Crónicas de ninguna parte, relato

Ovidio (Isla XV)

Decidme lo que habéis visto.

En el fondo de la noche

hay un escalofrío de cuerpos ateridos.

Gabriel Celaya.

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Con el famoso anarquista ya desaparecido, a punto de ser militarizadas sus famosas Columnas, y a poco más de un año de las levas del Biberón, entre un numeroso grupo de compañeros de la fábrica de vidrio donde trabajaba, Ovidio, con tan solo 17 años, se apuntaba voluntario a las huestes de Durruti. De toda esa camarilla, al día y hora de salida hacia el frente, solo se presentan en el lugar indicado, él y su amigo Imanol, que emitiría su último suspiro, unos meses más tarde en sus brazos, en la oxidada alambrada de un campo de olivos del Segriá leridano, donde hubo de abandonarle ametrallado, en una helada y tenebrosa madrugada, a riesgo de correr la misma suerte.

No le gustaba hablar de ese tiempo, y lo evitaba tanto como podía, pero si alguna vez lo hacía, siempre mantenía que, ese poco más de un año, añadido de más a ‘su’ guerra, antes de que quintasen a la desesperada a los chavales de su edad, que cayeron como moscas…  le salvó la vida. Lo que no le escamoteó ni un ápice de angustia y padecimientos al gélido invierno de Teruel, en las trincheras de la Sierra de Gúdar. Un calvario de dos mil metros de altitud, donde se moría, en ambos bandos, mucho más por congelación o por hambre y miseria, que por enfrentamiento armado. Que también. Pero a esas alturas de la contienda, ya se había transformado en un avezado y curtido veterano, viéndolas venir… y eso, le salvó. Lo creía firmemente.

Poco más tarde, con su Compañía diezmada al extremo, desengañado hasta la amargura, fue rodando por diferentes escaramuzas de frentes menores, hasta ir a parar a la carnicería del Ebro, donde fue malherido en un brazo, que salvó in extremis, en una de esas indescifrables y curiosas cabriolas del destino. Varias, incluso numerosas, fueron las veces que le entraron a quirófano para amputar, pero los consiguientes e implacables bombardeos lo impedían. Por último, cuando ya sacaba gusanos bajo el yeso de la herida, un médico desconocido, casi tan joven como él, salido de la nada… se decidió por lo difícil y fuera de protocolo, y le salvó la preciada extremidad, en medio del peor de todos los fuegos recibidos hasta entonces en ese lugar. Un puro milagro, que salió bien… como podría haber salido mal, aunque en ese momento no importaba gran cosa a nadie. Ni siquiera a él.

En la cama de enfrente de ese hospital de campaña, otro herido, amputado de tres dedos de la mano derecha que resultó ser un paisano, le convenció para que a partir de ese momento, se dedicasen única y exclusivamente a salvar el pellejo e intentar volver a casa. Con sus compañías más que desperdigadas, prácticamente desaparecidas a esas alturas del final de la derrota, no les costó mucho ponerse de acuerdo. Era evidente, que nadie les iba a buscar ni a echar en falta. Un regreso por mar, épico y lleno de peligros, digno de capítulo aparte. Hubo momentos de ese viaje, en que aún desconociendo dicho periplo, sin saberlo, fueron y se sintieron como Jasón y los argonautas huyendo del enemigo.

El amigo Ramón Marcual, resultó ser un buscavidas exento de escrúpulos, sin más ideal y objetivo que medrar a costa de lo que… o quien fuese. Y se las ingeniaría, sobornando aquí y engañando allá… para pasar por lo que nunca fue y conseguir así un buen aval de un pequeño Ayuntamiento de los muchos que encontraron en el camino, que a su vez y previo pago, le posibilitó obtener un preciado certificado de buena conducta de Falange, de otro ‘pieza’ como él. Un salvoconducto, que le facilitó bastante la vida y que no mucho más tarde, le permitiría acceder a una cómoda plaza de celador en el orfanato.

A Ovidio, incapaz y sin afán alguno de fingir ser quien no era, por descontado sin la misma fortuna, no le quedó más remedio que aceptar la etiqueta… o más bien el sambenito… de ‘rojo’ y el horno en la fundición. Las alternativas, ni demasiadas, ni halagüeñas, consistían en tres años más de servicio militar o de ‘reeducación’ lejos de casa, a pesar de su herida, el exilio puramente político en Europa, donde no estaba el horno para bollos, o la emigración americana. Como buen perdedor de nacimiento e inclinación, y dado su historial militar, tampoco era cuestión de hacerle ascos a nada. Mucho menos, a un trabajo donde el propietario, que se manifestó muy interesado en su experiencia, en no importa que otros tipos de fragua, había prometido avalarle ante las autoridades. Duro, o más que eso, durísimo!… trabajar a turnos en el horno de una fundición, no es nunca ningún regalo. Incluso hoy. Pero era una forma de integrarse y organizarse de nuevo entre los suyos.

Por eso, cuando la mano del destino y su naturaleza entrometida y un tanto justiciera, le pusieron en contacto con la realidad de Ángel, supo bien donde preguntar y orientarse sobre lo que estaba sucediendo intramuros. No le costó mucho convencer a Marcual, que siempre iba a estar un poco en sus manos, para visitar en privado varias veces al muchacho, al que inspiró confianza desde el primer momento y que no demoró demasiado en hacerle un relato, sucinto, esclarecedor, por momentos estremecedor, de las obras y misterios del internado. Relato que Marcual, a regañadientes, pero convenientemente presionado, terminaría por confirmar en su mayor parte. La que él conocía…

Desde la inhabilitación forzosa, por demencia senil del Abad Arturo, y con él, su breve corte de afines, dispersados poco a poco por otros centros, ya que actuaban como un natural agente moderador ante el nuevo prior, molestándole en sus propósitos de conseguir el perfecto internado bajo ‘manu militari’,  las cosas se habían ido torciendo sin remedio para Ángel y algunos más. Una vez perdidos esos referentes, cualquier trastada o ‘acto dudoso’, que en el pasado podía castigarse con cierta severidad, pero siempre con mesura, ahora, juzgado con la vara de medir del prior Amadeo, se convertía en un delito digno de ser castigado de forma ejemplar. Y lo que, por lo general, se solventaba con un par de pescozones y una suspensión más o menos larga de patio, en poco tiempo, pasó a ser merecedor de la consiguiente paliza, que dependiendo de quien la ‘administrase’ podía llegar a ser brutal, acostumbrando a finalizar con una reclusión en aislamiento por tiempo indeterminado. Encierro, que solía durar lo mismo, que las marcas y señales de las agresiones tardasen en desaparecer. A veces, más.

Un día de tantos, iniciando una de sus escapadas, al pasar entre las tumbas para alcanzar el mausoleo por el que se fugaba, se preguntó a quien podían pertenecer aquellas cruces anónimas, aunque relativamente nuevas, del exiguo cementerio, y de las que, en un momento dado, tuvo la impresión que aumentaban paulatinamente de número. Su primera hipótesis, las relacionó con los abades que habían ido faltando, pero no dejaba de extrañarle que no diesen cuenta del nombre. Además, desde que él estaba allí, solo recordaba la muerte del abad Ceferino, y en su lápida, sí constaba su nombre y las fechas que le concernían. También pensó, que los más probable es que estuviesen vacías y preparadas para un macabro ‘por si acaso…’ Pero  cuando planteó la pregunta a Gonzalo, y le vio alzar las cejas mientras  palidecía, supo que nada bueno iba a salir de su boca. Su amigo, sin embargo, escurrió el bulto como pudo y se limitó, más que aconsejarle, a ordenarle de forma muy seria, que mantuviese la boca cerrada y que ni se le ocurriese plantearle el asunto a nadie más. A su lógica pregunta de ¿por qué?, respondió con un enigmático y convincente: ¡tú, hazme caso! que no admitía réplica. Y por el momento, así lo hizo. Gonzalo, acostumbraba a estar bien informado, y seguir sus instrucciones siempre le evitaba problemas. Por otra parte, eran tantos sus frentes abiertos allí dentro… que para nada, necesitaba abrir uno nuevo. Ya le sacaría más información sobre el tema, en otra ocasión más propicia.

Desgraciadamente, no fue necesario…

Finalizaba el invierno y una oscura tarde de Marzo en medio de una espeluznante tormenta eléctrica, acompañada de una copiosa lluvia que un viento huracanado barría en intensas ráfagas; buen camuflaje para regresar de una de sus furtivas salidas, cuando sus peores e inimaginables pesadillas se hicieron realidad. El rugido de un fortísimo trueno, apagó la imprecación que salió de forma instintiva de sus labios, al contemplar la dantesca escena que, un relámpago como un mapamundi, iluminó única y exclusivamente para sus ojos. Paralizado por el horror y la sorpresa, al abrigo de su escondite en la cripta, en medio del resplandor temblón de cientos de rayos y centellas, el mundo y su vida se sumergieron  en la tiniebla más profunda por segundos. Una oscuridad negra e infausta, como la tempestad que se cernía sobre él y la inesperada tropa que maniobraba con avasalladora y grosera diligencia, intentando finalizar cuanto antes lo que les había sido encomendado a pesar de la inclemencia de los elementos. O precisamente por ello… Estaba asistiendo de forma inopinada, absolutamente consternado y aterrado, a la subrepticia inhumación de uno de sus compañeros más queridos. Oficialmente, trasladado por enfermedad a otro internado de la orden, de meteorología más clemente. Ahí, perdió la inocencia y toda esperanza… o cualquier otra benévola creencia o ilusión que hubiese podido albergar, por mínima que fuese. Recordaba como en un sueño, haber ingresado de nuevo dentro de aquellos malditos muros para vagar como un alma en pena por el enrevesado laberinto de pasillos, sin rumbo, desorientado…  como un fantasma sin destino, escapando de un infierno a otro. A cual peor.

