y Si vuelves, y aún estoy- apostilló mirándolo fijamente- házmelo saber.

La mañana mediaba bajo un sol incierto, cuando salieron de allí con la sensación de haber retrocedido un montón de décadas.

-Eres un pozo de sorpresas… apuntó ella.

-Mira quien fue a hablar. ‘Doña secretos’ -sonrió Ángel- ¿has desayunado?

-Un café antes de salir. Vamos si quieres.

-¿Cuándo te vas y qué más tienes que hacer?

-Nada. Me voy esta tarde en el último vuelo.

-Entonces, -le tomó las manos- esta mañana nos la debemos. Te propongo una cosa. A mí, me han traído hasta aquí, así que podemos ir en tu coche en dirección al aeropuerto, desayunar por ahí… e incluso comer juntos. No nos va a faltar ni conversación ni  ganas de estar juntos. ¿Qué te parece?

-Un buen plan. Pero a cambio de que por el camino me expliques, qué cosa es una… ¿encomienda? y quiénes eran los Quiroga, para que el clero se les muestre tan propicio. Y has nombrado solo a tu abuela…

-Ya… mis padres vivían en Madrid cuando pasó todo… nunca les encontraron. Así que  vete a saber en que cuneta estarán. En cuanto a lo otro, es una tontería del padre Antonio, que es un romántico. Y está explicado en cinco minutos. Vamos.

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4 thoughts on “El encuentro (Isla X)

  1. Wendy, debes abrirte un perfil en Gravatar que encontrarás pinchando en tu actual avatar de esta entrada, y así podrán encontrarte otros lectores de este blog 😉
    Y espero que esa carita triste, sea por la nostalgia que dices te inspiró la entrada.
    Gracias por venir!

    Le gusta a 1 persona

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