Crónicas de ninguna parte

Intramuros… (Isla XIII)

Dentro de su cabeza, en el mismo volumen de su cuerpo, había una soledad sin nombre. Vacío que llama al vacío. Siempre a la búsqueda de algo perdido, por otro lado, en otra parte, en otro mundo, en un tiempo más antiguo. Siempre llamando a esa otra parte del mundo; teniendo siempre en él -hasta el estupor- como un nombre propio en la punta de la lengua, algo sumamente importante que había olvidado, que buscaba sin parar, sin tregua, allá donde estuviese, en todos los lugares que hubiese en el mundo y cuya carencia era en él como la culpabilidad de cada instante.

Pascal Quignard

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Una indudable vocación para el tema, unido al infortunio de su destino, no tardaron demasiado en transformar a Ángel en un outsider recalcitrante, avezado en todo tipo de fugas en su sentido más literal. Ausentarse del encierro impuesto por sus circunstancias personales, sin importar demasiado si eran horas o días… se fue convirtiendo poco a poco en un reto contra si mismo, pero sobre todo, en un desafío mantenido contra la autoridad que reprimía  los internos. Fugarse, no era solo una liberación para él, con el tiempo, llegó a serlo un poco para todos. Esas escapadas, representaban en muchas ocasiones victorias comunes, por más pírricas que acostumbrasen resultando. Era su manera de hacer frente a una autoridad dura y rigurosa, que en muchas ocasiones sobrepasaba la disciplina hasta lo arbitrario.

El prior Amadeo, de aspecto imponente y de trato áspero y difícil, primaba por encima de todo, la obediencia y sumisión ciega a sus normas, y por supuesto, estaba muy distante de cualquier pedagogía benévola o tolerante. Firme defensor del: “la letra con sangre entra”, todo lo que se apartase de sus instrucciones, le parecía el caos. No solo le temían los internos, sus abades, también se guardaban tanto como podían de sus intempestivos ataques de ira.

Aún así, Ángel, siempre regresaba de sus huidas porque tenía como único hogar posible a ese hospicio, al que su abuela le había confiado en régimen externo poco antes de morir para que se fuese adaptando al lugar. Al fallecimiento de la anciana, durante los dos primeros años de interno, había estado bajo el amparo del Abad Arturo, bibliotecario, antiguo prior, y tío abuelo suyo. Una protección que había durado lo que el juicio del anciano, al que una vez demenciado, le fue retirada cualquier responsabilidad. Fue en esa época de acceso ilimitado a la biblioteca, cuando descubrió los antiguos planos de ese pasadizo que comunicaba la tumba de los próceres constructores con el exterior. Su tío, al que empezaba a fallarle la cordura, no solo le confirmó el hecho, sino que llegó a enseñarle las diversas formas de entrar y salir del edificio sin ser visto, previa promesa de que jamás lo revelaría, ni a los pupilos por razones obvias, ni al prior Amadeo, que en su afán de control absoluto de cualquier situación, lo hubiese desmantelado sin dudarlo.

Esa convivencia estrecha con su tío abuelo, le proporcionó las pocas pero útiles armas para sobrevivir allí. Además del conocimiento exhaustivo de la construcción, que en su época de prior hubo de explorar a fondo al dirigir las obras de acondicionamiento para la función a la que estaría destinado, le mostró una cierta forma de enfrentarse a la adversidad. Primero, enseñándole con el ejemplo, la virtud de la ‘resistencia’ a través de los silencios bien administrados o el arte de la distancia justa en un lugar, en principio, lleno de extraños. Segundo, y no menos importante, explicándole los entresijos y rencillas de los que ninguna convivencia prolongada está libre. También le hizo consciente, de la ventaja que representaba pertenecer al bando de los ganadores, al provenir de una familia mártir, intachable para el régimen… y de posibles. Algo, que aún sacaba más de quicio al prior, que le consideraba un ‘traidor’.

Probablemente, el Abad Arturo, de talante mucho más liberal, intuía que cuando él faltase, las pocas prebendas de las que disfrutaba, como el acceso sin restricción a libros y demás elementos de la biblioteca le sería suprimido, como así fue a no tardar, aunque el joven archivero ayudante de su tío, a escondidas del nuevo bibliotecario, siempre le guardó ciertas prerrogativas. El hermano Gonzalo, que colgaría los hábitos unos años más tarde, y que no hubiese tenido precio como espía… era un experto en pasar desapercibido, pero abandonó la ‘casa’ un día cualquiera, siguiendo las instrucciones de Ángel, justo por el mismo pasadizo por el que él se fugaba. Tan solo unos años mayor que él, no tenía nada ni a nadie en la vida y solo contaba con la formación adquirida en esos años de orfanato, pero aún así, después de haber visto mucho… fue a su encuentro. No podía ser peor que allí dentro. Ambos se profesaban un afecto surgido en los años de cariño y justicia que el tío Arturo había repartido entre los dos. Lectores voraces de todo tipo de libros, gustaban de comentar y recomendarse títulos y autores o de intercambiar información. Uno la proporcionaba del exterior, el otro de intramuros.

Pero a pesar de esa información privilegiada y de que Gonzalo siempre estuvo ‘ahí’, esas aparentes prebendas, nunca le libraron de recibir su merecido cuando le descubrían transgrediendo las normas del prior. En un internado, sin importar de que clase sea, el atributo más importante de quienes ostentan el poder es la administración de la libertad, y que apenas un mocoso fuese capaz de saltarse a menudo y a voluntad esa prerrogativa, desafiaba de tal forma la autoridad, que el abad, pronto tuvo una querencia adversa que no tardó en desembocar en auténtica inquina hacia él. Y en esa ocasión, además de la fuga habitual, el hecho de introducir a la ‘malvada Eva’ en sus dominios, lo encorajinó de forma singular. Por lo que el castigo debía estar en consonancia y la altura de la infracción, máxime cuando la ‘putita’ se había ido de rositas… Alguien debía pagar tanto descaro.