Gonzalo, lo encontró días más tarde, acurrucado y aún conmocionado, en uno de los muchos rincones de la inmensa residencia que conocían al dedillo, gracias a Arturo. Y es que, a pesar de la resiliencia y fortaleza desarrolladas a través de toda esa retahila desgranada, de calamidad tras calamidad, que era su vida hasta la fecha, esa visión imborrable, turbadora hasta el espanto, le superó con creces. Y en tanto no pudo llorar a tumba abierta, una pena y un dolor lacerantes, hasta el ahogo, le estallaban en la boca del estómago. Tenía accesos de una ira desconocida y profunda, rabiosa!, como nunca antes o después había sentido, que le quemaban el alma y la garganta de una forma física y palpable, hasta dejarlo desmadejado y sin fuerzas. El duelo que no supo ni pudo hacer en su día, por sus padres, por su abuela, por su tío, o por él mismo… le alcanzó entonces, consumiéndole hasta el último aliento a través de su amigo muerto. Era la gota que colmaba un vaso de injusticia vital, ya lleno en demasía… y que en ese instante de su vida era capaz de comenzar a valorar. No estaba para más pérdidas.

Fernando o ‘Fernandito’, como le nombraban casi todos, debido a su minúsculo tamaño, era su protegido desde que llegó. Una tutela, encomendada en su día por su tío Arturo, sabedor y temeroso del destino de alguien así, en lugares como aquel. Era además, la ‘presa’, que el Prior constantemente tenía entre ceja y ceja, y que por más que intentase pasar desapercibido en su presencia, siempre acababa siendo una de sus dianas preferidas. Cualquier sospecha de homosexualidad en aquella época, se castigaba de forma bárbara, y aunque el chico, era más un asexual afeminado que cualquier otra cosa, el abad, no podía concebir, ni mucho menos consentir, que ‘algo así’ existiese en su presencia. Ni en ningún otro lugar. Ese terrible suceso, marcó un antes y un después en su vida. Alumbró a un Ángel, nuevo y desconocido, sabedor de toda la vileza e iniquidad del mundo. Fue su último y definitivo paso para situarse, ad eternum, fuera de límites. Y más allá de lo costoso que le resultaba la asunción de la maldad, el desengaño o la ira, se sentía culpable por no haber estado allí en el momento de los hechos… e impotente por no poder hacer nada ya… Solo le calmaba, pensar en la venganza.

Desde que el viejo Abad Arturo, no podía cobijarles con su manto protector, ni él, ni Gonzalo, se mostraban en demasía como ‘mejores amigos’. No les beneficiaba y lo sabían. Pero lo eran, casi a muerte. Gonzalo, solía cubrirle como podía en sus ausencias si estas eran breves, máximo de unas 24 horas. Superando ese límite, todo quedaba al albur de una suerte que no le sonreía en demasiadas ocasiones, con todo lo que ello comportaba. Esa vez, la desaparición sobrepasaba las 48 horas, pero por un milagro desconocido para él, nadie estaba preguntando por Ángel. Supo que no estaba fuera del recinto, cuando escuchó a Pati en el muro preguntando por él. Entonces, se apresuró en rastrearle dentro.

-¿Dónde te habías metido? Es un milagro que después de casi tres días, nadie salvo yo y alguno más, te haya echado en falta. Justo ahora, comienzan a buscarte… tienes que dejarte ver cuanto antes -le advirtió Gonzalo-

-Claro, como para preocuparse de mí o de cualquier otra cosa, mientras enterraban al pobre Fernando -escupió rabioso-

-¿Cómo? ¿de qué me estás hablando? Fernandito, ha sido trasladado, para recuperarse. ¿Qué ha sucedido que yo no sepa?

-¿Recuperarse de qué? ¿de la última paliza? Está muerto, Gonzalo. Muerto y enterrado. Lo he visto con estos ojos. Han aprovechado la tormenta para asegurarse de que nadie les viese mientras lo hacían. Se atropellaban para acabar cuanto antes, sin ningún miramiento. Ni siquiera muerto, han sido capaces de respetarle. Son unos hijos de puta, y no los voy a perdonar jamás. -Lo dijo, con una serenidad, sobrecogedora, o a Gonzalo, se lo pareció-

-Dios mío, solo espero que no te hayan visto…  siento que hayas presenciado semejante atrocidad, Ángel… de verdad, que no sabes cuanto lo siento… -le abrazó- Sé, lo mucho que le querías.

-¡Vámonos, Gonzalo! Vámonos, ahora mismo los dos! No puedo más… -suplicó abrazado a él, mientras la voz se le rompía-

-¿Y adónde iríamos y con que medios subsistiríamos? ¿cuánto crees que tardarían en encontrarnos y traernos de vuelta? ¿quieres acabar como ellos?

-¿Ellos? -se levantó de un brinco- ¡dime quienes son los demás y vamos ahora mismo a denunciarlo!

-Ya… ¿y a quién piensas que iban a creer, amigo mío? ¿a la Santa Institución… o a dos desharrapados como nosotros? Estamos condenados a saber y callar, como muertos. Como esos mismos muertos que yacen bajo tierra, Ángel. Al menos, por el momento…

-¿Sabe o sabía algo de esto, mi tío?

-No, por supuesto que no. ¿como puedes ni siquiera pensarlo? Pero creo que, aunque ni mucho menos esto, algo sospechaba… yo empecé a indagar a instancias suyas. Luego, todo pasó tan deprisa… Cuando yo obtuve los datos que buscábamos, él ya no estaba en condiciones, y creí más oportuno callar. Y me deshice de todo, por su bien y el mío. Nadie le hubiese creído en su estado. Y a mí, menos… Sin él, soy, mejor dicho, somos… un cero a la izquierda… manifestó con una tristeza infinita-

Él, se decantaba más – prosiguió- por un tema de adopciones irregulares. Y algo hay de eso, también. Bueno, algo, no… ¡mucho! Pero desde que se retiró o le retiraron… dejé de tener acceso a cualquier clase de documentación, y más de esa clase. Me consta, que me investigaron a fondo durante un tiempo, pero no saben que lo sé. Eso sí, no deben vernos demasiado juntos, ni puedes dar a entender absolutamente a nadie que tienes conocimiento alguno de estos hechos. Estarías más que en peligro. Los dos lo estaríamos, incluso los tres… Todo esto nos supera de largo, Ángel.

-Pero… ¿tú sabes quienes son los demás o cuántos son?

-El día que me preguntaste por las cruces del cementerio, mi cerebro hizo un clic, y si a eso, le sumo lo que averigüé… es fácil atar cabos. Pero una seguridad de testigo presencial, como la tuya, no la tengo… y quiero creer, que algún traslado o alguna adopción, serán verdaderas. Lo deseo de todo corazón… pero está claro, que hay ausencias muy poco plausibles.

-¿Cuáles?

-Del resto del relato de Gonzalo, debido al trauma que le representaron esos descubrimientos, tendría que pasar un tiempo para que guardasen memoria exacta de fechas, encierros y desapariciones con sus causas y motivos ‘oficiales’. En ese momento, lo único que les pareció urgente, era retener sus nombres. Opinaban que lo más injusto de todo, sería que hubiese la más remota posibilidad de olvidarles. Y se prometieron el uno al otro, que eso no sucedería jamás, y que más tarde o más pronto, de alguna forma  les harían justicia.

Pero esa, es otra historia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Crónicas de ninguna parte, relato

Y sin embargo, florece… (Isla XIV)

Contar una aventura no es el objetivo; los personajes ayudan a escuchar a otro, que quizá sea mi hermano, mi prójimo, mi ancestro, mi doble.

Una novela francesa (C. Beigbeder)

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La abuela Magda, era la única presencia clara de su niñez. De su madre, apenas quedaba un aroma a perfume caro y carmín… envuelto en un rumor de sedas que se acercaban a besarle cuando ya estaba medio dormido en brazos de la niñera. De su padre, una risa franca y fuerte y sus manos grandes. Como las suyas. Murieron en la primera semana del golpe, en el nido de víboras en el que se convirtió Madrid en esos días nefandos. Mientras él, como todos los años por esas fechas, veraneaba en el norte del país en el Pazo de la abuela, ajeno a todo.

