Crónicas de ninguna parte, literatura

La Isla -I-

“Aunque allí tenga recuerdos, ¿puedo ir a buscarlos?

Podría retroceder, regresar no. Regresar es imposible. Por eso prefiero los lugares nuevos”

El viajero del siglo (Andrés Neuman)

______________________________________

Sólo su curiosidad y una imprecisa nostalgia, le impedían anular el encuentro. Había estado a punto de hacerlo en varias ocasiones el día anterior, pero no halló ninguna excusa lo suficientemente decente. No, sin parecer desagradecida o temerosa… de no sabía bien qué cosa. Por otra parte, los tres habían estado tan amables en el entierro de Andrés,  que en ese momento, cuando Saúl lo propuso, no le pareció una mala idea.

En medio de la pena y el gran desconcierto que acostumbra a producirse en esas situaciones, fue una sorpresa agradable y un alivio encontrarlos allí después de tantos años. Además de por la distracción que provoca siempre lo inesperado, también porque en realidad, de los que acudieron al funeral, eran de los pocos que la conocían a ella y a su hermano de una forma real y palpable. Y sabían que decirle.

Con algunos amigos de infancia, por más olvidados que parezcan, nunca deja de existir ese tipo de intimidad que te permite ser tú mismo sin poses ni artificios defensivos. Hay entre ellos, una confianza a la recíproca sin treta ni cautela, en la que cuenta mucho más el gesto o la mirada que saben descifrar sin dificultad, que cualquier frase en la que intentes refugiarte. Más allá de lo que digas o como lo digas. En la mayoría de ocasiones es un alivio, pero a veces, sucede incluso a pesar nuestro… Así que, mientras bajaba en el ascensor a la recepción del hotel para recoger las llaves del coche de alquiler, suspiró de nuevo al pensar en la reunión.

Chini, nunca podría llamarle por su auténtico nombre, había propuesto que se viesen en una céntrica cafetería de la pequeña y olvidada capital de provincias donde los cuatro habían crecido. Le sorprendió que tal lugar aún existiese, pero también la tranquilizó, porque de alguna forma, era terreno conocido.

Llegó en compañía del siempre locuaz Chema, con el que coincidió de camino en el poste de pago de la zona azul, y que en el breve trayecto hacia el café, aprovechó para ponerla al día, entre otros asuntos, de su situación personal; separado sin hijos hacía ya unos cuantos años, aunque mucho más cerca en su caso, también él había emigrado, pero ante la disyuntiva de ser hijo único, con unos padres ya muy mayores, necesitaba de una proximidad razonable. Lo que a día de hoy, con la autopista al fin terminada, le permitía salvar los 80 Km que les separaban de forma rápida y eficaz.

Tras dos trivialidades más, la miró de reojo y le soltó un enigmático:

-Sé porque has aparcado aquí.

Misterio que ella resolvió al instante, al responder:

-Por el mismo motivo que tú. Parece, que ni a ti ni a mí, nos sobran oportunidades de volver a pasar por esta calle. Y menos a partir de ahora, el periódico de hoy dice que van reformar toda la zona en breve. Queda poco para recordar esto, tal como lo conocimos y lo vivimos.

-Sí, a eso me refería, a que este sitio siempre será un lugar emblemático para nosotros ¿verdad?

– Pues sí, por más años que hayan pasado, así parece. Pero nada es para siempre, ya lo ves.

-Sí, tienes razón.

Siguieron caminando en silencio, entre sus pensamientos y la neblina matinal de un gris y frío final de Noviembre, escuchando sus propios pasos en el empedrado de una calle corta y empinada. De hecho un paraje  de transición, poco más de medio kilómetro que unía o separaba, según como o quien lo mirase, el centro de la ciudad de la característica barriada en la que había transcurrido su infancia. La ausencia de vecinos, lo convertía además en un lugar solitario y silencioso con un cierto aire lúgubre. Quizás, por los altos muros de piedra ahogados en hiedras que lo delimitaban a ambos lados. Tras el de la izquierda, se adivinaba un antiguo y recio palacete del XIX, coronado por una oscura e inopinada capilla neogótica. Bellísima. La edificación, con una historia curiosa y controvertida, pasaba de lo romántico a lo siniestro. Construida y habitada en su día, por un indiano aventurero y benefactor de la ciudad, con los años, había devenido en orfanato, sobre el que se contaban tenebrosas historias, que aunque con un transfondo de verdad, probablemente tuviesen mucho más de ‘leyenda urbana’ que de autenticidad. Al otro lado, el gran solar de lo que había sido una fundición, ahora abandonada e invadida por la maleza, que otro prócer  ciudadano había fundado años atrás, y que en aquel momento crucial de la posguerra había proporcionado trabajo a una parte importante de la pequeña población, incentivando una economía eminentemente agrícola en abandono, depauperada y diezmada por la emigración.

