Crónicas de ninguna parte, literatura

El hombre de la casa (Isla VII)

Algunos se alimentan de los perfumes de las flores, de raíces y de frutos del bosque. Otros, a través de la mirada. Otros se alimentan del calor. Y otros se iluminan a fuerza de pensar.

Plinio el Viejo

____________________________

Aunque criados por la misma madre, Andrés e Hipatia, eran hermanos solo por parte de padre. El muchacho, no recordaba a la suya, que había muerto de tisis con solo 25 años, dejando a su padre sumido en un profundo estupor e incapaz de reaccionar para la crianza de un niño de tan corta edad. Asunto, el de la crianza, del que acabó haciéndose cargo Carmen, la hermana de la difunta, con la que terminaría casándose cuando la dejó embarazada de Pati.

Andrés padre, además de buen mozo y buena persona, era un maestro republicano de origen campesino de sólidas convicciones izquierdistas, al que la familia de ‘sus’  mujeres, católica hasta la médula, monárquica y de derechas en su peor versión, odiaban profundamente. Así que, primero, le culparon de la muerte de la madre de Andrés, y más tarde, de la ‘perdición’ de Carmen, a la que rechazaron y expulsaron de casa en cuanto supieron de su embarazo.

Aún así, cuando la situación se hizo políticamente insostenible para él, y estaban a punto de detenerle para afrontar un destino inquietante, que ni en el mejor de los casos hubiese acabado bien… ella supo convencerles para que le escondiesen mientras preparaban la huida, bajo amenaza de que si no lo hacían, no volverían a ver a los niños jamás. Lo que le costó la promesa, más tarde incumplida, de llevar a sus hijos a un colegio religioso para educarles en la fe cristiana.

Carmen, después de enterrar a una hermana a la que adoraba, pasar las penurias de una guerra y enfrentarse a sus padres, casi desde que recordaba, era una mujer dura y resolutiva como un ejecutivo de Apple. Por eso, una vez embarcado y fuera de peligro el padre de sus hijos, tuvo claras varias cosas. La primera, es que debía encontrar un medio de subsistir que le permitiese ser independiente de su familia, si quería seguir siendo ella misma. La segunda, consistía en reducir gastos al mínimo posible. Para ello, abandonó su confortable piso en el centro, y tiró de agenda, poniéndose en contacto con la que había sido su mejor amiga durante toda su niñez y adolescencia. Y esta, no era otra, que la superiora de uno de los colegios religiosos y de más postín de la ciudad. Fue así como consiguió su  trabajo de profesora de ‘Costura y Labores del Hogar’. También a través de ella, obtuvo el desvencijado caserón en el que vivían por un alquiler simbólico. Marisa, o la Madre Angélica, como se la conocía desde que profesó los hábitos, era la única heredera de una conocida familia de la nobleza rural y la propietaria de esa casa cerrada y olvidada desde hacía un montón de años. Esa ayuda, a una roja de dudosas costumbres, le costó una buena reprimenda del Obispo en funciones, pero ella, supo mantener su apoyo a pesar de todo. Nada, como los generosos donativos para doblegar voluntades eclesiales.

Andrés, que siempre fue un niño dócil, que no débil… después de tantas vicisitudes, que ya tenía no solo edad de recordar sino también valorar, era asimismo, o quizás por ello, mucho más maduro de lo que le correspondía por edad. Así que, acudió un par de años más al colegio, hasta que con 16, en contra de la opinión de su madre que deseaba que continuase estudiando, hizo unas oposiciones a la banca, donde poco a poco fue escalando puestos, hasta llegar a ser director de sucursal. Ese punto,que lo convertía en ‘el hombre de la casa’ fue un alivio considerable para la economía familiar y permitió a Carmen, reducir a la mitad su taller de modistería y arreglos, que la mantenía despierta muchos días hasta bien entrada la madrugada.

Andrés, era además en cierta medida, a través de Pati, un poco el hermano protector de todos…  mantener un trato estrecho y cercano con ellos, para él, representaba una forma de seguir manteniendo contacto con la niñez y la adolescencia irresponsable que el destino le había negado. Y para ellos, fue siempre un espejo de sensatez y bonhomía. Nada les gustaba más que, que se uniese a sus conciliábulos, y escucharle reír con sus ocurrencias y trastadas.

Alto y delgado como un junco, era ágil y de movimientos siempre elegantes. Mientras una sonrisa  bondadosa, que no tenía que forzar, alumbraba a menudo en su expresión, un pelo ceniciento, enmarcaba los ojos grises más tristes del mundo. Se casaría algo mayor, tras un larguísimo noviazgo, cuando consideró que su ayuda ya no era esencial para su familia de origen. Tuvo un solo hijo que no sobrevivió a su primer año de vida y perdió a su mujer mucho antes de lo esperado. Pero nunca se derrumbó. Acostumbraba a decir, con una triste sonrisa, que hay personas que nacen para yunque y otras para martillo… y que a él le había tocado ser de los primeros… pero porque se acostumbrase o por naturaleza, también supo ser una persona feliz ayudando a los que quería.

Porque al final, la vida, es lo que uno decide hacer con lo que le sucede.

Y más…

Anuncios
Estándar

2 thoughts on “El hombre de la casa (Isla VII)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s