Crónicas de ninguna parte, literatura

Los golfillos (Isla II)

“La infancia no se recupera, se conserva.”

Ana María Matute (16/10/2012)

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La historia de esa amistad se fraguó a finales de los 50 en una calle sin asfaltar de la que tenían prohibido alejarse. Un lugar que limitaba al norte con la arteria que los unía al centro de la ciudad, no sin antes sortear un charco de dimensiones de laguna que sólo desaparecía por completo bien entrado el verano, y que durante los largos y húmedos inviernos, les obligaba a dar un buen rodeo por diferentes calles y parajes para alcanzar la civilización.

De la laguna hacia el sur, cuando el terreno no se había congelado por las bajas temperaturas, lo que sucedía a menudo, significaba que cruzar de un lado al otro sin perder los zapatos en el barro, se convertía incluso para quienes conocían a la perfección las piedras estrategicamente colocadas y las irregularidades del terreno que se ocultaba debajo, en una auténtica proeza, que ellos, con la agilidad propia de sus pocos años, podían ejecutar centenares de veces en una misma tarde. Es más, tal habilidad, les había salvado en no pocas ocasiones de la persecución e inquina de algún matón más mayor al que engañaban con sus fintas de expertos del lugar, dejándolo atrapado en el lodo.

Si la zona era irregular en lo geográfico, lo era aún más en lo social. Hasta antes de la guerra había sido un lugar de recreo en las afueras, salpicado de casonas veraniegas, alguna granja y adonde se acudía de merienda campestre. Pero tras la devastación de la contienda, con la creación y cercanía de la fundición, se fue transformando rápidamente en un aledaño urbano más, provocando que los propietarios fuesen abandonando poco a poco la mayor parte de las mismas.

Mientras eso sucedía, se dio una extraña mezcolanza no exenta de rivalidad y tensión, entre veraneantes autóctonos y nuevos ocupantes. Sobre todo, terminado el curso escolar, entre los más jóvenes. Entre los adultos, más allá de un saludo distante, la lejanía era tanta, que apenas había contacto. Pero con el buen tiempo todo se relajaba, y el enclave transmutaba en una especie de territorio salvaje que hacía las delicias de cualquier chaval, sin importar procedencias. Y tanto unos como otros, disfrutaban de perderse por asilvestrados y olvidados jardines, tupidos bosques cercanos, breves pero deliciosas praderas de hierba alta, en las que era fácil esconderse para celebrar sus más enconadas batallas, o mansiones abandonadas, donde recalaban buscando refugio todos juntos en las imprevisibles tormentas de verano.

Pronto adivinaron también, de esa forma tácita que solo se da en la niñez, que además de no alejarse demasiado, tampoco resultaba conveniente llamar mucho la atención. Y eso era importante, porque a pesar de la aparente placidez, la vigilancia del régimen, además de férrea era patente, y cualquier movimiento o comentario, aún los sucedidos o dichos de forma fortuita, o no…  si se consideraban fuera de normas, de una manera u otra siempre llegaban a ‘destino’ y podían traer consecuencias imprevistas y casi nunca agradables. Pero a medida que iban creciendo, aprendieron a gestionar de forma conveniente sus conversaciones y fueron ampliando, inevitablemente, su radio de acción.

Pati, de Hipatia, aunque ese, fue durante mucho tiempo uno de sus secretos más celosamente guardados, a pesar de ser una época de total segregación por géneros, consiguió sumarse a la cuadrilla de carambola por la conjunción de diversos factores. El primero y principal, consistía en la falta de niñas de su edad en su entorno más próximo, del que tenía prohibido alejarse, lo que la condenaba a la soledad todas las tardes, una vez finalizadas las clases. También sumó a su favor la corta edad del trío, aún así remiso a aceptarla en los primeros tiempos, pero bien asesorada por su hermano mayor, les hizo descubrir que era poseedora, entre otros tesoros rescatados de las tripas de aquella vieja casona, de un deslucido balón de cuero de reglamento y una antigua y oxidada bicicleta, que después de ímprobos esfuerzos, consiguieron reparar entre los cuatro, pasando a ser su joya de la corona, con lo que terminaron por incluirla en el grupo sin más problemas.

Chini y Chema, vivían en la misma casa. Uno en los bajos y el otro en el único piso de la misma. Saúl, justo enfrente en lo que había sido una casa de campo, ahora ruinosa, a la que el dueño había lavado la cara para  dividirla en pequeños departamentos, ocupados en su mayor parte por trabajadores de la fundición. Rojos a los que nadie quería dar trabajo, nacionales desencantados o con la lengua muy larga, expulsados de la arcadia del nacional catolicismo imperante, que arrasaba con todo. Labradores sin tierras pobres de solemnidad y algún judío como Saúl y su familia, a los que después de la victoria aliada, ya no se molestaba tan a menudo. Un amplio abanico de personajes especialmente duros y curtidos por las dificultades, intentando salir adelante como podían.

Ella, un poco más apartada, en lo que quedaba de una antigua y destartalada mansión de recreo, en una bocacalle sin salida, que su madre había conseguido alquilar de forma casi milagrosa, teniendo en cuenta el color de sus pensamientos y los de su marido, fugitivo político en Argentina. Por no hablar de su exigua economía en esos momentos.

Y Ángel, el gran ausente… pero presente en el ánimo de todos y en quien se refugió mayormente la charla, quizás para evitar cierto protagonismo que ninguno de ellos deseaba, y que se uniría unos años más tarde al grupo a través de ella, que en su camino colegial cotidiano hacia el centro de la ciudad, atravesaba cuatro veces al día entre el orfanato y la fundición. Toda una lección de sociología avanzada para los tiempos.

Y mientras echaban la vista atrás, sentados alrededor de una mesa en aquella improvisada reunión, con la luz del recuerdo bailando y encendiendo sus miradas, se dijo a si misma, que aunque siempre se había prometido y cumplido no escribir sobre lo vivido, la historia particular y en ocasiones fabulosa de esos cinco golfillos, merecía ser contada.

Pero esa, es otra historia.

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