Crónicas de ninguna parte, literatura

Ángel (Isla III)

Ayer, estaba solo en la calle y se desgarraba un velo. Ni pasado ya, ni presente, un tiempo inmóvil. Todo había recobrado su luz auténtica”

Patrick Modiano (La hierba de las noches) 

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Ángel, siempre había aparecido en sus vidas de forma intempestiva e intermitente, así que en aquella reunión ninguno de ellos lo dio por perdido. Daban por sentado, que en cualquier momento, cuando menos lo esperasen, se manifestaría de algún modo. Era lo suyo. Por eso, cuando en mitad de la velada, González, el dueño del café, se acercó a saludarles, no les extrañó la respuesta a su pregunta. Su amigo, rehabilitado o no, algo que él desconocía…  seguía con su vida de trotamundos. Y aunque iba y venía de forma cada vez más espaciada, seguía manteniendo su cuartel general muy cerca de allí, en la única propiedad que había conservado de la prolija herencia de su abuela materna. Una antigua casa señorial, que todos conocían bien. Los cuatro, estuvieron de acuerdo en que era muy típico de él ese comportamiento errático de apariciones y desapariciones. Pero Pati, se limitó a asentir y guardó silencio, mientras pensaba que todo lo suyo, sobre todo él mismo, resultaba especial e imprevisible, y que siempre acostumbraba a haber fundadas razones para sus ausencias.

La charla, se prolongó durante horas en las que repasaron muchos episodios vividos en comandita, de los que él era, alma y artífice sine qua non. Aún ahora, les maravillaba la rebeldía recalcitrante, mezcla de arrojo e inconsciencia, de aquel muchacho que sabía como reclutarles mediante algún desconocido hechizo para sus aventuras más temerarias. Como el día en el que les convenció para colarse en la inmensa biblioteca de una mansión, aparentemente abandonada, y en donde se hizo evidente, dado el conocimiento exhaustivo que tenía de la misma, que no era la primera vez que se movía en ella. Repartió libros entre todos y les animó a hacer una lista de lo que les gustaría leer, previo compromiso de devolverlos a su lugar a cambio de sus meriendas y desayunos, que evidentemente, aunque nunca lo dijese, debía repartir entre sus compañeros de infortunio. Años más tarde, sabrían que esa, era una de las posesiones de su desaparecida familia, por la que tuvo que pleitear, para luego deshacerse de ella.

Se habló del misterio de como lograba entrar y salir a voluntad del orfanato. Sólo Pati conocía su secreto y nunca, ni siquiera ahora, rompería su promesa de no revelarlo. Sonreía, pensando en la única vez  que por azar le sorprendió escapándose, y aún temblaba al recordar la adrenalina de la ocasión excepcional en que le acompañó intramuros. Le resultaba imposible memorizar el tiempo que permaneció allí. Si alguna vez hubo para ella un ‘tiempo inmóvil’ fue ese, en el que tuvo la estremecedora sensación de haber cruzado un umbral hacia una extraña y ajena realidad. Una especie de destierro de errabundas almas olvidadas, que le hizo desear abandonar de inmediato la experiencia en la que tanto le había insistido y solo al salir de nuevo a la intemperie, ‘todo recobró su auténtica luz’.

Asimismo, de como consiguió abandonar el orfanato antes de la mayoría de edad. Un hecho que acabó por facilitar la propia institución harta de su carácter inquieto e ingobernable. Ni castigos físicos, ni aislamientos prolongados, de los que abundaron en su estancia, consiguieron domarle ni un ápice. Más bien al contrario, parecía salir reforzado y aún más en sus trece de todos ellos. Tanta conflictividad, que él sabía muy bien como contagiar al resto de internos para montar un motín o una huelga de lo que se terciase, les decidió a emanciparle antes de tiempo; para lo que fue preciso ‘ayudarle’ a recuperar su patrimonio, mal administrado de forma maliciosa por unos tíos lejanos. Un acervo, del que solo conservó un par de propiedades bien situadas que alquiló, esa casa en el pueblo y un extraño e inmenso cuadro de aquella biblioteca, vendiendo todo lo demás. Una renta discreta, pero suficiente para comenzar su vida en libertad, que consistió en un viaje tras otro, como correspondía a alguien de un temperamento sumamente inquieto y aventurero, que había permanecido demasiado tiempo enjaulado.

Y también, -pensó ella- porque de todos ellos, era el único  que siempre supo desprenderse de lo superfluo y quedarse con la auténtica esencia de las cosas para seguir fluctuando sin plantearse porvenir al uso alguno, en la corriente de sus días y sus deseos donde quiera que estos le llevasen. De ahí, su grave y temprano coqueteo con las drogas del que, aunque callase, supo antes que nadie porque estuvo a punto de arrastrarla también a ella, mucho más débil de carácter. Ángel, era una fuerza de la naturaleza que huía  del término medio como alma que lleva el diablo. O el diablo mismo. Y como tal, podía ser extraordinariamente benéfico o aterradoramente peligroso. Esa, entre otras, había sido la causa principal de su prematura ruptura y una razón más para escapar de aquel reducido cosmos de absurdas rutinas, estúpidos prejuicios y nimias maldades. O no tan nimias…

Un mundo pequeño y mezquino, en donde lo único que parecía merecer la pena le resultaba inabarcable. Y Ángel, en ese momento de su vida, después de tanto tiempo encerrado, lo era sin duda alguna. Así que, una vez fallecida su madre, con su hermano dispuesto a seguir haciéndose cargo de su logística por un tiempo, y su padre desaparecido hacía años, mediaban los 60 cuando con la disculpa de la universidad, en una Europa a punto de explotar en Francia y parte del continente, el estallido del 68, la sorprendió en París. Después,  nada fue lo mismo.

Pero esa, es otra historia.

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