Unos, decían que los había traicionado el chófer, a cambio de requisar los automóviles, o quizás el servicio, por el inmenso piso de la Gran Vía y sus innumerables objetos de valor. Otros, que si su padre se había significado demasiado en política y tenía enemigos para los que representaba suficiente estorbo como para venderlo o hacerlo desaparecer. Lo que no faltó, fueron especulaciones, pero lo único cierto, es que para cuando llegaron noticias fehacientes, nadie sabía dónde o cómo hallar los cuerpos, lo que mantuvo viva alguna esperanza durante un corto espacio de tiempo, hasta que poco a poco, se confirmaron las peores hipótesis.

Su abuela lo crió de forma afectuosa, pero sin ahorrarle dureza alguna. A sus ochenta largos, tenía muy presente que no le acompañaría demasiado tiempo, y, consideraba, dentro de las limitadas posibilidades de madurar de un niño de tan corta edad, que debía curtirse cuanto antes. Por eso, muchas de sus frases, comenzaban con un fatalista: ‘cuando yo no esté, recuerda…’ que siempre le provocaban un imperceptible estremecimiento. Quizás su cuerpo, sabía, antes que su mente. Y a pesar de la considerable red protectora que tejió para su ausencia, un consejo de familia lo suficientemente amplio como para que se vigilasen los unos a los otros, sabía con certeza, que no lo iba a tener fácil.

Solo confió plenamente en dos personas, y a ellas les otorgó el máximo poder sobre su vida y hacienda para cuando ella faltase. Una, fue su hermano menor Arturo, un abad dominico sin más interés que sus estudios e investigaciones sobre el siglo XI y XII,  que con un profundo y peculiar sentido ‘franciscano’ de la vida y la justicia, le aseguraba que el dinero o cualquier otra prebenda mundana le serían ajenos y de su nulo interés. En principio, un despistado, pero como todos los sabios, solo a primera vista. En realidad, aunque no le importaba que lo pareciese, nada de lo que sucedía dentro o fuera de las paredes de su ‘laboratorio’, la biblioteca del orfanato, se le escapaba. Tenía ojos y oídos en todas partes, de los que el hermano Gonzalo, al que él mismo había recogido con pocos días de un canasto de la entrada, era su agente principal, aunque disponía de muchas otras voces. Cuando alguien con poder es una buena persona, el -quid pro quo-, acostumbra a venirle dado sin demasiada dificultad.

De ese contacto con su tío-abuelo, aparte de mucho cariño, su pasión por la lectura y una considerable ansia de aprender, había asimilado también, ciertas y útiles formas de estrategia vital. Su ejemplo, le preparó  para ser un luchador incansable, tenaz y ambivalente. Es decir, que cuando la táctica diplomática fallaba… desde la resistencia o el enfrentamiento, se convertía en un adversario duro de roer. Capacidades, todas ellas, que debió ejercitar prácticamente sin descanso, a partir del momento en que su tío perdió el sentido, y fue a caer en manos del Prior Amadeo.

La otra persona a la que Magdalena Quiroga Serantes, que sabía lo que se hacía, otorgó poder absoluto sobre él, fue a su primer pretendiente. Un amor desdichado, que sus familias, ambas de rango, y a las que no se atrevieron a contrariar, malograron. Los intereses económico-familiares les habían destinado a otras personas. Aún así, sin salirse de la estricta norma, nunca perdieron ni el contacto, ni el pálpito. Y mientras ella se dedicaba a ejercer de señora de alcurnia, y a criar a su única hija, Pablo Martín Castro, hacía carrera en la judicatura, y a la sazón, era Magistrado Decano de la Audiencia Provincial. Honrado a carta cabal, con poder y bien situado políticamente, fue él, quien finalmente, después de investigar lo preciso y de largas conversaciones con su pupilo, decidió su emancipación antes de lo estipulado. Terminando así, entre otros, con sus problemas de internamiento. Mucho más que por lo que podía representarle la liquidación de su albaceazgo, del que para nada dependía, y que decidió añadir al caudal de la herencia del muchacho, por cumplir con una cierta ‘justicia poética’.

Desde la muerte de su abuela Magda y la pérdida en vida de su tío-abuelo Arturo, ya iba siendo hora de que alguien se ocupase y echase una mano, de verdad, a ese muchacho tan desventurado por destino y acontecimientos. Y a él, le quedaban dos telediarios… Si quería serle útil y cumplir los deseos de su querida amiga, debía ponerse manos a la obra sin dilación. Si él faltaba antes de que Ángel cumpliese la mayoría de edad, en esa época a los 21, aparte de prolongar su condena tres años más y seguir en las garras del Prior, que estaba totalmente obsesionado con ‘doblegarlo’, nadie le aseguraba que fuese a recibir lo que su abuela tan cuidadosa y celosamente había conservado para él. Si el muchacho se dejaba bien aconsejar, como así fue, podría dejarlo bien situado con una renta aceptable a su disposición para comenzar lo que otros en su misma tesitura… iniciarían de la nada absoluta.

-Chico, a tenor de los informes que de ti me dieron en un principio, no deja de sorprenderme que aceptes de tan buen grado mis indicaciones, pero me complace y da tranquilidad que lo hagas. Porque después de tanto hablar… sé, que no me estoy equivocando. Creo que he pensado lo mejor para ti y tus circunstancias. Tu abuela, que te conocía mejor que nadie, allá donde esté… nos mira satisfecha- dijo el magistrado- finalizando una de sus muchas y variadas conversaciones.

-No lo  dude, Don Pablo. A pesar de lo pequeño que era cuando faltó, ella, y también tío Arturo después, me aleccionaron muy bien sobre en quien podía confiar y en quien no- respondió el muchacho, con la mirada perdida y como hablando consigo mismo.

Salió con algo de esfuerzo de su mundo de brumas y le miró entonces atento, para añadir con su mejor sonrisa: nunca voy a poder agradecerle lo suficiente estos tres años de regalo. Ni a usted, ni a quien le hizo llegar noticias mías. Siempre creí que, a Doña Carmen, no le hacía ni pizca de gracia, que Pati se relacionara conmigo.

-Voy a decirte algo que no debes olvidar, Ángel. El azar y el destino acostumbran a ir de la mano, por eso, la vida siempre te dará sorpresas. Y prosiguió con un deje de nostalgia-Carmen y tu madre fueron buenas amigas, por si no lo sabías… Y no te olvides del amigo Ovidio, que más allá de ideologías y clases, es todo un descubrimiento. En realidad, ha sido él quien comenzó esta movida y el primero en empezar a indagar en el orfanato y su entorno.

-Sí, lo sé bien. Tengo mucho que agradecer a todos, pero la verdad es que sin él, nada de todo esto hubiese sucedido. Le veo prácticamente todos los días, me está ayudando a adaptarme a la libertad… que por raro que pueda parecer, no me está resultando sencillo. Renunciar a vivir sin referentes, aunque estos sean ‘el enemigo’, es más complicado de lo que parece… es como si no supiera vivir, si no es ‘a la contra’… Aún me resulta extraño, no tener que lucharlo ‘todo’… pero si algo tengo claro es que, la libertad, además de prodigiosa, es ya imprescindible para mí.

-En todo caso, ya la tienes, y me alegra haber sido yo quien te la haya conseguido. Quise mucho a tu abuela y también a tu madre… ¡Mucho! Y te acostumbrarás, antes de lo que piensas, a tu nueva situación.

-¿Conoció también a mi padre?

-Menos. Tu padre, aunque con sus orígenes aquí, era forastero. Pero me consta que era un buen hombre.

-Me gustaría mucho que me hablase de ellos, apenas queda nadie que los conociese de verdad y pueda hacerlo.

-Lo haré, muchacho, pero será otro día. Ahora firma aquí y acabemos con esto.

Así pues, a punto de cumplir los dieciocho, Ángel, se encontraba prácticamente ‘solo ante el peligro’ pero libre al fin!. Después de mucho tiempo, las circunstancias le permitían, además de sonreír sin su cinismo habitual, abandonar su presente rabioso y desesperanzado. En ese momento incierto, pero que en principio, venía a resolver el conflicto permanente en que se había transformado su vida en el devenir por el orfanato, por primera vez, osaba plantearse un futuro, ignoto e impreciso… pero futuro al cabo. Lejos de aquellos muros, iba a sentir un extraño vacío en el estómago, como cuando se está a punto de cruzar un abismo desconocido, y la sensación de ser como un libro en blanco, en el que hubiesen de escribirse un montón de capítulos, de los que nadie más que él sería el autor. Pocas veces más se sentiría tan poderoso.

No obstante, su instinto, siempre tenso como una piel de tambor, le advertía… que esa parte de lo que comenzaba a ser su pasado reciente, además de ser una huella indeleble en su vida no sería sencillo de dejar atrás. Y no se equivocaba.

Pero esa, es otra historia.

 

 

 

 

 

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Intramuros… (Isla XIII)

Dentro de su cabeza, en el mismo volumen de su cuerpo, había una soledad sin nombre. Vacío que llama al vacío. Siempre a la búsqueda de algo perdido, por otro lado, en otra parte, en otro mundo, en un tiempo más antiguo. Siempre llamando a esa otra parte del mundo; teniendo siempre en él -hasta el estupor- como un nombre propio en la punta de la lengua, algo sumamente importante que había olvidado, que buscaba sin parar, sin tregua, allá donde estuviese, en todos los lugares que hubiese en el mundo y cuya carencia era en él como la culpabilidad de cada instante.