Así que, para cuando Ángel volvió a aparecer en el muro, casi tres meses más tarde, Pati, demudó su semblante al verlo. Aquel, no parecía su amigo, tan solo su sombra…

-¡Por fin!, ¿qué ha pasado?, ¿dónde estabas?, ¿puedes quedarte a hablar?

-Bueno, no podían encerrarme para siempre… aunque esta vez lo he pensado… Gracias, por no decir nada.

Cuanto más lo miraba, menos lo reconocía y peor aspecto le encontraba… volvió a tragar saliva, y solo acertó a decir:

-He venido todos los días…

-Lo sé, me lo han dicho. Me soltaron ayer por la noche.

-¿Qué es el zulo?, ¿porqué estás tan pálido y qué te han hecho en el pelo?, ¿y esa tos?

-Tenía piojos y llevo a la sombra mucho tiempo -dijo tras una sonrisa tan torva como amarga- y no preguntes tanto que no puedo quedarme. Seguro que me están vigilando. Creo que van a estar muy pendientes de mí y de lo que haga durante una buena temporada. El Abad Amadeo, enloqueció después de que te fueses al no conseguir que le dijeses nada de nada. Ya hablaremos…

-Convencí a mi madre para que preguntase por ti. Y me consta que ella y la superiora de mi cole lo han hecho… pero nadie parecía saber donde estabas, hasta que el Señor Ovidio y mi hermano han pedido visitarte varias veces, y…

-Ahhh… no sé quien es el Sr. Ovidio -la interrumpió- pero ahora se me aclara un poco más el tema, agradéceselo a todos de mi parte. Creo  que estamos hablando hoy, gracias a ellos. Ahora debo irme, ya te haré llegar noticias mías y gracias por no delatarme ni abandonarme.

La apurada y tensa conversación y su aspecto macilento, no hicieron más que encoger aún más el corazón de Pati, que a pesar de conseguir verle, quedó turbada y en suspenso en medio de la calle con una gran sensación de soledad e inquietud. Maldiciéndose de nuevo, por haber insistido tanto en acompañarle aquel día. Todavía no era consciente de que su obstinación en averiguar el porqué de la prolongada ausencia de su amigo, acababa de hacer visible en algunas instancias la punta del iceberg de lo que ocurría tras aquellos muros. No así su amigo, que respiró hondo por primera vez en mucho tiempo al saberse menos solo de lo que creía.

En los próximos días, por más que esperó, no volvió a verle en el muro, pero si recibió una nota suya a través de Ovidio.

Hola:

no tengo mucho tiempo, me siguen vigilando de cerca, así que seré breve. Muchas gracias de nuevo, por hacer que tanta gente se haya interesado por mi. Ya sé quien es el Sr. Ovidio, pero hiciste bien en hablarme de él,  sino hubiese creído que era el ‘enemigo’. Hoy ha vuelto a visitarme y lo ha conseguido. Parece aún más tozudo que yo, porque incluso ha conseguido que la visita fuese privada. Ni idea de con ¿qué? les puede haber amenazado, aunque haya para escoger… Le he pedido que se ponga en contacto contigo y con Andrés, para que sea él quien os explique todo lo que ha sucedido. Hoy por hoy, apenas disfruto de privacidad y lo prefiero así… escribirlo, sería peligroso para mí si la carta cayese en las manos equivocadas. Así que habla o hablad… con él, tiene toda la información que me pedías el otro día y alguna más con la que ya decidiréis que debéis o podéis hacer.

Un abrazo para todos.

Ovidio, le salió al paso al abandonar uno de sus turnos en la fundición otro de tantos días en los que ella esperaba ver a su amigo o tener algún tipo de noticias suyas. La encontró mirando hacia arriba, a lo que él creyó el muro… aunque en realidad, la muchacha, miraba al puente que formaba el tendido eléctrico entre los postes que alimentaban de energía la cárcel de su amigo, y que en ese momento se hallaba colmado de pájaros que iban y venían en plena libertad…

 

 

 

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El incidente (Isla XII)

 

Un niño no es un proyecto de hombre o mujer, sino que, como hombre o mujer, somos eso que queda de aquel niño que fuimos, y del que lo perdimos casi todo, un mundo que fue total, cerrado, redondo. Cuando miro mis fotografías de niña me parece descubrir en ellas un reproche, una protesta por lo que hice después con aquella niña. No es tranquilizador mirar el rostro del niño que fuimos, de los misteriosos niños que no murieron ni morirán y nadie sabe donde habitan, quizá en el perfume de una tarde o en la sombra de un árbol que se alza en la memoria.

Ana María Matute

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La luz cenital que inundaba el recinto la deslumbró al salir del angosto y oscuro pasadizo que habían tomado en el bosquecillo que rodeaba la fundición, al otro lado de la calle. Cuando sus ojos asimilaron el entorno, un escalofrío la recorrió al darse cuenta de que se hallaba en una tumba. Su compañero, adivinó su gesto de ir a hablar y selló presto sus labios con el índice en demanda de silencio señalando el exterior. No era infrecuente que a esa hora alguno de los hermanos cocineros se hallase en el huerto colindante. Por señas le indicó que escondiese sus trenzas bajo una gorra, se enfundaron los babis que habían preparado como atrezo de camuflaje y abandonaron la cripta en silencio por una de las troneras laterales, que tuvieron buen cuidado de dejar abierta sin que lo pareciese. Afuera, en mitad del breve y triste cementerio del orfanato, por un momento, Pati, escuchando la frecuencia y la fuerza de sus latidos, pensó que les descubrirían de inmediato, y que quizás, no había sido tan buena idea insistir tanto en acompañarle intramuros. Una frase de su madre la martilleaba insistentemente: ‘la curiosidad mató al gato’… No era capaz de pensar en nada más.

