literatura

De profundis…

En el reguero, reflejando una singular y lujosa bóveda verde sostenida por candelabros centenarios, subsisten un par de charcos de las últimas lluvias. A su alrededor, galante y vanidosa, la tierra, obsequia sin distingos ni remilgos la alfombra roja de un Otoño apenas hollado que se quiebra bajo las pisadas cuidadosas de los habitantes del bosque, que no hacen más que resaltar la serenidad del profundo silencio imperante en el mágico Reino de las Hayas. Y mientras el viento tañe sus hojas, que interpretan la melodía de un antiquísimo y enigmático lenguaje, desde el Oeste se acerca calmo el ocaso, nimbándolo todo con su luz sesgada.

Pájaros, caminantes y otras desconocidas e invisibles criaturas, apenas se manifiestan, pero permanecen atentas, concentradas… escuchando y observando como los Gigantes, abducen a la luz que los recarga… reteniéndola en sus auras ligeramente azuladas.

Él, es la perfección de la evolución. Un Titán, majestuoso y bellísimo en su retorcida sencillez. Un príncipe encantado vestido de terciopelo verde, que la ha rendido al primer abrazo. Ambos saben que es un amor imposible, pero no por ello dejan de transferirse su energía… en un instante intenso y eterno. Sin barreras.

¿Puede alguien enamorarse de un árbol? Sí, sin duda!

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8 thoughts on “De profundis…

    • Enamorarse, más allá de ese estrecho, manido y tantas veces aburrido estereotipo, de lo que se entiende por el ‘amor galán’ sí! sin duda es esa fuerza transhumana que nos conecta con el universo en toda su extensión. O por lo menos, nos acerca más que cualquier otro sentimiento o pensamiento. Pero cada uno… ve lo que quiere ver 😉

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  1. Bellísimo texto, tan poético, una delicia. Muchas gracias.
    Y sí, se puede, conocí a una mujer que se enamoró de un árbol. Cada tarde se internaba en el bosque y se abrazaba a su árbol. Así, ahí, le hablaba, le contaba, acariciaba su tronco. Una vez la vi sentada en una de sus ramas, entre pájaros. Pasó el tiempo y jamás vi a esa mujer abrazada a un hombre, sí pude verla en un escenario cantando cosas de Larralde. Un poco rarita mi amiga, creo que al final no se casó con el árbol.

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    • Que alguien, a quien admiro tanto, califique un texto mío como bellísimo, además de un honor, es un acicate que me impulsa a seguir, dejando letras en este y algún otro rincón.

      Por lo demás, seguro que a tu amiga, lo que menos le preocupaba, era su ‘estado civil’ con respecto a ese árbol. Fijo!

      Gracias a ti por leerme y comentar, Pedro.

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