-¿Recuerdas la sirena? -rompió el silencio Chema-

–  ¡Como olvidarla! marcó el ritmo de esta ciudad, o parte de ella… durante muchos años. Me estaba preguntando, si aún existirá el ‘agujero’.

-No, está vallado. Por lo visto, cuando cerraron la fundición, por ahí se colaban yonkis, y siempre había follones. Así que el Ayuntamiento, presionado por los vecinos, les obligó a cerrar todo el perímetro.

-Ya, ¿se sabe algo de Ángel?

– Le perdimos la pista, pero lo último que sé, no es nada bueno. Se enganchó a la heroína… él, era uno de esos yonkis.

-¡Vaya!, siempre tan afortunado. Lo recuerdo asomado ahí -señaló un lugar concreto del muro del orfanato-  esperando nuestras meriendas a cambio de enseñarnos nuevas entradas al bosque.

-¡Ya ves! el tío era un crack escapándose del maldito cole y colándonos por la fundición hasta el bosque de atrás ¡nunca nos pillaron! Pero es curioso, pensaba que tú, sí tendrías noticias suyas.

-Calló entonces unos instantes, para añadir a continuación un tanto cabizbajo-

-En todo caso, mejor que no lo recuerdes en esa época. Sobre todo tú. ¿Qué pasó exactamente entre vosotros? y perdona por la indiscreción. Siempre nos lo hemos preguntado.

Suspendieron la marcha para mirarse directamente a los ojos.

-Si él no os lo contó, no debería hacerlo yo. Pero supongo que después de tanto tiempo, ya no tiene importancia. A groso modo -mintió- te diré, que excepto la distancia física que nos alejó sin remedio, nada que no pudiese arreglarse. Aunque en realidad -y ahora si decía la verdad – a mí, igual que a ti y un poco a todos… me hechizó un arquetipo, y esa especie de leyenda que lo aprisionó tantas veces. Y él se aferró a nosotros, especialmente a mí, como a un tablón en medio de un naufragio, en busca de una normalidad que ninguno de nosotros poseía. -Y siguió pensando solo para ella- Abrumador, para dos adolescentes que se quisieron como solo se quiere a esa edad, a pesar de tenerlo todo en contra.

-A lo que su amigo, haciendo gala de esa comunicación no verbal y huyendo de un análisis que le incluía, repuso casi sin dejarla terminar-

-Perdona, no quería incomodarte.

-Bah! sonrió mientras respondía, sabiendo que no le engañaba. Todo eso queda tan lejos… que ya no puede molestar a nadie. He preguntado, porque para él este lugar también es importante, incluso más que para nosotros. Esté donde esté.

-¡Sin duda! Pero aunque no fuese de los mismos fantasmas, todos huíamos de algo. No era fácil vivir aquí. Aunque pasado el tiempo, muchas veces he pensado que él, a pesar de ser el que, en principio, tenía la situación más vulnerable, era el más fuerte. Incluso en ocasiones, una especie de guía.

-Bueno, por más difícil que fuese nuestra vida, a él, no le quedó más remedio que ir un paso por delante de todos nosotros. Por eso, creo que todos le hicimos servir en algún momento, de faro en mitad de la tormenta. Me habría gustado verle de nuevo, aunque solo fuese para brindar por los viejos tiempos.

-No sé… se volvió muy esquivo… la droga lo transformó y no para bien. Pero quizás sí, que con nosotros cuatro, sí vendría. Sobre todo, si supiese que estás aquí por lo de Andrés.

-Sí…

A punto de finalizar el corto recorrido, de nuevo se hizo el silencio. Y mientras un sol apagado e inseguro se colaba entre dos nubes, el vetusto y proverbial carillón de la capilla del orfanato, los detenía unos instantes para sacarles  una sonrisa, rompiendo el sortilegio de recuerdos, que se reanudaría de nuevo tan solo unos minutos más tarde, con todos sentados a la misma mesa.

Ellos cuatro, en unión del ausente, fueron, o mejor dicho, eran, siempre lo serían… el núcleo duro de lo que fue una pandilla dispar e irregular, que el destino, la severa meteorología del lugar y diversos azares, reunieron, en lo que con los años, todos recordarían como una extraña y peculiar “Isla”, tanto física como emocional, que en el remoto espacio/tiempo de sus recuerdos, seguía existiendo.

Pero esa, es otra historia.

Anuncios
Estándar

3 thoughts on “La Isla -I-

  1. “En esos folletines suele haber dos clases de pasado: paraísos bucólicos o falsos infiernos. Y en ambos casos el autor miente.”

    “Volvemos a toparnos con el mismo punto de siempre: irnos o quedarnos, estar quietos o movernos.”

    Andrés Neuman- El viajero del siglo.

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s