Crónicas de ninguna parte, literatura

Saúl (Isla IV)

¿Qué singulares criaturas somos para que empecemos jugando, es decir, para aceptar que nuestros primeros deseos se centren en un lugar carente de esperanza?

R.M. Rilke

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A Saúl como a Ángel, aunque de forma muy distinta, no le quedó más remedio que ir un paso por delante de los demás. Al contrario que el huérfano, un tarzán explosivo, Saúl era engañosamente tímido, menudo y flaco, pero duro y resistente como una jácena. Padecía de una imperceptible cojera, fruto de la paliza propinada por tres matones fascistas el día que se interpuso entre ellos y su madre, una judía asquenazí, cuyo único objetivo en esta vida era pasar desapercibida. Un episodio, que llegó a oídos de sus amigos a través de Chini, siempre bien informado. Sus padres, regentaban el ultramarinos que además de avituallar de todo tipo de provisiones a los habitantes del barrio, funcionaba también, para bien o para mal…, como ‘agencia de sucedidos’ de la zona. Y algo de ese calibre, jamás pasaría desapercibido allí.

Por suerte para él, dos obreros de la fundición vecinos de la familia, llegaron de improviso en el fragor de la batalla y ante la diferencia numérica y de edad, tuvieron claro de inmediato a quien debían socorrer. Un relato del que él siempre evitaba hablar y que le producía una incomodidad evidente, pero que volvía recurrentemente entre las anécdotas del lugar. Y que denotaba por parte de aquellos que le ayudaron, dos veteranos de los peores frentes acostumbrados a todo, una mezcla de ternura, respeto y simpatía que se hacía patente cada vez que le veían.

Ellos intentaban sonsacarle a menudo, ya que aunque el hecho y sus consecuencias estaban fuera de toda duda, no sucedía lo mismo con el morbo de los motivos. Pero su respuesta, siempre era la misma:

-‘Me caí, y basta!’. Una contestación que siempre llegaba seca y después de haberle buscado los ojos al curioso de turno. Cualquier cosa, antes que mentar su madre.

Podría parecer que la valentía indudable que evidenciaba el episodio fuese su mejor arma; sin embargo, su cualidad más sobresaliente, aparte de su terquedad muladar, era su inteligencia preclara y una fina pero temible ironía verbal, que sabía utilizar y administrar en dosis precisas y exactas como nadie. A tal punto, que muchas veces, dudabas entre darle las gracias o ciscarte en sus ancestros.

Su madre, impartía clases de música en el mismo colegio para señoritas que las daba de costura, la madre de Pati. Y su padre, mucho mayor que su madre,  antes de terminar en aquel oscuro garito de no más de 10 metros en la planta baja de la casa de campo donde vivían, arreglando toda clase de artefactos, había sido relojero de profesión en Triberg, al sur de Alemania rozando el cantón Suizo. Sin importar que artilugio le llevasen, desde un reloj a una bicicleta, una cafetera o una máquina de coser, cualquier objeto que tuviese remedio, por poco que fuese, tenía cabida en el taller del Sr. Steiner. O del judío, como se le conocía en todo el barrio.

Las familias de otras religiones, entre otros, tenían el problema añadido de donde escolarizar a sus hijos sin que ello significase la obligatoriedad de asistir por norma a todo tipo de oficios católicos en el caso de los colegios religiosos, o en el caso de los colegios nacionales, de pertenecer a dudosas asociaciones con reglamentos que rozaban el filo-fascismo. Lo que por lo general, acababa en la dificultad añadida para esos vástagos, de cursar por libre sus estudios en alguna oscura academia. Saúl, fue uno de esos niños y adolescentes, con la diferencia en su caso de ser un alumno mucho más que brillante. Capaz de preparar varios cursos de forma simultánea, ayudar a su padre en el taller, jugar con ellos todos los días y el primero de todos en acceder  a la Universidad, becado por la Facultad de Ciencias en el Campus de Jussieu, perteneciente a la antigua Sorbona. Así que, para cuando ella llegó a París para continuar sus estudios de Literatura e Historia, él ya daba clases de Física como profesor ayudante en la Facultad de Ciencias Químicas. Y por supuesto, era un experto en el farragoso entramado de las convalidaciones y traslado de expedientes, lo que para aquella pueblerina con su maleta rebosante a partes iguales tanto de incertidumbres como de ilusiones, representó una ayuda inestimable.

Se dieron el primer abrazo en la Gare de Montparnasse, la de los españoles del Norte que viajaban vía Barcelona.

-Estás distinto, tus ojos brillan de forma diferente. Y has crecido…

Él rió y repuso:

Pues tú, estás exactamente igual que la última vez que nos vimos, renacuaja! Y me ves distinto, porque estoy feliz, Pati. Y hoy más! Es un sueño que alguno de vosotros esté aquí conmigo. Ángel, estuvo el año pasado unos días, pero es que tú vienes a quedarte y eso es como un premio inesperado. Esto te va a encantar, ya lo verás.Y cuando veas a mis padres- continuó- aún los encontrarás más cambiados que a mí.

-¿Ángel ha venido a verte? No tenía ni idea.

-Eehh sí, luego te cuento. Ya tengo tus papeles de la facultad, solo faltan un par de gestiones que tendrás que hacer tú en persona.

Los Steiner, a los que no parecía faltar nada pero tampoco sobrarles, vivían en un pequeño apartamento de la rue du Dragón, un breve pasaje entre la rue de Sevres y el boulevard Saint Germain muy cerca de la Abadía. La recibieron alegremente, con todos los honores, Saúl tenía razón, no parecían los mismos… quizás porque por primera vez en muchos años, volvían a vivir sin miedo.

La madre, originaria de Strasbourg, por lo que además del alemán dominaba el francés a la perfección, se encontraba allí  como pez en el agua. En cuanto al Sr. Steiner,  para quien la guerra, ahora sí… al fin había terminado, parecía haber rejuvenecido una década. Subsistían gracias a las clases de Saúl en la Universidad y a los ahorros de todos aquellos años de austeridad  más que absoluta en España. La verdad es que en cuanto su hijo los puso en la disyuntiva de seguirle, ambos tuvieron claro que cualquier cosa en París, sería mejor que permanecer en aquel agujero sin él. Solo necesitaban un buen motivo, y nunca lo iban a tener mejor.

Pati, permaneció con ellos hasta que unos días más tarde se trasladaba a una habitación en el Boulevard Saint Michel. La Sra. Steiner, la había estado ayudando a buscar durante las dos últimas semanas sin demasiado éxito, y cuando parecía que llegaría otro Lunes sin resultado alguno, el sábado por la mañana, esta vez en compañía de Saúl, se produjo el milagro.

Fue un flechazo por partida doble. Pati quedó seducida por Madame Flore, que le ofrecía una habitación de dimensiones medianas, pero iluminada por una mágica luz de claraboya y con unas envidiables vistas al río, lo que sumado al amplio ventanal de inmenso alféizar interior, la hechizaron al instante. Y a la anciana propietaria, aquella pueblerina de mirada oscura y profunda, que le recordaba a ella misma hacía un montón de años, le tocó el corazón de inmediato. Todo lo demás fueron pormenores.

En ese primer curso, el tiempo pareció pasar sosegado y plácido de la mano de su amigo, pero también rápido y lleno de acontecimientos.

Pero esa, es otra historia.

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