literatura

Noche de perros…

Cuando miró hacia arriba, el cielo se ocultaba tras una sábana sucia que comenzaba a descomponerse en copos aún dispersos, con la promesa de vaciarse entero en las próximas horas.

Anochecía.

Ahora, a pesar del magnífico carro de supermercado que se había agenciado, no le parecía tan buena idea haberse acercado hasta el vertedero. Fue consciente, de que con la tormenta que se avecinaba, estaba demasiado lejos de cualquier refugio. Así que, rápidamente, le vino a la mente el coche abandonado que había localizado por la mañana. Como indigente experto, sabía que debía ser discreto y esperar a que la calle se vaciase un poco más. No era conveniente llamar demasiado la atención, cualquiera podía denunciarle, por ocupar el espacio de ‘nadie’. Nunca faltan ‘buenos ciudadanos’ dispuestos a ello. En principio, todo el mundo está dispuesto a ayudar siempre y cuando, la miseria, no les roce en exceso. Y un vagabundo delante de casa, a algunos, se les hace intolerable.

En los acelerados crepúsculos de Diciembre, aquel tiempo infernal solo tenía una ventaja, despoblaría la ciudad con mucha más rapidez que otros días, lo que le permitiría ponerse a resguardo cuanto antes. Aparte de no haber comido gran cosa, estaba cansado  de pasar todo el día revolviendo entre la basura… era increíble, lo que la gente llegaba a tirar…

Tenía el tiempo justo para hacerse con algunos periódicos que no estuviesen empapados e ir hasta la panadería para  añadir algo a la chocolatina que aún le quedaba en el bolsillo. Iba a ser su cena. Contó de nuevo las monedas que le quedaban y se dirigió hacia allí. Hubo suerte, la dependienta probablemente influida por las fechas y también porque ya cerraba, le regaló dos barras y dos croissants. Aprovechando la coyuntura favorable, se atrevió a preguntar por los periódicos y aunque no tenía, fue tan amable de pedirlos por él, al quiosquero de la esquina, que no le había mirado demasiado bien cuando pasó por delante. Después de un cierto tiempo a la intemperie, esas cosas se saben. A él, no le hubiese dado una mierda.

Puso todo a buen recaudo de la humedad, satisfecho de que la intendencia fuese saliendo, más o menos según lo previsto, lo que no sucedía tan a menudo. Al fin y al cabo, los planes, aún los más breves y sencillos, en su caso, no eran más que una formalidad vacía de contenido. Hacía ya tiempo que nada tenía sentido y quizás… nunca lo hubiese tenido. Pero por extraño que pudiese parecerle a otros de vida ‘normal’, ese día, sentía el mismo alivio de final de jornada, del que tiene el condumio asegurado, por más frugal que fuese el suyo, techo en perspectiva y cuatro chavos en el bolsillo.

Alguien bajó de la acera para evitarle y como siempre que eso sucedía, desde hacía un tiempo, no pudo evitar una sonrisa de cierta superioridad. Sí, porque él sabía algo, que muchos, encastillados en la misma nube que él había habitado tantos años, ignoraban. Que la vida, es un espejo con dos caras, en el que según y como, no existe tanta diferencia entre ambos lados del mismo. Nadie está tan lejos, ni tan a salvo… como creen algunos, de traspasar a la parte oscura y terminar bajando la misma escalera, hasta donde él y últimamente, tantos otros… se encontraban. Un lugar, donde el futuro, acostumbra a ser una incógnita cantada, en la que cada vez se va poniendo menos interés. Y el pasado, una nebulosa cada vez más lejana que a partir de un momento dado, deja de atañernos. Como si fuese la vida de otro. E independientemente de en qué parte del cristal te halles, lo es. Además, ambas cosas, pasado y futuro, no hacen más que entorpecer el  presente rabioso en que se van transformando los días poco a poco. Y el tiempo, si es que lo hace… corre de forma distinta, cuando se vive en la calle, pero también, según la edad que tengas, se viva donde se viva… y en él, convergían ambas constantes de la ecuación.  Le daba rabia pensar esas cosas, seguir analizando… más que nada, por la certeza de la inutilidad de cualquier reflexión o filosofía, pero siempre le había resultado inevitable. Es difícil, ir en contra de la propia naturaleza.

Aunque en realidad, desde su abandono del orden establecido, a lo que más le había costado acostumbrarse, era al ninguneo permanente y generalizado, del que vive rodeado de gente que prescinde de uno, por cosas tan peregrinas como el aspecto. No obstante, esa invisibilidad que le había resultado tan onerosa al principio, ahora le parecía un alivio. No fue difícil descubrir, que el anonimato, es una ventaja para casi todo. Y prefería con mucho, a los que le ignoraban de manera selectiva, que a esos especímenes cada vez más abundantes, que bajo el disfraz de la solidaridad o la caridad, creen vaciarse de su propia mierda, ejerciendo de jueces redentores. Haciéndote sentir como un desecho.