Pascal Quignard

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Una indudable vocación para el tema, unido al infortunio de su destino, no tardaron demasiado en transformar a Ángel en un outsider recalcitrante, avezado en todo tipo de fugas en su sentido más literal. Ausentarse del encierro impuesto por sus circunstancias personales, sin importar demasiado si eran horas o días… se fue convirtiendo poco a poco en un reto contra si mismo, pero sobre todo, en un desafío mantenido contra la autoridad que reprimía a los internos. Fugarse, no era solo una liberación para él, con el tiempo, llegó a serlo un poco para todos. Esas escapadas, representaban en muchas ocasiones victorias comunes, por más pírricas que acostumbrasen resultando. Era su manera de hacer frente a una autoridad dura y rigurosa, que en muchas ocasiones sobrepasaba la disciplina hasta lo arbitrario.

El prior Amadeo, de aspecto imponente y de trato áspero y difícil, primaba por encima de todo, la obediencia y sumisión ciega a sus normas que, por supuesto, estaban muy distantes de cualquier pedagogía benévola o tolerante. Firme defensor del: “la letra con sangre entra”, todo lo que se apartase de sus instrucciones, le parecía el caos. No solo le temían los internos, sus abades, también se guardaban tanto como podían de sus intempestivos ataques de ira.

Aún así, Ángel, siempre regresaba de sus huidas porque sabía como único hogar posible a ese hospicio, al que su abuela le había confiado en régimen externo poco antes de morir, para que se fuese adaptando al lugar. Al fallecimiento de la anciana, durante los dos primeros años de interno, había estado bajo el amparo del Abad Arturo, bibliotecario, antiguo prior, y tío abuelo suyo. Una protección que había durado lo que el juicio del anciano, al que una vez demenciado, le fue retirada cualquier responsabilidad. Fue en esa época de acceso ilimitado a la biblioteca, cuando descubrió los antiguos planos de ese pasadizo que comunicaba la tumba de los próceres constructores con el exterior. Su tío, al que empezaba a fallarle la cordura, no solo le confirmó el hecho, sino que llegó a enseñarle las diversas formas de entrar y salir del edificio sin ser visto, previa promesa de que jamás lo revelaría, ni a los pupilos por razones obvias, ni al prior Amadeo, que en su afán de control absoluto de cualquier situación, lo hubiese desmantelado sin dudarlo.

Esa convivencia estrecha con su tío abuelo, le proporcionó las pocas pero útiles armas para sobrevivir allí. Además del conocimiento exhaustivo de la construcción, que en su época de prior hubo de explorar a fondo al dirigir las obras de acondicionamiento para la función a la que estaría destinado, le mostró una cierta forma de enfrentarse a la adversidad. Primero, enseñándole con el ejemplo, la virtud de la ‘resistencia’ a través de los silencios bien administrados o el arte de la distancia justa en un lugar, en principio, lleno de extraños. Segundo, y no menos importante, explicándole los entresijos y rencillas de los que ninguna convivencia prolongada está libre. También le hizo consciente, de la ventaja que representaba pertenecer al bando de los ganadores, al provenir de una familia mártir, intachable para el régimen… y de posibles. Algo, que aún sacaba más de quicio al prior, que le consideraba un ‘traidor’.

Probablemente, el Abad Arturo, de talante mucho más liberal, intuía que cuando él faltase, las pocas prebendas de las que disfrutaba, como el acceso sin restricción a libros y demás elementos de la biblioteca le sería suprimido, y así fue a no tardar, aunque el joven archivero ayudante de su tío, a escondidas del nuevo bibliotecario, siempre le guardó ciertas prerrogativas. El hermano Gonzalo, que colgaría los hábitos unos años más tarde, y que no hubiese tenido precio como espía… era un experto en pasar desapercibido, lo que le permitió ayudarlo en múltiples ocasiones, sin jugársela en exceso. Abandonó la ‘casa’ un día cualquiera, siguiendo sus instrucciones, justo por el mismo pasadizo por el que él se fugaba. Tan solo unos años mayor, ubicaba su primer recuerdo en ese lugar y no tenía nada ni a nadie en la vida. Solo contaba con la formación adquirida en esos años de orfanato, pero aún así, después de haber visto mucho… fue a su encuentro. No podía ser peor que allí dentro. Ambos se profesaban un afecto surgido en los años de cariño y justicia que el tío Arturo había repartido entre los dos. Eran lo más parecido a un hermano o un amigo que se podía tener en sus circunstancias. Lectores voraces de todo tipo de libros, se entendían al primer vistazo y gustaban de comentar y recomendarse títulos y autores o de intercambiar información. Uno la proporcionaba del exterior, el otro de intramuros.

Pero a pesar de esa información privilegiada y de que Gonzalo siempre estuvo ‘ahí’, esas aparentes prebendas, nunca le libraron de recibir su merecido cuando le descubrían transgrediendo las normas del prior. En un internado, sin importar de que clase sea, el atributo más importante de quienes ostentan el poder es la administración de la libertad, y que apenas un mocoso fuese capaz de saltarse a menudo y a voluntad esa prerrogativa, desafiaba de tal forma la autoridad, que el abad, pronto tuvo una querencia adversa que no tardó en desembocar en auténtica inquina hacia él. Y en esa ocasión, además de la fuga habitual, el hecho de introducir a la ‘malvada Eva’ en sus dominios, lo encorajinó de forma singular. Por lo que el castigo debía estar en consonancia y a la altura de la infracción, máxime, cuando la ‘putita’ se había ido de rositas… Alguien debía pagar tanto descaro.

Así que, para cuando Ángel volvió a aparecer en el muro, casi tres meses más tarde, Pati, demudó su semblante al verlo. Aquel, no parecía su amigo, tan solo su sombra…

-¡Por fin!, ¿qué ha pasado?, ¿dónde estabas?, ¿puedes quedarte a hablar?

-Bueno, no podían encerrarme para siempre… aunque esta vez lo he pensado… Gracias, por no decir nada.

Cuanto más lo miraba, menos lo reconocía y peor aspecto le encontraba… volvió a tragar saliva, y solo acertó a decir:

-He venido todos los días…

-Lo sé, me lo han dicho. Me soltaron ayer por la noche.

-¿Qué es el zulo?, ¿porqué estás tan pálido y qué te han hecho en el pelo?, ¿y esa tos?

-Tenía piojos y llevo a la sombra mucho tiempo -resumió, tras una sonrisa tan torva como amarga- y no preguntes tanto que no puedo quedarme. Seguro que me están vigilando. Creo que van a estar muy pendientes de mí y de lo que haga durante una buena temporada. El Abad Amadeo, enloqueció, después de que te fueses al no conseguir que le dijeses nada de nada. Ya hablaremos…

– Te lo prometí. Convencí a mi madre para que preguntase por ti. Y me consta que ella y la superiora de mi cole lo han hecho… pero nadie parecía saber donde estabas, hasta que el Señor Ovidio y mi hermano han pedido visitarte varias veces, y…

-Ahhh… no sé quien es el Sr. Ovidio -la interrumpió- pero ahora se me aclara un poco más el tema, agradéceselo a todos de mi parte. Creo  que estamos hablando hoy, gracias a ellos. Ahora debo irme, ya te haré llegar noticias mías y gracias por no delatarme ni abandonarme.

La apurada y tensa conversación y su aspecto macilento, no hicieron más que encoger aún más el corazón de Pati, que a pesar de conseguir verle, quedó turbada y en suspenso en medio de la calle con una gran sensación de soledad e inquietud. Maldiciéndose de nuevo, por haber insistido tanto en acompañarle aquel día. Todavía no era consciente de que su obstinación en averiguar el porqué de la prolongada ausencia de su amigo, acababa de hacer visible en algunas instancias la punta del iceberg de lo que ocurría tras aquellos muros. No así su amigo, que respiró hondo por primera vez en mucho tiempo al saberse menos solo de lo que creía.

En los próximos días, por más que esperó, no volvió a verle en el muro, pero sí recibió una nota suya a través de Ovidio.

Hola:

no tengo mucho tiempo, me siguen vigilando de cerca, así que seré breve. Muchas gracias de nuevo, por hacer que tanta gente se haya interesado por mi. Ya sé quien es el Sr. Ovidio, pero hiciste bien en hablarme de él,  sino hubiese creído que era el ‘enemigo’. Hoy ha vuelto a visitarme y lo ha conseguido. Parece aún más tozudo que yo, porque incluso ha conseguido que la visita fuese privada. Ni idea de con ¿qué? les puede haber amenazado, aunque haya para escoger… Le he pedido que se ponga en contacto contigo y con Andrés, para que sea él quien os explique todo lo que ha sucedido. Hoy por hoy lo prefiero así… apenas disfruto de privacidad, y, escribirlo, sería peligroso para mí si la carta cayese en las manos equivocadas. Así que habla o hablad… con él, tiene toda la información que me pedías el otro día y alguna más con la que ya decidiréis que debéis o podéis hacer.

