literatura, relato

Tiempo de navegar…

Una cierta tendencia hacia la misantropía que se ha ido agravando con la edad, provoca que casi cualquier cercanía, le venga grande… incluso, en según que casos,  se le hace insoportable. Aún es capaz de mantener las formas con los más allegados, o a los que se supone como tales. Pero la verdad, es que se siente mucho más cómoda sola, en la única compañía de sus animales, que al igual que ella, no tienen la necesidad permanente y perentoria de explicar como están y mucho menos de indagar no importa que estado de ánimo. Se miran, lo saben y les basta. Todo un alivio.

Ahora mismo, mientras los gatos la observan indolentes, sin intención de moverse ni un ápice… los perros, esperan delante de la puerta del jardín a que les abra. Todos saben, por sus últimas maniobras, que aprovechando ese leve y tibio viento crepuscular que se ha levantado hace un poco, se va al embarcadero del lago a ver anochecer desde el agua.

Tras unos meses, de su regreso más o menos definitivo al pueblo, decidió alternar sus largas caminatas, con un cursillo de vela, comprobando que no se le daba mal y que disfrutaba con ello. Se hizo entonces, con un pequeño y ruinoso balandro, tipo anduriña, que ha ido restaurando poco a poco con la ayuda del viejo Moisés, que se ocupa de los amarres y de la intendencia del diminuto Club Náutico,  y que la conoce desde niña. Otro solitario, en guerra contra todo tipo de respuestas baldías a preguntas inútiles. La cosa, es que según manifiesta, es tan mayor… que ya no le queda nada por decir. Quizás por eso se caen bien. Ninguno de los dos habla más de lo necesario y ambos aman profundamente ese lugar. Cuando llega al pantalán, ya está desamarrando y cuando la mira a los ojos, ella mueve la cabeza en sentido negativo, respondiendo a su muda pregunta de si hace falta que la espere.

Zarpa, con la puesta de sol a barlovento y se pone a la caña en esa dirección. Siempre le ha gustado el viento en la cara y en el ánimo. Al cabo de los años, es consciente de que el paisaje ha sido, es y será, uno de los amores más importantes de su existencia. Y sin duda alguna, el único del que nunca se cansará o se decepcionará. Un elemento esencial en su vida, refugio y fuente de placer… que también se expresa en un silencio, solo roto por una meteorología que no hace más que aumentar su querencia, sin importar de que fenómeno se trate. Y ahí, en especial. De hecho, sino la principal, esa es una de las razones más importantes de su regreso a los orígenes.

La luz del sol, ya muy baja, se expande en todas direcciones, transformando el entorno en un inmenso estanque donde todo… agua, árboles, embarcaciones, nubes, viñedos… hasta ella misma… espejean en oro viejo. En la lejanía, la suave cadena montañosa que define el horizonte de ese valle remoto y perdido, azulea, aparentemente indiferente a esa metamorfosis, que un día más inunda sus pupilas y su piel de un exquisito e inigualable hechizo de bienestar.

Y ahí, en medio de ese centro geográfico, sin importar si entre brumas o en espléndido crepúsculo, como en ese momento, siente una punzada de culpabilidad. Tanta belleza, ha sido capaz de reconciliarla con ese embalse artificial que odió durante años, porque enterró su infancia y parte de su adolescencia sin motivo. Es como abrir una puerta a un Ávalon particular, que le permite recorrer los senderos, ahora submarinos, pero tan presentes todavía… sobre los que, aunque de forma distinta y a pesar de los años… se desliza igual de ágil y ligera, que en aquel pretérito momento del tiempo, que siempre sabe como hacerse presente de nuevo.

La dulce luz del Oeste se despide una vez más, y en sus oídos, en su mirada… en su espíritu… solo la melodía y la caricia del viento a media vela, mientras el chapoteo leve de la quilla dibuja ondas que se funden en  una única vibración infinita, vaciándola de todo.

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