Transcurridos varios minutos de deslizarse con cuidado tras el gran seto del camposanto, que les ocultaba de miradas indiscretas, escuchó una algarabía de voces de otros niños, y en pocos minutos más se encontró en un inmenso patio rodeada de curiosos que querían saber quien era.

-¿Quién es el nuevo, Ángel?

-No os amontonéis a su alrededor, que nos van a ver. Es un amigo externo. Luego os cuento, pero no llamemos la atención.

-No. Cuéntanoslo ahora. Luego no podrás, te han estado buscando. Canta, mientras hacemos unas canicas de pantalla.

-Vale. Vosotros tres no os agachéis, haced de muro y si viene el ‘vigilas o algún ‘loro’ la liais a saco, que nos dé tiempo a volar.

A esas alturas, a Pati,  se le había pasado el temblor de la adrenalina, pero seguía sin apenas poder contener los nervios. Aún así, los estaba machacando con las canicas.

-Ya me extrañaba a mí que con esa pinta de ‘nenaza’ jugases tan bien -manifestó uno de los ocasionales jugadores en cuanto Ángel reveló el sexo de su acompañante-

La carcajada fue general, y la afilada lengua de Pati se mostró de inmediato.

-No pasa nada si te gustan más los tíos. ¿Qué le pasa a este imbécil con las niñas?-rugió por lo bajo, dirigiéndose a Ángel-

-No le hagas caso, sólo lo dice para provocarte.

-Sí, no me lo tengas en cuenta, aquí vemos de todo… menos se-ño-ri-tas -respondió el interesado con retintín- añadiendo con mirada torva- Si quieres, vamos ahí detrás y te cuento lo que me gusta, princesa -e intentó abandonar las cuclillas para avanzar hacia ella-

Después de perder muchas de esas escaramuzas de testosterona ante sus amigos varones, Pati, desde la frialdad y el dominio estratégico que le proporcionaban los mínimos de tal hormona, había aprendido e interiorizado como algo natural y legítimo que, en esas refriegas era importante marcar el territorio y tomar ventaja cuanto antes. Por eso, la canica, salió de sus dedos con conciencia, pero de forma automática y a velocidad estratosférica. Su interlocutor, tuvo el tiempo justo de apartarse para que no le entrase en el ojo izquierdo. Pero su ceja, partida por la mitad, comenzó a sangrar con profusión.

El alboroto fue inmediato, así que después de los insultos preceptivos con la situación desbordada y al descubierto, desde la tribuna de vigilancia, los dos guardianes de esa tarde se acercaban a buen paso.

-Joder, Pati, como la lías…  ¡venga,vámonos! -Ángel, comenzó entonces a dar instrucciones- Si nos pillan, id al muro que da a la fundición y avisad de que ella está aquí a todos los que pasen hasta que os hagan caso. Da lo mismo quienes sean, hacedlo en mitad del follón, después no podréis. Y tú, diles tus apellidos y donde vives para que puedan avisar en tu casa.

Cayeron a la altura del huerto, tras el seto. Ángel, previendo el asunto, valoró, y con dolor de corazón, eso sí… prefirió que los descubriesen. Todo, menos poner en peligro el salvoconducto hacia su libertad intermitente. No iba a venir de un castigo o de cuatro bofetadas más o menos. Pero si descubrían su secreto… ellos habrían ganado la partida, y él, arruinado su única sensación de autonomía y poder.

Sus últimas instrucciones, fueron para ella:

-A ti, no pueden hacerte nada, solo tienes que estar callada. Di solo tu nombre y que quieres irte. O llora. Dependiendo de quien te enganche… te puede dar resultado. -le advirtió-

-Lo siento…. ¿Qué va a pasarte a ti? -replicó ella, cariacontecida y pálida como un cirio-

-Si no hablas, nada que no me haya sucedido antes. Tranquila.

-No hablaré. Te lo prometo.

Los supervisores, que les separaron de un empujón sin contemplaciones para llevarles hasta el edificio principal, no eran religiosos de la orden que regía la Institución, y tenían más pinta de sicarios que de vigilantes de un patio de escolares, en franca inferioridad de condiciones ante ellos. Un sesgo patibulario, con pinta de ser algo buscado para inspirar un respeto que se transformaba en pánico entre los más pequeños o de alma más débil. Y eso fue lo que detectó Pati, mientras desfilaban en medio del pasillo humano que se había arremolinado para verlos pasar hacia el ‘cadalso’. Un miedo triste y profundo, desconocido… como no había visto nunca antes en ningún otro lugar. En la mirada de aquellas pequeñas almas, leyó por primera vez la desolación y la amargura irremediable de la cautividad indefensa.

Ángel, no llegó a entrar en el edificio principal, desapareció con uno de sus acompañantes tras una inmensa escalera descendente, mientras ella, que sí lo hizo, recorrió diferentes estancias y pasillos, para ir a esperar en relativa calma el próximo lance del incidente en lo que parecía el gabinete del bibliotecario. Lo supuso, porque desde allí, se divisaba la biblioteca del edificio en toda su magnificencia. Una auténtica maravilla, que imantó de inmediato su atención hasta la llegada del que conjeturó que sería el hermano prior. En esa prórroga, intentó reflexionar sobre su situación, pero sus pensamientos se amontonaban y dispersaban a un tiempo. Le costaba concentrarse en nada que no fuese aquella belleza… En el fondo, era una forma de recomponerse para evadirse del marrón en que se hallaba y del tremendo remordimiento que sentía por haber puesto a su amigo en un trance desfavorable. Su instinto y las palabras de Ángel, le indicaban que no se iba a ir de rositas… pero por otra parte, intuía que era mejor esperar acontecimientos y actuar sin expectativas. Y entre callar o llorar, como le había aconsejado él, estaba claro que tenía mucha más facilidad para lo primero que para lo segundo. Así que, su única estrategia iba a consistir en cumplir lo prometido a su amigo.