Un abrazo para todos.

Ovidio, le salió al paso al abandonar uno de sus turnos en la fundición otro de tantos días en los que ella esperaba ver a su amigo o tener algún tipo de noticias suyas. La encontró mirando hacia arriba, a lo que él creyó el muro… aunque en realidad, la muchacha, miraba al puente que formaba el tendido eléctrico entre los postes que alimentaban de energía la cárcel de su amigo, y que en ese momento se hallaba colmado de pájaros que iban y venían en plena libertad…

 

 

 

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El incidente (Isla XII)

 

Un niño no es un proyecto de hombre o mujer, sino que, como hombre o mujer, somos eso que queda de aquel niño que fuimos, y del que lo perdimos casi todo, un mundo que fue total, cerrado, redondo. Cuando miro mis fotografías de niña me parece descubrir en ellas un reproche, una protesta por lo que hice después con aquella niña. No es tranquilizador mirar el rostro del niño que fuimos, de los misteriosos niños que no murieron ni morirán y nadie sabe donde habitan, quizá en el perfume de una tarde o en la sombra de un árbol que se alza en la memoria.

Ana María Matute

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La luz cenital que inundaba el recinto la deslumbró al salir del angosto y oscuro pasadizo que habían tomado en el bosquecillo que rodeaba la fundición, al otro lado de la calle. Cuando sus ojos asimilaron el entorno, un escalofrío la recorrió al darse cuenta de que se hallaba en una tumba. Su compañero, adivinó su gesto de ir a hablar y selló presto sus labios con el índice en demanda de silencio señalando el exterior. No era infrecuente que a esa hora alguno de los hermanos cocineros se hallase en el huerto colindante. Por señas le indicó que escondiese sus trenzas bajo una gorra, se enfundaron los babis que habían preparado como atrezo de camuflaje y abandonaron la cripta en silencio por una de las troneras laterales, que tuvieron buen cuidado de dejar abierta sin que lo pareciese. Afuera, en mitad del breve y triste cementerio del orfanato, por un momento, Pati, escuchando la frecuencia y la fuerza de sus latidos, pensó que les descubrirían de inmediato, y que quizás, no había sido tan buena idea insistir tanto en acompañarle intramuros. Una frase de su madre la martilleaba insistentemente: ‘la curiosidad mató al gato’… No era capaz de pensar en nada más.

Transcurridos varios minutos de deslizarse con cuidado tras el gran seto del camposanto, que les ocultaba de miradas indiscretas, escuchó una algarabía de voces de otros niños, y en pocos minutos más se encontró en un inmenso patio rodeada de curiosos que querían saber quien era.

-¿Quién es el nuevo, Ángel?

-No os amontonéis a su alrededor, que nos van a ver. Es un amigo externo. Luego os cuento, pero no llamemos la atención.

-No. Cuéntanoslo ahora. Luego no podrás, te han estado buscando. Canta, mientras hacemos unas canicas de pantalla.

-Vale. Vosotros tres no os agachéis, haced de muro y si viene el ‘vigilas o algún ‘loro’ la liais a saco, que nos dé tiempo a volar.

A esas alturas, a Pati,  se le había pasado el temblor de la adrenalina, pero seguía sin apenas poder contener los nervios. Aún así, los estaba machacando con las canicas.

-Ya me extrañaba a mí que con esa pinta de ‘nenaza’ jugases tan bien -manifestó uno de los ocasionales jugadores en cuanto Ángel reveló el sexo de su acompañante-

La carcajada fue general, y la afilada lengua de Pati se mostró de inmediato.

-No pasa nada si te gustan más los tíos. ¿Qué le pasa a este imbécil con las niñas?-rugió por lo bajo, dirigiéndose a Ángel-

-No le hagas caso, sólo lo dice para provocarte.

-Sí, no me lo tengas en cuenta, aquí vemos de todo… menos se-ño-ri-tas -respondió el interesado con retintín- añadiendo con mirada torva- Si quieres, vamos ahí detrás y te cuento lo que me gusta, princesa -e intentó abandonar las cuclillas para avanzar hacia ella-

Después de perder muchas de esas escaramuzas de testosterona ante sus amigos varones, Pati, desde la frialdad y el dominio estratégico que le proporcionaban los mínimos de tal hormona, había aprendido e interiorizado como algo natural y legítimo que, en esas refriegas era importante marcar el territorio y tomar ventaja cuanto antes. Por eso, la canica, salió de sus dedos con conciencia, pero de forma automática y a velocidad estratosférica. Su interlocutor, tuvo el tiempo justo de apartarse para que no le entrase en el ojo izquierdo. Pero su ceja, partida por la mitad, comenzó a sangrar con profusión.

El alboroto fue inmediato, así que después de los insultos preceptivos con la situación desbordada y al descubierto, desde la tribuna de vigilancia, los dos guardianes de esa tarde se acercaban a buen paso.

-Joder, Pati, como la lías…  ¡venga,vámonos! -Ángel, comenzó entonces a dar instrucciones- Si nos pillan, id al muro que da a la fundición y avisad de que ella está aquí a todos los que pasen hasta que os hagan caso. Da lo mismo quienes sean, hacedlo en mitad del follón, después no podréis. Y tú, diles tus apellidos y donde vives para que puedan avisar en tu casa.

Cayeron a la altura del huerto, tras el seto. Ángel, previendo el asunto, valoró, y con dolor de corazón, eso sí… prefirió que los descubriesen. Todo, menos poner en peligro el salvoconducto hacia su libertad intermitente. No iba a venir de un castigo o de cuatro bofetadas más o menos. Pero si descubrían su secreto… ellos habrían ganado la partida, y él, arruinado su única sensación de autonomía y poder.

Sus últimas instrucciones, fueron para ella:

-A ti, no pueden hacerte nada, solo tienes que estar callada. Di solo tu nombre y que quieres irte. O llora. Dependiendo de quien te enganche… te puede dar resultado. -le advirtió-

-Lo siento…. ¿Qué va a pasarte a ti? -replicó ella, cariacontecida y pálida como un cirio-

-Si no hablas, nada que no me haya sucedido antes. Tranquila.

-No hablaré. Te lo prometo.

Los supervisores, que les separaron de un empujón sin contemplaciones para llevarles hasta el edificio principal, no eran religiosos de la orden que regía la Institución, y tenían más pinta de sicarios que de vigilantes de un patio de escolares, en franca inferioridad de condiciones ante ellos. Un sesgo patibulario, con pinta de ser algo buscado para inspirar un respeto que se transformaba en pánico entre los más pequeños o de alma más débil. Y eso fue lo que detectó Pati, mientras desfilaban en medio del pasillo humano que se había arremolinado para verlos pasar hacia el ‘cadalso’. Un miedo triste y profundo, desconocido… como no había visto nunca antes en ningún otro lugar. En la mirada de aquellas pequeñas almas, leyó por primera vez la desolación y la amargura irremediable de la cautividad indefensa.

Ángel, no llegó a entrar en el edificio principal, desapareció con uno de sus acompañantes tras una inmensa escalera descendente, mientras ella, que sí lo hizo, recorrió diferentes estancias y pasillos, para ir a esperar en relativa calma el próximo lance del incidente en lo que parecía el gabinete del bibliotecario. Lo supuso, porque desde allí, se divisaba la biblioteca del edificio en toda su magnificencia. Una auténtica maravilla, que imantó de inmediato su atención hasta la llegada del que conjeturó que sería el hermano prior. En esa prórroga, intentó reflexionar sobre su situación, pero sus pensamientos se amontonaban y dispersaban a un tiempo. Le costaba concentrarse en nada que no fuese aquella belleza… En el fondo, era una forma de recomponerse para evadirse del marrón en que se hallaba y del tremendo remordimiento que sentía por haber puesto a su amigo en un trance desfavorable. Su instinto y las palabras de Ángel, le indicaban que no se iba a ir de rositas… pero por otra parte, intuía que era mejor esperar acontecimientos y actuar sin expectativas. Y entre callar o llorar, como le había aconsejado él, estaba claro que tenía mucha más facilidad para lo primero que para lo segundo. Así que, su única estrategia iba a consistir en cumplir lo prometido a su amigo.

Con la tarde ya entrada en horas, los últimos rayos de sol se tamizaban oblicuos y majestuosos a través de las coloridas e inmensas cristaleras góticas que abrazaban la vasta sala, generando una particular y exótica niebla en la que billones de brillantes partículas de polvo en suspensión brillaban descomponiendo la luz que irisaba las mesas vacías y los lomos de los miles de volúmenes, que reposaban como encantados por algún misterioso hechizo en anaqueles de pulida y trabajada madera o en enormes vitrinas que representaban, de per se, una obra de arte. Pensó, que si la situación no fuese de crisis, estaría deslizándose bajo aquella benéfica claridad, adentrándose por los numerosos e intrincados pasadizos para sentir la caricia de los libros en sus manos… husmeando con fruición el aroma a pergamino y papel viejo. Y sobre todo, para deleitarse en el atlas de un inmenso y más que probable antiquísimo orbe al fondo de uno de los pasillos. Quizás fuese un Piri Reis…

Y en eso estaba, cuando escuchó una puerta abriéndose a su espalda. Un anciano de expresión fría, con cejas mefistofélicas y mirada de halcón se detuvo a estudiarla en silencio, con parsimonia. Valorándola. No le gustó, percibía su energía airada. Su cólera. Pero no bajó la vista, algo la avisaba de que debía mantenerle la mirada a toda costa.