La solidaridad, la auténtica… como la de esa dependienta de la panadería, se limita a paliar lo que buenamente puede, sin demandas ni preguntas. No así la caridad, que tiene que ver mucho más con la injusticia que con cualquier otra cosa y no hace más que institucionalizarla. Probablemente por eso, sean tantos los que estando en la misma tesitura, huyen de los estúpidos protocolos de refugios y organismos de beneficencia, para preferir la libertad y el alivio que conlleva la soledad transparente e incógnita,  sino es estrictamente necesario.

Como en esa noche de perros…  en la que la luz de las farolas, ponía una nota fantasmagórica en la oscuridad recién estrenada, mientras la nieve, cuajaba ya en las aceras. Cada vez le costaba más empujar el carro, tenía las manos completamente ateridas por el frío, pero prefería no detenerse a buscar los guantes en el caos más o menos organizado de sus pertenencias. Era mejor llegar cuanto antes a su destino. Por un momento, le asaltó el temor de encontrar el coche ocupado… pero rechazó la idea y siguió caminando con determinación. Lo que fuese, ya se vería.

Esa era otra, estar en la misma situación, no implicaba de forma automática ser aceptado y mucho menos ayudado. Al contrario, la gente en sus mismas circunstancias, acostumbra a ver al semejante, como un competidor de territorio… o de cualquier otra cosa… Él mismo, era un buen ejemplo. Al principio, pensó que nunca le ocurriría, y sin embargo, aquella vez con aquella mujer y los cartones… Puta vida!

Poco a poco, la miseria te devora y te transforma en otra cosa, que desconocías que viviese en ti.

Y el caso, pensó, es que las pocas veces que consigues un poco de normalidad, como por ejemplo, mantener una conversación común con alguien, por banal que sea… del tiempo, del tráfico o de no importa que asunto… te elevas varios estadios por encima de desventuras y mezquindades. Son instantes que hay que conservar como tesoros, porque por un tiempo indefinido pero valiosísimo, te regresan a un lugar liviano y sanador, por más ajeno que lo sepas a ti y a tu entorno. Siempre recordaba, a aquella desconocida del cajero, con la que había charlado unos minutos, que le supieron a eternidad…  hacía ya por lo menos un año… Habían hablado, tranquilamente, sin ni pizca de temor por ambas partes… Ahhh el miedo… el propio y el de los otros… Pero en esa ocasión, no lo hubo en ninguna de las dos orillas. Eso fue lo mejor, y lo que dibujaba ahora su sonrisa, a pesar del frío y del cansancio.

Cuando llegó a su destino, la noche era una boca de lobo sin concesiones y casi no sentía las manos, sus dedos comenzaban a estar torpes.

A pesar de la nieve, la suciedad acumulada en el parabrisas delantero y la ausencia de un cristal en una de las ventanas traseras, le dio la pista de reconocimiento. Tendría que tapar con plásticos y cartones el agujero, pero eso no sería problema, iba bien pertrechado de ambas cosas. Y a falta de echar un vistazo por precaución, lo bueno, es que parecía no haber nadie dentro.

Tuvo el tiempo justo de apartarse, mientras blasfemaba, al escuchar el primer gruñido. Un perro callejero, de considerable envergadura y cara de pocos amigos, había estado más presto y defendía el territorio con fiereza. En todo caso, no podía permitirse permanecer fuera mucho más tiempo.

Así que, maldiciendo su suerte, no supo si con más dolor de corazón que de estómago… cedió, casi con gusto, su chocolatina y un croissant… No hay nada como el hambre y el frío, para ablandar aún a los más duros y curtidos. Y ese chucho, lo era sin duda, tanto o más que él mismo. Pero cuando las circunstancias adversas convergen de forma extrema, se hacen amigos o enemigos insospechados, en los lugares más extraños. Aproximadamente una hora más tarde, casi a punto de congelarse, convencía, al que luego sería su inseparable compañero para que le hiciese un hueco en su inesperada guarida.

Fue la primera vez en mucho tiempo, en que dos solitarios forzosos pero ya empedernidos… terminaron durmiendo abrazados a otro ser vivo.

Pero no la última.

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2 thoughts on “Noche de perros…

  1. Alfil dice:

    Malos tiempos para los perros callejeros, si es que alguna vez los hubo mejores… pero recuerdo una época más reciente en la que aún se les daba alguna moneda, ropa, y los albergues no cerraban por falta de presupuesto. Y no digo que ahora no se haga, pero como su número va in crescendo, la sensibilidad general ha cambiado. Al menos eso me parece.
    Supongo que lo terrible de esa situación es el no tener nada que hacer ni posibilidad de ello. Aunque los de cuatro patas tendrán otros problemas…

    Magnífico texto, Madame, como no podía ser menos…

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