Con la tarde ya entrada en horas, los últimos rayos de sol se tamizaban oblicuos y majestuosos a través de las coloridas e inmensas cristaleras góticas que abrazaban la vasta sala, generando una particular y exótica niebla en la que billones de brillantes partículas de polvo en suspensión brillaban descomponiendo la luz que irisaba las mesas vacías y los lomos de los miles de volúmenes, que reposaban como encantados por algún misterioso hechizo en anaqueles de pulida y trabajada madera o en enormes vitrinas que representaban, de per se, una obra de arte. Pensó, que si la situación no fuese de crisis, estaría deslizándose bajo aquella benéfica claridad, adentrándose por los numerosos e intrincados pasadizos para sentir la caricia de los libros en sus manos… husmeando con fruición el aroma a pergamino y papel viejo. Y sobre todo, para deleitarse en el atlas de un inmenso y más que probable antiquísimo orbe al fondo de uno de los pasillos. Quizás fuese un Piri Reis…

Y en eso estaba, cuando escuchó una puerta abriéndose a su espalda. Un anciano de expresión fría, con cejas mefistofélicas y mirada de halcón se detuvo a estudiarla en silencio, con parsimonia. Valorándola. No le gustó, percibía su energía airada. Su cólera. Pero no bajó la vista, algo la avisaba de que debía mantenerle la mirada a toda costa.

-Está claro que si eres amiga, o lo que sea… de mi mayor dolor de cabeza… -dijo con un leve desprecio en mitad de un suspiro de resignación- ibas a ser maleducada y descarada. Dame tu nombre y dime como has entrado aquí, ahora mismo. Aún no lo sabes, pero te has metido en un lío del demonio, que es quien os inspira a ti y a tu amigo, sin duda. Su voz era suave y apagada, pero en su timbre y en su tono se percibía el poder de quien lo ostenta de forma omnímoda desde hace mucho.

-Pati Domínguez y Novoa, vivo en la calle Soto del Bancal y quiero irme de aquí- dijo con voz clara y una seguridad, que a quien más sorprendió fue a ella misma-

-Pati, no es un nombre -señaló con desdén, el clérigo-

-Hipatia, me llamo Hipatia- repuso desafiante-

-¡Válgame Dios! Si hasta el nombre es pernicioso. Primero, vas a contarme por donde has entrado o te vas a quedar aquí, hasta que yo lo diga. No te irás sin decírmelo.

-En tanto la filípica y las amenazas de todo tipo  de calamidades caían incesantes, ella, extravió su mirada en un horizonte inexistente y guardó silencio. Ahora, la voz, era casi un silbido sordo y según pasaban los minutos, cada vez contenido con más dificultad. Pero se mantuvo firme en la promesa que le había hecho a su amigo. Bastante lo había comprometido ya.

Transcurrido un tiempo difícil de calcular, alguien llamó con los nudillos en los cristales del gabinete sacándola de su ensimismamiento. Al dirigir la vista hacia el sonido, vislumbró a otro de los abades acompañando a su hermano Andrés, que además de sus mejores galas, lucía un semblante serio y circunspecto. Y supo al instante, que su madre, con esa sabiduría que dan los años y las dificultades, había considerado más oportuno que una cuestión de esa índole la tratase un varón, por la comodidad que representaría para su interlocutor y porque ella, jamás quemaría todas las naves en un primer contacto. Por otra parte, su hermano, siempre se había mostrado como un negociador sensato y atemperado, pero duro de roer. En realidad, su trabajo era ese. Negociar. Venía vestido para la ocasión e intentando parecer lo más mayor posible, a sabiendas de que el clero acostumbra a ser respetuoso con las ‘formas’. La última carta en la manga de su progenitora, fue rogar al Señor Ovidio, el obrero de la fundición que trajo la nueva, el favor de que los esperase fuera un tiempo prudencial en previsión de inesperadas eventualidades, a lo que el hombre accedió gustoso con esas ganas de ayudar que suelen tener los humildes de buena índole, la mayor parte de las veces.

-No se preocupe vd. Doña Carmen, que no me vendré sin ellos -declaró resuelto, mientras estrujaba su boina entre las manos-

Y aunque no hizo falta su intervención, era noche cerrada cuando los hermanos abandonaban el lugar. Las campanadas del carillón repicaban con cierto alborozo en el exterior pero retumbaban lúgubres en el interior del viejo edificio, mezclándose con el cántico grave y pesado de los monjes, que resonaba a lo lejos recitando las ‘Completas’. Un abad guía con gesto de estatua, les condujo a través de aquel laberinto fantasmagórico de corredores, galerías y pasillos mal iluminados, en los que se traslucía una siniestra pátina de indescifrable malignidad que daba escalofríos y proyectaba sus sombras sesgadas en los pétreos muros de aquel viejo coloso, dando lugar a un singular y extraño teatro chinesco. A pesar del sigilo que procuraban al caminar en medio de aquella semi-tiniebla y de un silencio que se adivinaba impostado, lleno de hoscas miradas, la deslucida madera del suelo gruñía indiscreta delatándoles a cada paso. Ambos se sabían ahogándose, en aquella atmósfera pesada y sofocante, que solo cesó y les permitió respirar a pleno pulmón… una vez que su lazarillo cerró tras ellos el gran portón y se vieron al aire libre. Bajo las estrellas.

En el exterior, les recibían el trabajador de la fundición que había dado la voz de alarma, cuando dedujo quien era la ‘detenida’ por el domicilio que le proporcionaron las atropelladas explicaciones de los chavales del muro. La Calle Soto del Bancal, era en realidad un corto pasaje sin salida, -más bien paraje- donde solo existía una casa solariega de las más antiguas, por lo que no tuvo que estrujarse demasiado las meninges para saber de quien estaban hablando, aunque solo conocía a Pati  de verla jugar con Saúl, su vecino y ocasional ‘protegido’, así que se hizo acompañar por él para dar la noticia en casa de la accidental ‘detenida’. Y por supuesto, también acudieron a la inesperada cita, además de su amigo Saul, Chema y Chini, avisados y fugados de extranjis en el último momento. Dispuestos a no perderse ripio de lo que sucediese.