-Está claro que si eres amiga, o lo que sea… de mi mayor dolor de cabeza… -dijo con un leve desprecio en mitad de un suspiro de resignación- ibas a ser maleducada y descarada. Dame tu nombre y dime como has entrado aquí, ahora mismo. Aún no lo sabes, pero te has metido en un lío del demonio, que es quien os inspira a ti y a tu amigo, sin duda. Su voz era suave y apagada, pero en su timbre y en su tono se percibía el poder de quien lo ostenta de forma omnímoda desde hace mucho.

-Pati Domínguez y Novoa, vivo en la calle Soto del Bancal y quiero irme de aquí- dijo con voz clara y una seguridad, que a quien más sorprendió fue a ella misma-

-Pati, no es un nombre -señaló con desdén, el clérigo-

-Hipatia, me llamo Hipatia- repuso desafiante-

-¡Válgame Dios! Si hasta el nombre es pernicioso. Primero, vas a contarme por donde has entrado o te vas a quedar aquí, hasta que yo lo diga. No te irás sin decírmelo.

-En tanto la filípica y las amenazas de todo tipo  de calamidades caían incesantes, ella, extravió su mirada en un horizonte inexistente y guardó silencio. Ahora, la voz, era casi un silbido sordo y según pasaban los minutos, cada vez contenido con más dificultad. Pero se mantuvo firme en la promesa que le había hecho a su amigo. Bastante lo había comprometido ya.

Transcurrido un tiempo difícil de calcular, alguien llamó con los nudillos en los cristales del gabinete sacándola de su ensimismamiento. Al dirigir la vista hacia el sonido, vislumbró a otro de los abades acompañando a su hermano Andrés, que además de sus mejores galas, lucía un semblante serio y circunspecto. Y supo al instante, que su madre, con esa sabiduría que dan los años y las dificultades, había considerado más oportuno que una cuestión de esa índole la tratase un varón, por la comodidad que representaría para su interlocutor y porque ella, jamás quemaría todas las naves en un primer contacto. Por otra parte, su hermano, siempre se había mostrado como un negociador sensato y atemperado, pero duro de roer. En realidad, su trabajo era ese. Negociar. Venía vestido para la ocasión e intentando parecer lo más mayor posible, a sabiendas de que el clero acostumbra a ser respetuoso con las ‘formas’. La última carta en la manga de su progenitora, fue rogar al Señor Ovidio, el obrero de la fundición que trajo la nueva, el favor de que los esperase fuera un tiempo prudencial en previsión de inesperadas eventualidades, a lo que el hombre accedió gustoso con esas ganas de ayudar que suelen tener los humildes de buena índole, la mayor parte de las veces.

-No se preocupe vd. Doña Carmen, que no me vendré sin ellos -declaró resuelto, mientras estrujaba su boina entre las manos-

Y aunque no hizo falta su intervención, era noche cerrada cuando los hermanos abandonaban el lugar. Las campanadas del carillón repicaban con cierto alborozo en el exterior pero retumbaban lúgubres en el interior del viejo edificio, mezclándose con el cántico grave y pesado de los monjes, que resonaba a lo lejos recitando las ‘Completas’. Un abad guía con gesto de estatua, les condujo a través de aquel laberinto fantasmagórico de corredores, galerías y pasillos mal iluminados, en los que se traslucía una siniestra pátina de indescifrable malignidad que daba escalofríos y proyectaba sus sombras sesgadas en los pétreos muros de aquel viejo coloso, dando lugar a un singular y extraño teatro chinesco. A pesar del sigilo que procuraban al caminar en medio de aquella semi-tiniebla y de un silencio que se adivinaba impostado, lleno de hoscas miradas, la deslucida madera del suelo gruñía indiscreta delatándoles a cada paso. Ambos se sabían ahogándose, en aquella atmósfera pesada y sofocante, que solo cesó y les permitió respirar a pleno pulmón… una vez que su lazarillo cerró tras ellos el gran portón y se vieron al aire libre. Bajo las estrellas.

En el exterior, les recibían el trabajador de la fundición que había dado la voz de alarma, cuando dedujo quien era la ‘detenida’ por el domicilio que le proporcionaron las atropelladas explicaciones de los chavales del muro. La Calle Soto del Bancal, era en realidad un corto pasaje sin salida, -más bien paraje- donde solo existía una casa solariega de las más antiguas, por lo que no tuvo que estrujarse demasiado las meninges para saber de quien estaban hablando, aunque solo conocía a Pati  de verla jugar con Saúl, su vecino y ocasional ‘protegido’, así que se hizo acompañar por él para dar la noticia en casa de la accidental ‘detenida’. Y por supuesto, también acudieron a la inesperada cita, además de su amigo Saul, Chema y Chini, avisados y fugados de extranjis en el último momento. Dispuestos a no perderse ripio de lo que sucediese.

-Señor Ovidio, ¿qué va a pasarle a Pati? -inquiría Chini inquieto, minutos antes de que saliesen, en el colmo de la impaciencia.- Los tres le rodeaban expectantes, como si fuese un oráculo- en busca de una tranquilidad que ya tardaba en llegar.

-A ella nada, chaval. Aunque con estos curánganos nunca se sabe… No más allá de la bronca que ya le habrá caído y le caerá… ¡los tiene bien puestos la muchacha!, los del orfanato me han dicho que le ha abierto la ceja a uno que hace dos como ella. Pero yo de vosotros, me preocuparía más por su amigo. Ese, no tiene quien le defienda ni se preocupe de lo que le pueda pasar. El pobre.

Hasta entonces, Ángel, había sido para ellos el ‘extraño amigo de Pati’, que a pesar de estar interno en el orfanato aparecía y desaparecía de forma misteriosa sin dar demasiadas explicaciones. Solo Pati sabía cuando y como se podía contar con él, pero a partir de ese momento, como a casi todas las víctimas de corazón valiente, se le percibió de otro modo. Ese breve episodio fue el punto de inflexión que inició  la ‘leyenda del indomable’, integrándole en el grupo de cabecillas con todos los honores, pasando a ser uno más, cuando no, el caudillo de innumerables lides de aquella singular y peculiar ‘corte de los milagros’.

Una vez en casa, después del consiguiente y agrio rapapolvos que su hermano le administró por el camino, su madre, mirándola de forma severa, como solo ella sabía hacerlo… apostilló un : Ahora estoy demasiado cansada y enojada para hablar de nada contigo. Y por hoy, ya has molestado bastante a todo el mundo, así que’vete a la cama y mañana, ya hablaremos con calma tú y yo -que no presagiaba nada bueno-

Por supuesto, la historia del incidente para Ángel fue distinta. Pero esa, es otra historia.

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Postrera dádiva (Isla XI)

“Al final de este día queda lo que quedó de ayer y quedará de mañana: el ansia insaciable e innúmera de ser siempre el mismo y el otro.”

Fernando Pessoa

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A veces, Ángel exhumaba recuerdos que no creía poseer. No se recreaba en ello, pero en esa ocasión estaba haciendo una excepción. Fue quizás la misma niebla húmeda y pegajosa que suspendió su vuelo aquel día o el sonido monótono y delicado de la lluvia en los cristales del café, lo que desató aquel inesperado flash-back de la larga conversación que mantuvieron en aquella cita. De pronto, el tono bajo y cálido de su voz  le llegaba de nuevo en oleadas, inundándolo una vez más de aquella vaga y cierta sensación de paz.

Ya le costaba evocar sus rasgos… pero ese día la veía con claridad… Recordó haber pensado, que había envejecido bien. El mismo cuello largo siempre erguido y aquella peculiar forma de ladear la cabeza para escuchar. Sus pasos rápidos y seguros y la misma figura menuda de talle ágil un tanto huesuda. Estaba aún más delgada… si cabe. Y aquella mirada camaleónica, densa y oscura, que sabía utilizar como nadie para mantener a su interlocutor a la distancia deseada, quizás lo que más la definía… Solo unas ligeras ojeras, que por desconocimiento de su enfermedad, achacó al cansancio evidente de aquellos días y unas dispersas hebras blancas que comenzaban a ser abundantes en sus sienes de un rubio apagado, daban cuenta del paso de los años en ella.

En aquellos momentos, por unos  instantes le pareció que la mañana se deslizaría en preámbulos, a la expectativa de que el otro desplegase sus velas para comprobar de donde soplaba el viento. La conversación, que a un tercero hubiese podido parecerle suelta y animada, en realidad,  denotaba cierto temor a quedarse en tierra o a navegar con el rumbo errado. Pero a medida que pasaron las horas, rápidas y espesas a un tiempo, todo lo que había acariciado el olvido, se filtró de nuevo en aquella tensión acumulada de ausencias faltas de noticias que poco a poco se fueron desvelando. Y por una vez, fueron capaces de traducir a palabras sus gestos y miradas… pintando un singular lienzo en el que nada fue censurado o excluido de aquel encuentro inesperado por cortesía póstuma de Andrés. Su última oportunidad de explicarse el uno al otro. Como una postrera dádiva.

