literatura

La estación

Hasta el ruinoso andén llega el aliento metálico de las vías mezclado con el de la carbonilla del último mercancías. Un olor  mitigado en el aroma de la madera recién serrada en la contigua fábrica de ataúdes. Pero en ese lejano verano a punto de finalizar, el día, hace honor a la otra estación y sigue evaporando con facilidad las brumas húmedas de primera hora, prometiendo otro día espléndido.

Pensar en el largo viaje de regreso, la hace respirar hondo, una exhalación que es casi un suspiro… y  que por unos segundos, provoca que su acompañante alce la vista del periódico.

Abandona la destartalada cafetería para echar una última ojeada al entorno. Aguzando sus sentidos, apura al máximo el deleite del postrer momento de esa tímida y especial luz de las mañanas del noroeste de su niñez, en las que  todo se va dibujando poco a poco, de forma  precisa y perfecta. Cierra los ojos, para que la invada el rumor de hojas que provoca la brisa matutina enseñoreándose en los álamos del río, que se desliza oscuro y silencioso a su espalda. Y que vete a saber… cuando volverá a sentir tan próximo de nuevo.

Esos días han sido una pausa irrepetible, fuera de su tiempo ordinario. Y lo sabe.

Al abrir los ojos de nuevo, lo ve frente a ella, como salido de la nada. Igual que la primera vez en aquella escalera. Entonces, su mirada fue un brillante y risueño relámpago de acero, que dijo más que cualquier discurso. Ahora sonríe, pero la tristeza oscurece sus ojos y su gesto. Extiende la mano sin llegar a ella, como con temor de que al rozarla, se desvanezca cual aparición… y en un murmullo se disculpa por estar allí, a pesar de su advertencia sobre lo poco que  le gustan las despedidas.

Regresan juntos a la estación para mantenerse en silencio uno frente al otro. Sabiéndose por última vez. Escrutándose, hasta que la canción cansina e indiferente del tren, devasta aún más, ánimos y conversaciones. Precipitándolo todo.

Cuando aquel vejestorio, testigo mudo de tantas despedidas, gime sus primeros compases de marcha, tras ayudarlas con los bultos y después de un único apretón de manos que arrasa los ojos de ambos, él salta ágil del vagón. Una  imagen fetiche, que su memoria aún conserva.

Quedarse sola, en aquel corredor donde aún flotaba su presencia, mientras el mundo permanecía impasible a ese hecho, le impide ocupar su asiento con el resto de pasajeros. Y el anochecer, la encuentra en la ventana de aquel pasillo solitario, aferrada a la misma carta, ahora amarillenta y un poco borrosa por el tiempo, que él puso en sus manos, sabiéndola de antemano sin respuesta. Esperando inútilmente que el vaivén agridulce del convoy, hiciese desaparecer a la misma velocidad que el paisaje, aquel fugaz e inolvidable fragmento de su vida.

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6 comentarios en “La estación

  1. ¿Y ahora voy a tener que aprender a poner comentarios en WordPress? ¡OMG! En cualquier caso, un nuevo blog es siempre una buena noticia. Lectura para gentes sin prisa ni 4G.

    Crítica literaria: Me gusta el tamaño de letra. Perfecto para mi presbicia. Y sobre los textos, sólo diré que se leen con agrado. Nada de presión.

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    • Me consuela un poco, saber que no soy la única a la que le cuesta la tecnología informática y la madre que la parió jeje. Pero veo que te has apañado la mar de bien con el tema, como era de esperar. Muchas gracias por la crítica y por el esfuerzo 🙂

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  2. mis relatos favoritos son aquellos que transcurren en trenes. será, tal vez, porque toda mi niñez (el sudeste de mi niñez) está asociada a viajes en trenes. trenes y jazmines.
    esta imagen tuya poderosa, la de la mujer frente a la ventana del pasillo solitario, me recordó un verso que una vez escribí y que aquí te regalo

    soy un tren atravesando la noche profunda*

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    • Las ausencias obligadas, acostumbran a convertirse en presencias ‘eternas’. Quizás idealizadas, porque no tuvieron tiempo (su tiempo) para deteriorarse… Y al no estar ‘cargadas’ de vivencias comunes posteriores, se mantienen incólumes. Creo.

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