-Señor Ovidio, ¿qué va a pasarle a Pati? -inquiría Chini inquieto, minutos antes de que saliesen, en el colmo de la impaciencia.- Los tres le rodeaban expectantes, como si fuese un oráculo- en busca de una tranquilidad que ya tardaba en llegar.

-A ella nada, chaval. Aunque con estos curánganos nunca se sabe… No más allá de la bronca que ya le habrá caído y le caerá… ¡los tiene bien puestos la muchacha!, los del orfanato me han dicho que le ha abierto la ceja a uno que hace dos como ella. Pero yo de vosotros, me preocuparía más por su amigo. Ese, no tiene quien le defienda ni se preocupe de lo que le pueda pasar. El pobre.

Hasta entonces, Ángel, había sido para ellos el ‘extraño amigo de Pati’, que a pesar de estar interno en el orfanato aparecía y desaparecía de forma misteriosa sin dar demasiadas explicaciones. Solo Pati sabía cuando y como se podía contar con él, pero a partir de ese momento, como a casi todas las víctimas de corazón valiente, se le percibió de otro modo. Ese breve episodio fue el punto de inflexión que inició  la ‘leyenda del indomable’, integrándole en el grupo de cabecillas con todos los honores, pasando a ser uno más, cuando no, el caudillo de innumerables lides de aquella singular y peculiar ‘corte de los milagros’.

Una vez en casa, después del consiguiente y agrio rapapolvos que su hermano le administró por el camino, su madre, mirándola de forma severa, como solo ella sabía hacerlo… apostilló un : Ahora estoy demasiado cansada y enojada para hablar de nada contigo. Y por hoy, ya has molestado bastante a todo el mundo, así que’vete a la cama y mañana, ya hablaremos con calma tú y yo -que no presagiaba nada bueno-

Por supuesto, la historia del incidente para Ángel fue distinta. Pero esa, es otra historia.

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Postrera dádiva (Isla XI)

“Al final de este día queda lo que quedó de ayer y quedará de mañana: el ansia insaciable e innúmera de ser siempre el mismo y el otro.”

Fernando Pessoa

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A veces, Ángel exhumaba recuerdos que no creía poseer. No se recreaba en ello, pero en esa ocasión estaba haciendo una excepción. Fue quizás la misma niebla húmeda y pegajosa que suspendió su vuelo aquel día o el sonido monótono y delicado de la lluvia en los cristales del café, lo que desató aquel inesperado flash-back de la larga conversación que mantuvieron en aquella cita. De pronto, el tono bajo y cálido de su voz  le llegaba de nuevo en oleadas, inundándolo una vez más de aquella vaga y cierta sensación de paz.

Ya le costaba evocar sus rasgos… pero ese día la veía con claridad… Recordó haber pensado, que había envejecido bien. El mismo cuello largo siempre erguido y aquella peculiar forma de ladear la cabeza para escuchar. Sus pasos rápidos y seguros y la misma figura menuda de talle ágil un tanto huesuda. Estaba aún más delgada… si cabe. Y aquella mirada camaleónica, densa y oscura, que sabía utilizar como nadie para mantener a su interlocutor a la distancia deseada, quizás lo que más la definía… Solo unas ligeras ojeras, que por desconocimiento de su enfermedad, achacó al cansancio evidente de aquellos días y unas dispersas hebras blancas que comenzaban a ser abundantes en sus sienes de un rubio apagado, daban cuenta del paso de los años en ella.

En aquellos momentos, por unos  instantes le pareció que la mañana se deslizaría en preámbulos, a la expectativa de que el otro desplegase sus velas para comprobar de donde soplaba el viento. La conversación, que a un tercero hubiese podido parecerle suelta y animada, en realidad,  denotaba cierto temor a quedarse en tierra o a navegar con el rumbo errado. Pero a medida que pasaron las horas, rápidas y espesas a un tiempo, todo lo que había acariciado el olvido, se filtró de nuevo en aquella tensión acumulada de ausencias faltas de noticias que poco a poco se fueron desvelando. Y por una vez, fueron capaces de traducir a palabras sus gestos y miradas… pintando un singular lienzo en el que nada fue censurado o excluido de aquel encuentro inesperado por cortesía póstuma de Andrés. Su última oportunidad de explicarse el uno al otro. Como una postrera dádiva.

Reconocieron riendo, haber fantaseado con ese encuentro, que como es natural, no se correspondió en absoluto con nada de lo imaginado en ambas orillas. Ni en el pretexto que lo provocó ni por las secuencias siguientes. Allí contó, más que nada, el factor vida y una tangible capacidad que siempre habían tenido de sorprenderse el uno al otro.

-Así entonces, los Quiroga, fueron una especie de administradores de los caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén, una vez desaparecidos los Templarios.

-Sí, algo así a grandes rasgos. Las órdenes militares, tuvieron muchas Encomiendas en toda Europa por esa época. Una rama perdida de la familia de mi madre fue una de ellas aquí, en ‘illo tempore’. Y mi abuela, tan religiosa ella, conservó toda la documentación de los títulos y cierta tradición al respecto. Cosas de antes, ya sabes…

-¿Y tú, no guardas nada de todo eso?

-Eeehh sí claro, creo que más de un legajo ronda aún por la casa del pueblo. Uno no se desprende de esas cosas. Y así me enteré en su día.

-¿Y el párroco?

-Bueno, supongo que la Iglesia llevará sus registros de forma mucho más concienzuda, sobre todo si implican propiedades o algún tipo de beneficio económico… e imagino que así sería. El padre Antonio, que siempre ha sido un tanto heterodoxo, lo que tiene, es mucho tiempo libre para investigar y no aburrirse demasiado. Y esa iglesia, antes fue monasterio. No sé si has visto la sacristía… fijo, que tiene él más información que yo al respecto.