Reconocieron riendo, haber fantaseado con ese encuentro, que como es natural, no se correspondió en absoluto con nada de lo imaginado en ambas orillas. Ni en el pretexto que lo provocó ni por las secuencias siguientes. Allí contó, más que nada, el factor vida y una tangible capacidad que siempre habían tenido de sorprenderse el uno al otro.

-Así entonces, los Quiroga, fueron una especie de administradores de los caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén, una vez desaparecidos los Templarios.

-Sí, algo así a grandes rasgos. Las órdenes militares, tuvieron muchas Encomiendas en toda Europa por esa época. Una rama perdida de la familia de mi madre fue una de ellas aquí, en ‘illo tempore’. Y mi abuela, tan religiosa ella, conservó toda la documentación de los títulos y cierta tradición al respecto. Cosas de antes, ya sabes…

-¿Y tú, no guardas nada de todo eso?

-Eeehh sí claro, creo que más de un legajo ronda aún por la casa del pueblo. Uno no se desprende de esas cosas. Y así me enteré en su día.

-¿Y el párroco?

-Bueno, supongo que la Iglesia llevará sus registros de forma mucho más concienzuda, sobre todo si implican propiedades o algún tipo de beneficio económico… e imagino que así sería. El padre Antonio, que siempre ha sido un tanto heterodoxo, lo que tiene, es mucho tiempo libre para investigar y no aburrirse demasiado. Y esa iglesia, antes fue monasterio. No sé si has visto la sacristía… fijo, que tiene él más información que yo al respecto.

-Sobre todo más interés – observó ella-

-¡Eso, seguro! Dicen, que de la sacristía parte un tunel que pasa por debajo del agua hasta el otro lado de la montaña.

-Se dicen tantas cosas… pero sí, alguna vez lo escuché de mi madre.

Por algún desconocido mecanismo de relación, o porque el también se escapaba de su cárcel de infancia a través de un túnel, le vino entonces a la memoria el día que se conocieron… y se vio a si mismo en un final de primavera caluroso colgado del muro del orfanato, atento a como una niña de largas trenzas ceniza, sin ser consciente de su observación, regresaba del colegio tomando un helado. Y los quiso. A ella y a su helado.

-Eh tú, niña, dame tu helado! -profirió cuando la tuvo a su altura-

-¿Porqué habría de dártelo? ¿quién eres tú?

-Me llamo Ángel y tengo hambre, por eso debes dármelo. -mintió con aplomo-

Ella entrecerró los ojos, valorándolo, y en aquel mismo momento, supo que no sería la última vez que se verían…

-¿Qué, me lo vas a dar o no?

-Sí, espera… -mientras extraía de su cartera la bolsa de la merienda y su cuerda de saltar a la comba-

-Coge primero la cuerda- dijo lanzándosela-  y yo colgaré la bolsa para que la puedas estirar.

-No soy tonto, ya me lo he imaginado.

-Esa, fue la primera vez que vio el relámpago previo a la tormenta, en su mirada.

-¡No te pases, o me voy!

-Vale, perdona.

El helado, llegó desmontado y lleno de migas dentro de la bolsa, pero aún así, el sabor dulce de la vainilla fría en su paladar le pareció un placer de dioses. Ella le miraba curiosa.

-¿Cómo has dicho que te llamabas? ¿Ángel?

-Sí. ¿Y tú?

-Pati.

-Gracias, Pati.

Fue la primera vez que se sonrieron el uno al otro.

-¿Volverás mañana?

-Paso por aquí todos los días, mientras haya cole…

-No te he visto nunca…

-Ella se encogió de hombros, mientras decía: bueno,  me voy. Mañana traeré algo más.

Y esa fue la primera vez de otras muchas en la que hubiese querido decirle:

-No, espera, no te vayas aún… pero fue también la primera que no lo hizo.

Entre recuerdo y recuerdo, la noche se había apropiado de todo sin transición, y desde la ventana de la cafetería apenas se distinguía ya el exterior. En el coche, con el horizonte y el ánimo más ligeros para proseguir su viaje, los recuerdos no se interrumpieron. Y la megafonía del aeropuerto, comunicando la suspensión, a causa de la niebla, de todos los vuelos aquel lejano día, volvió a resonar en sus oídos como agua de Mayo.

-¿Qué vas a hacer?

-Pues buscar un hotel… ¿qué sino? ¿Y tú?

-Tú diras…

Ella sonrió y dijo segura -Quédate… –

Para cuando la niebla decidió retirarse, tres días más tarde, estaban a bastantes kilómetros de su punto de partida, tejiendo el principio y el final del último capítulo de una historia siempre latente en sus vidas, que fue prólogo y epílogo a un tiempo. Porque nadie guarda la misma sensación de lo vivido, sobre todo en el recuerdo…

Pero esa, también es otra historia.

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El encuentro (Isla X)

Una historia no tiene principio ni fin, solo puertas de entrada.

C. Ruiz Zafón 

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El pintoresco cementerio de la aldea se extendía alrededor de la antigua fortaleza que los siglos y el cristianismo invasor habían reconvertido, primero en monasterio y más tarde en Templo católico. Avanzó despacio entre las tumbas hasta detenerse en el breve muro del norte, desde donde se divisaba todo el valle. Un degradé de espesos bosques e innumerables huertos, pero sobre todo viñedos que se perdían en la noche de los tiempos y en un horizonte que comenzaba a clarear en medio de las espesas brumas que se levantaban desde el inmenso lago que bordeaban.

No podía irse sin hacer esa última visita. Esta vez sola. El párroco, que no tardaría en aparecer, se había ofrecido para ayudarla a esparcir parte de las cenizas y depositar el resto en el minúsculo panteón familiar, tal como hubiese querido Andrés. Allí reposaban todos, su tía, sus abuelos, su madre, su sobrino, su cuñada… y ahora  su hermano. Una estirpe, la materna, que se extinguiría con ella a no tardar. Y mientras su gesto se abría en una negra sonrisa, pensó que lo de guardar secretos, debía ser cosa de familia… porque tampoco ella, con el mismo anhelo que había tenido él de no disgustarla, había sido capaz de sincerarse.

Su padre y esa hermana recién descubierta, le vinieron entonces a la mente. Extrajo la carta del bolso para buscar la foto y escrudiñar algún parecido, por remoto que fuese, en los rasgos de mestiza de aquella niña que sonreía a un desconocido fotógrafo, probablemente su madre. Quizás el gesto… o una singular forma de colocar la cabeza para mirar… Sin duda, había un aire de familia. Fuese como fuese, se prometió a sí misma que si tenía el tiempo suficiente, no abandonaría este mundo sin encontrarla.

Hipatia Domínguez y Novoa, se parecía a su madre en muchas cosas… incluso más de lo que le gustaría… sobre todo en ese afán de controlar su vida y su entorno hasta lo exhaustivo. Una forma de actuar que había respirado desde niña, adoptándola e integrándola en su naturaleza casi sin darse cuenta. Y aunque con el paso de los años, supiese con certeza que la misma paz que le daba ese modo de proceder era proporcional a la soledad que sentía en muchas ocasiones, no sabría como evitarla sin forzarse en exceso. Por más buena que fuese improvisando, que lo era, cuanto más azarosa se mostraba la vida, parecía necesitar más que nunca de cierta anticipación para afrontar los acontecimientos. Y el albur de esa carta inesperada requería de un plan. O mejor, de toda una estrategia.

Unos pasos a su espalda, que supuso del padre rector, la hicieron volverse para comenzar el último cometido de ese viaje.

-Ángel… -dijo en un susurro- y el tiempo se suspendió por un lapso indefinido y largamente intuido por ambos. Uno de esos instantes eternos.

En tiempo real, él, extendió la mano al cabo de unos segundos y la atrajo hacia sí mientras rozaba con sus labios la coronilla de su pelo, murmurando un profundo y auténtico ‘lo siento’.

-Chini dijo que estarías aquí… Me enteré ayer noche, en el café de González.

Por un momento, mientras escuchaba su voz entre sus brazos, le pareció que el frío y la humedad del paraje se disolvían a la misma velocidad que se evaporaban en el tímido sol de aquella hora temprana las nieblas que ascendían del agua.

-¿Qué pasó?

-Estaba mal, pero siempre me lo negaba… ya sabes como era.

-Sí. El mejor de todos nosotros.

Y entonces, sin moverse del útero de aquel abrazo esperado, Pati, se quebró en un llanto incontenible y silencioso que quemó sus mejillas y humedecía el abrigo y los ojos de su amigo.

Los buenos oficios del  cura, que acometió el acto con la delicadeza y la rapidez de un buen profesional y una fría brisa que favoreció sus propósitos, hizo que salieran de allí en poco más de media hora. Para asombro de Pati, el viejo párroco, resultó ser un antiguo conocido de Ángel. Por lo visto, en su día, había sido confesor externo en el orfanato.

