literatura

Ars longa, vita brevis…

El valor de las cosas, no está en el tiempo que duran sino en la intensidad con que suceden. Por eso existen momentos inolvidables, cosas inexplicables y personas incomparables.

Fernando Pessoa

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La sala se ha ido vaciando poco a poco, y una sensación de extraña soledad y silencio solo interrumpido por las alarmas de las bombas de los dispensadores de medicación, va invadiendo el ala de oncología. Mientras, en la ventana de esa tarde, un sol de otoño remolonea en el mar, tamizándose perezoso en una tenue neblina de calor que emborrona en naranja la línea del horizonte.

Ellas dos, junto a una única enfermera que revolotea arriba y abajo como una mariposa atareada, son las últimas de otra jornada más de tratamientos. Lo normal a esa hora, es que ya no quede nadie ahí. Ella, lo está por un error imprevisto en la programación y su compañera ocasional, ha llegado no hace mucho en silla de ruedas, con signos evidentes, hasta para una profana, de estar ya muy al final. Mientras ambas se examinan de reojo, no puede evitar sentir una oleada de ternura al comprobar lo joven que es… Refugia su mirada de nuevo en el ventanal, intentando no resultar impertinente. Pensando que se sigue escondiendo la agonía y la muerte. No se sabe, si por más miedo que respeto. O quizás por una mezcla de ambos…

Es la desconocida la que inicia la conversación:

-¿Quimio?

-Sí ¿tú también?

-Eso dicen… pero seguro que ya son paliativos. Esto se acaba. ¿Tienes buen pronóstico?

-bueh… regular… ya veremos…

-Ya… Haces bien en verlo así. En esta mierda, nunca se sabe hasta que punto te dicen la verdad, ni como va a reaccionar el organismo. Parece que sepan, porque muchos se salvan, pero cada día se les escapa alguno. Como yo.

La franqueza y la evidencia, ponen la pregunta en sus labios casi sin querer:

-¿Tienes miedo?

-No… ni siquiera la rabia que tenía hasta hace poco.  Ya no me quedan fuerzas, ni para eso ni para nada… Solo quiero acabar ‘bonito’ y a poder ser rápido. Me sabe mal, únicamente, por el hijo que me ‘queda’.

Y en medio de una mueca, que pretende ser una sonrisa, añade:

-El otro, se supone que me estará esperando. De hecho, aquí, ya me siento ‘extranjera’ la mayor parte del tiempo.

-Eres valiente ¿cuántos años tienes?

-Treinta y cuatro

-Joder…

-Sí.

El silencio se va transformando ahora, en algo denso y pesado como un muro de hormigón, y en la cristalera, las sombras destapan poco a poco, las luces de un horizonte urbano, que titilan a lo lejos, indiferentes a todo.

Pero en ese espacio de dolor y de vidas que se extinguen a diferentes velocidades, el contrapunto de ese momento lo pone esa corriente de simpatía y comodidad que se ha establecido entre ellas. Como si se conociesen desde siempre. Es la sencillez de la verdad desnuda, sin aditamentos ni adjetivos, que te vacía y hace evolucionar las relaciones a velocidades lumínicas. O quizás, esa especie de ‘vínculo’ que suscita la certeza inevitable de la muerte como epílogo y liberación de todo sufrimiento.

El alivio de la nada.

Esa tarde-noche, se despiden con un abrazo, sin preguntarse ni el nombre…  Aún no es necesario, en esa geografía indispensable que fue su breve e intensa relación. Porque, aunque no demasiado, hubo tiempo para más ocasiones y palabras. Inolvidables, todas y cada una.

Hoy, conduciendo de regreso de su funeral, piensa que la vida es una curiosa y enigmática coreografía sin sentido, donde solo sobreviven las ausencias.

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