-Sobre todo más interés – observó ella-

-¡Eso, seguro! Dicen, que de la sacristía parte un tunel que pasa por debajo del agua hasta el otro lado de la montaña.

-Se dicen tantas cosas… pero sí, alguna vez lo escuché de mi madre.

Por algún desconocido mecanismo de relación, o porque el también se escapaba de su cárcel de infancia a través de un túnel, le vino entonces a la memoria el día que se conocieron… y se vio a si mismo en un final de primavera caluroso colgado del muro del orfanato, atento a como una niña de largas trenzas ceniza, sin ser consciente de su observación, regresaba del colegio tomando un helado. Y los quiso. A ella y a su helado.

-Eh tú, niña, dame tu helado! -profirió cuando la tuvo a su altura-

-¿Porqué habría de dártelo? ¿quién eres tú?

-Me llamo Ángel y tengo hambre, por eso debes dármelo. -mintió con aplomo-

Ella entrecerró los ojos, valorándolo, y en aquel mismo momento, supo que no sería la última vez que se verían…

-¿Qué, me lo vas a dar o no?

-Sí, espera… -mientras extraía de su cartera la bolsa de la merienda y su cuerda de saltar a la comba-

-Coge primero la cuerda- dijo lanzándosela-  y yo colgaré la bolsa para que la puedas estirar.

-No soy tonto, ya me lo he imaginado.

-Esa, fue la primera vez que vio el relámpago previo a la tormenta, en su mirada.

-¡No te pases, o me voy!

-Vale, perdona.

El helado, llegó desmontado y lleno de migas dentro de la bolsa, pero aún así, el sabor dulce de la vainilla fría en su paladar le pareció un placer de dioses. Ella le miraba curiosa.

-¿Cómo has dicho que te llamabas? ¿Ángel?

-Sí. ¿Y tú?

-Pati.

-Gracias, Pati.

Fue la primera vez que se sonrieron el uno al otro.

-¿Volverás mañana?

-Paso por aquí todos los días, mientras haya cole…

-No te he visto nunca…

-Ella se encogió de hombros, mientras decía: bueno,  me voy. Mañana traeré algo más.

Y esa fue la primera vez de otras muchas en la que hubiese querido decirle:

-No, espera, no te vayas aún… pero fue también la primera que no lo hizo.

Entre recuerdo y recuerdo, la noche se había apropiado de todo sin transición, y desde la ventana de la cafetería apenas se distinguía ya el exterior. En el coche, con el horizonte y el ánimo más ligeros para proseguir su viaje, los recuerdos no se interrumpieron. Y la megafonía del aeropuerto, comunicando la suspensión, a causa de la niebla, de todos los vuelos aquel lejano día, volvió a resonar en sus oídos como agua de Mayo.

-¿Qué vas a hacer?

-Pues buscar un hotel… ¿qué sino? ¿Y tú?

-Tú diras…

Ella sonrió y dijo segura -Quédate… –

Para cuando la niebla decidió retirarse, tres días más tarde, estaban a bastantes kilómetros de su punto de partida, tejiendo el principio y el final del último capítulo de una historia siempre latente en sus vidas, que fue prólogo y epílogo a un tiempo. Porque nadie guarda la misma sensación de lo vivido, sobre todo en el recuerdo…

Pero esa, también es otra historia.

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El encuentro (Isla X)

Una historia no tiene principio ni fin, solo puertas de entrada.

C. Ruiz Zafón 

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El pintoresco cementerio de la aldea se extendía alrededor de la antigua fortaleza que los siglos y el cristianismo invasor habían reconvertido, primero en monasterio y más tarde en Templo católico. Avanzó despacio entre las tumbas hasta detenerse en el breve muro del norte, desde donde se divisaba todo el valle. Un degradé de espesos bosques e innumerables huertos, pero sobre todo viñedos que se perdían en la noche de los tiempos y en un horizonte que comenzaba a clarear en medio de las espesas brumas que se levantaban desde el inmenso lago que bordeaban.

No podía irse sin hacer esa última visita. Esta vez sola. El párroco, que no tardaría en aparecer, se había ofrecido para ayudarla a esparcir parte de las cenizas y depositar el resto en el minúsculo panteón familiar, tal como hubiese querido Andrés. Allí reposaban todos, su tía, sus abuelos, su madre, su sobrino, su cuñada… y ahora  su hermano. Una estirpe, la materna, que se extinguiría con ella a no tardar. Y mientras su gesto se abría en una negra sonrisa, pensó que lo de guardar secretos, debía ser cosa de familia… porque tampoco ella, con el mismo anhelo que había tenido él de no disgustarla, había sido capaz de sincerarse.

Su padre y esa hermana recién descubierta, le vinieron entonces a la mente. Extrajo la carta del bolso para buscar la foto y escrudiñar algún parecido, por remoto que fuese, en los rasgos de mulata de aquella niña que sonreía a un desconocido fotógrafo, probablemente su madre. Quizás el gesto… o una singular forma de colocar la cabeza para mirar… Sin duda, había un aire de familia. Fuese como fuese, se prometió a sí misma que si tenía el tiempo suficiente, no abandonaría este mundo sin encontrarla.

Hipatia Domínguez y Novoa, se parecía a su madre en muchas cosas… incluso más de lo que le gustaría… sobre todo en ese afán de controlar su vida y su entorno hasta lo exhaustivo. Una forma de actuar que había respirado desde niña, adoptándola e integrándola en su naturaleza casi sin darse cuenta. Y aunque con el paso de los años, supiese con certeza que la misma paz que le daba ese modo de proceder era proporcional a la soledad que sentía en muchas ocasiones, no sabría como evitarla sin forzarse en exceso. Por más buena que fuese improvisando, que lo era, cuanto más azarosa se mostraba la vida, parecía necesitar más que nunca de cierta anticipación para afrontar los acontecimientos. Y el albur de esa carta inesperada requería de un plan. O mejor, de toda una estrategia.