Una vez finalizada la breve ceremonia y en cuanto le situó en su memoria, el Padre Antonio se manifestó con claridad y no sin cierta sorpresa.

-¡Hombre! Ángel Pardo de Quiroga -dijo con una amplia sonrisa en su cara- aunque motivos no te falten para pasarte por este lugar, nunca creí que volvería a verte por estos pagos.

-Pensaba que ya me habría olvidado, padre. Poco, pero vengo de vez en cuando. Mi abuela, no se va a ir a ninguna parte -señaló avanzando la barbilla y la mirada, hacia el panteón más importante del pequeño camposanto-  Hoy, he venido de acompañante a despedir a un buen amigo.

-Es difícil olvidar a alguien como tú, hijo. Pero como sea o por lo que sea, el último descendiente en estas tierras de la ‘Encomienda de los Quiroga’ es siempre bienvenido aquí. ¿Qué es de tu vida?

-De aquí para allá… como siempre, padre. Ya me conoce. -Zanjó-

Sí, claro… ¡ en fin! me alegró veros, aunque fuese por un triste motivo. Si me necesitáis- se despidió- ya sabéis donde encontrarme. Pero si vuelves, y aún estoy- apostilló mirándolo fijamente- házmelo saber.

-Así lo haré padre. Descuide.

La mañana mediaba bajo un sol incierto, cuando salieron de allí con la sensación de haber retrocedido un montón de décadas.

-Eres un pozo de sorpresas… apuntó ella.

-Mira quien fue a hablar. ‘Doña secretos’ -sonrió Ángel- ¿has desayunado?

-Un café antes de salir. Vamos si quieres.

-¿Cuándo te vas y qué más tienes que hacer?

-Nada. Me voy esta tarde en el último vuelo.

-Entonces, -le tomó las manos, mirándola a los ojos- esta mañana nos la debemos. Te propongo una cosa, podemos ir en tu coche en dirección al aeropuerto, desayunar por ahí… e incluso comer. No nos va a faltar ni conversación ni  ganas de estar juntos. ¿Qué te parece?

-Un buen plan. Pero a cambio de que por el camino me expliques, qué cosa es una… ¿encomienda? y quiénes eran los Quiroga, para que el clero se les muestre tan propicio. Y has nombrado solo a tu abuela…

-Ya… mis padres vivían en Madrid cuando pasó todo… nunca les encontraron. Así que  vete a saber en que cuneta estarán. En cuanto a lo otro, es una tontería del padre Antonio, que es un romántico. Y está explicado en cinco minutos. Vamos.

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Tarde… (Isla IX)

Los viajeros, al menos, pueden elegir. Los que se hacen a la mar saben que las cosas no serán como en casa. Los exploradores están preparados. Para nosotros, los que viajamos por los vasos sanguíneos, los que llegamos por azar a las ciudades interiores, no hay preparación. Hablamos perfectamente, y nos encontramos con que la vida es un idioma extranjero.

Jeanette Winterson (La Pasión)

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La carta de Andrés, llegaba tarde. Tarde, para cualquier cuestión que hubiese podido arreglarse entre ellos. Tarde, porque la distancia, el desinterés, y la cobardía evidente… como el aceite derramado que se extiende en todas direcciones, resulta prácticamente imposible de recoger sin pringarse… Tarde, porque hay muchas formas de averiguar algo. Pero sobre todo, tarde, por el nivel de practicidad y decisión de a quien iba dirigida. A Carmen, ni se la detenía, ni se la engañaba fácilmente.

Pasado un tiempo más que prudencial sin noticias, se puso en marcha su mecanismo resolutorio. Y ese engranaje implacable, después de múltiples gestiones infructuosas, incluyendo al consulado, resolvió, que teniendo en cuenta que las órdenes religiosas funcionan de facto como multinacionales, no sería difícil que a través de su amiga superiora, sus hermanas homónimas en Buenos Aires, averiguasen con discrección, lo que pudiese estar sucediendo. Y así fue como la razón de tanto silencio, no tardó demasiado en llegar hasta ella.

El descubrimiento de la verdad, después de mucho tiempo de incertidumbre y zozobra, representa siempre un gran alivio, aunque esta no nos favorezca en absoluto. Y eso fue lo que ocurrió. Saber a qué atenerse disolvió la angustia, pero exacerbó el sentimiento de decepción  que ya se había producido tiempo atrás de forma soterrada y no reconocida. Incluso antes de su marcha. Al alma de Carmen, que se alimentaba de la fuerza del orgullo y el deber cumplido, la gente débil, aunque intentaba disimularlo tanto como podía… le inspiraba un sentimiento de desprecio que la hacía sentir culpable, pero que le resultaba insoslayable. En esa ocasión, le pudo el alivio de saber que al padre de sus hijos no le había ocurrido nada irremediable, pero también dio rienda suelta a esa repulsa sin sentirse excesivamente mal.

Pero en aquel ahora, con la carta en sus manos, todo se había vuelto a remover. Así que, después de meditarlo con calma, dejó pasar el tiempo preciso de remansar de nuevo sus aguas interiores antes de responder. Quería y debía hacerlo desde la serenidad. Una tranquilidad, que a quien más le convenía, era a ella misma. No deseaba provocar en él, ni en nadie… el mismo sentimiento de angustia, vacío… y desamparo, que ella había padecido durante todo aquel tiempo de silencio. Menos aún le interesaba la venganza en ninguna de sus versiones. Demasiado karma. Además, en su mismo comportamiento, Andrés, llevaba implícita su sentencia y su penitencia, su carta, rezumaba culpabilidad y tristeza. Tampoco deseaba recuperar un amor que ya no era, ni siquiera al compañero. Pero sí, al padre de sus hijos y por eso debía contestar. Aunque fuese de forma escueta y fría.

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Su respuesta demoró algo más de un mes… y a ella, no tenía acceso nuestra protagonista. Pero si lo tuvo, en circunstancias similares a las suyas, su hermana Carolina en Buenos Aires. Incluso antes de que ella hallase la de su padre. Y este narrador omnisciente, ha tenido a bien traerla hasta aquí 🙂

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Andrés:

Seré muy breve.

Sé de tu vida y circunstancias hace tiempo, por lo que tu situación no es una sorpresa para mí, pero me satisface recibir tu carta y tus explicaciones al fin. Por eso, y no por cansancio o desinterés, dejé de escribirte y preocuparme. Lástima no haberlo sabido antes por ti, me hubiese ahorrado mucha angustia, amén de un sin fin de gestiones para averiguar que estaba sucediendo.

Ya no estoy enfadada, Andrés, y si alguna vez lo estuve, fue porque con esa falta de noticias, que solo por tu miedo a no sé qué? cosa…, me castigaste inmerecidamente durante demasiado tiempo. Lo que digo, puede parecer un reproche y quizás lo sea, pero como comprenderás, a estas alturas, me da lo mismo lo que pienses. En todo caso, no es más que la verdad, que ni puedo ni quiero olvidar.

Pasado un tiempo, lo sospeché… No hace falta ser un lince ni un sabio para saber que estas cosas pasan. Máxime, cuando la distancia de por medio es tanta. No somos los primeros ni los últimos a quienes les sucede una cosa así. Otro asunto, es la forma de enfocarlo de cada uno. La verdad, es que siempre te supe débil pero nunca me imaginé que tan cobarde. Y ya. Que sepas, que por mi parte, no encontrarás rencor ni impedimento alguno para regularizar tu situación, en la Rota o donde sea. Si ese es tu deseo, ponte en contacto con algún abogado experto en el tema, y a través de él, podemos comunicarnos para el papeleo necesario.

Otrosí:

ya no necesito ni de tu concurso económico ni del de nadie. Puedes estar tranquilo. No nos sobra, pero tampoco nos falta nada. Como comprenderás, ante tamaña falta de noticias en todos los sentidos, tiempo ha, que me espabilé en este y otros temas que conciernen a nuestros hijos y a mí. A pesar de todo, aunque el ofrecimiento llegue tarde, gracias por hacerlo. No dejaré de tenerlo en cuenta, y si un día tus hijos lo necesitan, te lo haré saber.

En cuanto a si debo, o no, comunicar a los niños que tienen una hermana, dicho sea sin ánimo de molestar, te diré, que creo que ya no me incumbe a mí hacerte, una vez más, el trabajo ‘sucio’… porque no creo que tal cosa sea responsabilidad mía, sino tuya. Al fin y al cabo, eres el padre de todos.

Es lo que pienso.

Por lo demás, ellos saben de ti, lo que tú has querido que sepan, que te fuiste y que dejaste de escribir. Como tantos otros, que obligados o no, han seguido tu mismo camino de desaparición. Tu sabrás y decidirás si deseas cambiarlo.

Y eso es todo. Ni espero, ni deseo respuesta para mí, pero si me gustaría que reanudases y mantuvieses el contacto con tus hijos. Se lo merecen. No solo son guapos, Andrés, sino muchas cosas más y todas buenas.

¡Suerte!

Carmen

Desde el Corazón de las Tinieblas, 17 de Enero de 1964

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