Unos pasos a su espalda, que supuso del padre rector, la hicieron volverse para comenzar el último cometido de ese viaje.

-Ángel… -dijo en un susurro- y el tiempo se suspendió por un lapso indefinido y largamente intuido por ambos. Uno de esos instantes eternos.

En tiempo real, él, extendió la mano al cabo de unos segundos y la atrajo hacia sí mientras rozaba con sus labios la coronilla de su pelo, murmurando un profundo y auténtico ‘lo siento’.

-Chini dijo que estarías aquí… Me enteré ayer noche, en el café de González.

Por un momento, mientras escuchaba su voz entre sus brazos, le pareció que el frío y la humedad del paraje se disolvían a la misma velocidad que se evaporaban en el tímido sol de aquella hora temprana las nieblas que ascendían del agua.

-¿Qué pasó?

-Estaba mal, pero siempre me lo negaba… ya sabes como era.

-Sí. El mejor de todos nosotros.

Y entonces, sin moverse del útero de aquel abrazo esperado, Pati, se quebró en un llanto incontenible y silencioso que quemó sus mejillas y humedecía el abrigo y los ojos de su amigo.

Los buenos oficios del  cura, que acometió el acto con la delicadeza y la rapidez de un buen profesional y una fría brisa que favoreció sus propósitos, hizo que salieran de allí en poco más de media hora. Para asombro de Pati, el viejo párroco, resultó ser un antiguo conocido de Ángel. Por lo visto, en su día, había sido confesor externo en el orfanato.

Una vez finalizada la breve ceremonia y en cuanto le situó en su memoria, el Padre Antonio se manifestó con claridad y no sin cierta sorpresa.

-¡Hombre! Ángel Pardo de Quiroga -dijo con una amplia sonrisa en su cara- aunque motivos no te falten para pasarte por este lugar, nunca creí que volvería a verte por estos pagos.

-Pensaba que ya me habría olvidado, padre. Poco, pero vengo de vez en cuando. Mi abuela, no se va a ir a ninguna parte -señaló avanzando la barbilla y la mirada, hacia el panteón más importante del pequeño camposanto-  Hoy, he venido de acompañante a despedir a un buen amigo.

-Es difícil olvidar a alguien como tú, hijo. Pero como sea o por lo que sea, el último descendiente en estas tierras de la ‘Encomienda de los Quiroga’ es siempre bienvenido aquí. ¿Qué es de tu vida?

-De aquí para allá… como siempre, padre. Ya me conoce. -Zanjó-

Sí, claro… ¡ en fin! me alegró veros, aunque fuese por un triste motivo. Si me necesitáis- se despidió- ya sabéis donde encontrarme. Pero si vuelves, y aún estoy- apostilló mirándolo fijamente- házmelo saber.

-Así lo haré padre. Descuide.

La mañana mediaba bajo un sol incierto, cuando salieron de allí con la sensación de haber retrocedido un montón de décadas.

-Eres un pozo de sorpresas… apuntó ella.

-Mira quien fue a hablar. ‘Doña secretos’ -sonrió Ángel- ¿has desayunado?

-Un café antes de salir. Vamos si quieres.

-¿Cuándo te vas y qué más tienes que hacer?

-Nada. Me voy esta tarde en el último vuelo.

-Entonces, -le tomó las manos, mirándola a los ojos- esta mañana nos la debemos. Te propongo una cosa, podemos ir en tu coche en dirección al aeropuerto, desayunar por ahí… e incluso comer. No nos va a faltar ni conversación ni  ganas de estar juntos. ¿Qué te parece?

-Un buen plan. Pero a cambio de que por el camino me expliques, qué cosa es una… ¿encomienda? y quiénes eran los Quiroga, para que el clero se les muestre tan propicio. Y has nombrado solo a tu abuela…

-Ya… mis padres vivían en Madrid cuando pasó todo… nunca les encontraron. Así que  vete a saber en que cuneta estarán. En cuanto a lo otro, es una tontería del padre Antonio, que es un romántico. Y está explicado en cinco minutos. Vamos.

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Tarde… (Isla IX)

Los viajeros, al menos, pueden elegir. Los que se hacen a la mar saben que las cosas no serán como en casa. Los exploradores están preparados. Para nosotros, los que viajamos por los vasos sanguíneos, los que llegamos por azar a las ciudades interiores, no hay preparación. Hablamos perfectamente, y nos encontramos con que la vida es un idioma extranjero.

Jeanette Winterson (La Pasión)

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La carta de Andrés, llegaba tarde. Tarde, para cualquier cuestión que hubiese podido arreglarse entre ellos. Tarde, porque la distancia, el desinterés, y la cobardía evidente… como el aceite derramado que se extiende en todas direcciones, resulta prácticamente imposible de recoger sin pringarse… Tarde, porque hay muchas formas de averiguar algo. Pero sobre todo, tarde, por el nivel de practicidad y decisión de a quien iba dirigida. A Carmen, ni se la detenía, ni se la engañaba fácilmente.

Pasado un tiempo más que prudencial sin noticias, se puso en marcha su mecanismo resolutorio. Y ese engranaje implacable, después de múltiples gestiones infructuosas, incluyendo al consulado, resolvió, que teniendo en cuenta que las órdenes religiosas funcionan de facto como multinacionales, no sería difícil que a través de su amiga superiora, sus hermanas homónimas en Buenos Aires, averiguasen con discrección, lo que pudiese estar sucediendo. Y así fue como la razón de tanto silencio, no tardó demasiado en llegar hasta ella.

El descubrimiento de la verdad, después de mucho tiempo de incertidumbre y zozobra, representa siempre un gran alivio, aunque esta no nos favorezca en absoluto. Y eso fue lo que ocurrió. Saber a qué atenerse disolvió la angustia, pero exacerbó el sentimiento de decepción  que ya se había producido tiempo atrás de forma soterrada y no reconocida. Incluso antes de su marcha. Al alma de Carmen, que se alimentaba de la fuerza del orgullo y el deber cumplido, la gente débil, aunque intentaba disimularlo tanto como podía… le inspiraba un sentimiento de desprecio que la hacía sentir culpable, pero que le resultaba insoslayable. En esa ocasión, le pudo el alivio de saber que al padre de sus hijos no le había ocurrido nada irremediable, pero también dio rienda suelta a esa repulsa sin sentirse excesivamente mal.

Pero en aquel ahora, con la carta en sus manos, todo se había vuelto a remover. Así que, después de meditarlo con calma, dejó pasar el tiempo preciso de remansar de nuevo sus aguas interiores antes de responder. Quería y debía hacerlo desde la serenidad. Una tranquilidad, que a quien más le convenía, era a ella misma. No deseaba provocar en él, ni en nadie… el mismo sentimiento de angustia, vacío… y desamparo, que ella había padecido durante todo aquel tiempo de silencio. Menos aún le interesaba la venganza en ninguna de sus versiones. Demasiado karma. Además, en su mismo comportamiento, Andrés, llevaba implícita su sentencia y su penitencia, su carta, rezumaba culpabilidad y tristeza. Tampoco deseaba recuperar un amor que ya no era, ni siquiera al compañero. Pero sí, al padre de sus hijos y por eso debía contestar. Aunque fuese de forma escueta y fría.

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Su respuesta demoró algo más de un mes… y a ella, no tenía acceso nuestra protagonista. Pero si lo tuvo, en circunstancias similares a las suyas, su hermana Carolina en Buenos Aires. Incluso antes de que ella hallase la de su padre. Y este narrador omnisciente, ha tenido a bien traerla hasta aquí 🙂

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Andrés:

Seré muy breve.

Sé de tu vida y circunstancias hace tiempo, por lo que tu situación no es una sorpresa para mí, pero me satisface recibir tu carta y tus explicaciones al fin. Por eso, y no por cansancio o desinterés, dejé de escribirte y preocuparme. Lástima no haberlo sabido antes por ti, me hubiese ahorrado mucha angustia, amén de un sin fin de gestiones para averiguar que estaba sucediendo.

Ya no estoy enfadada, Andrés, y si alguna vez lo estuve, fue porque con esa falta de noticias, que solo por tu miedo a no sé qué? cosa…, me castigaste inmerecidamente durante demasiado tiempo. Lo que digo, puede parecer un reproche y quizás lo sea, pero como comprenderás, a estas alturas, me da lo mismo lo que pienses. En todo caso, no es más que la verdad, que ni puedo ni quiero olvidar.

Pasado un tiempo, lo sospeché… No hace falta ser un lince ni un sabio para saber que estas cosas pasan. Máxime, cuando la distancia de por medio es tanta. No somos los primeros ni los últimos a quienes les sucede una cosa así. Otro asunto, es la forma de enfocarlo de cada uno. La verdad, es que siempre te supe débil pero nunca me imaginé que tan cobarde. Y ya. Que sepas, que por mi parte, no encontrarás rencor ni impedimento alguno para regularizar tu situación, en la Rota o donde sea. Si ese es tu deseo, ponte en contacto con algún abogado experto en el tema, y a través de él, podemos comunicarnos para el papeleo necesario.

Otrosí:

ya no necesito ni de tu concurso económico ni del de nadie. Puedes estar tranquilo. No nos sobra, pero tampoco nos falta nada. Como comprenderás, ante tamaña falta de noticias en todos los sentidos, tiempo ha, que me espabilé en este y otros temas que conciernen a nuestros hijos y a mí. A pesar de todo, aunque el ofrecimiento llegue tarde, gracias por hacerlo. No dejaré de tenerlo en cuenta, y si un día tus hijos lo necesitan, te lo haré saber.

En cuanto a si debo, o no, comunicar a los niños que tienen una hermana, dicho sea sin ánimo de molestar, te diré, que creo que ya no me incumbe a mí hacerte, una vez más, el trabajo ‘sucio’… porque no creo que tal cosa sea responsabilidad mía, sino tuya. Al fin y al cabo, eres el padre de todos.

Es lo que pienso.

Por lo demás, ellos saben de ti, lo que tú has querido que sepan, que te fuiste y que dejaste de escribir. Como tantos otros, que obligados o no, han seguido tu mismo camino de desaparición. Tu sabrás y decidirás si deseas cambiarlo.

Y eso es todo. Ni espero, ni deseo respuesta para mí, pero si me gustaría que reanudases y mantuvieses el contacto con tus hijos. Se lo merecen. No solo son guapos, Andrés, sino muchas cosas más y todas buenas.

¡Suerte!

Carmen

Desde el Corazón de las Tinieblas, 17 de Enero de 1964

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La carta… (Isla VIII)

Allá en el fondo, todas las palabras que dijimos y de las que ya no guardamos recuerdo, duermen bajo las aguas.

Duermen aquellas que no supimos decir y esperan su turno para salir a flote. Las cartas que hemos roto, las no recibidas y las veces que hemos dicho adiós. La pena que sentimos y que ahora al recordarla, nos parece pequeña. La risa o el llanto que no llegó a brotar. La amistad que buscamos en el momento difícil y que resultó más débil que nosotros, más falta de ayuda. La persona a quien quisimos consolar y nos sirvió de consuelo…

Todo duerme allí, en ese fondo…

(Carmen Kurtz) “Duermen bajo las aguas”

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Un par de días más tarde, finalizadas algunas gestiones pertinentes, cuando por fin encontró la presencia de ánimo suficiente para entrar en casa de su hermano, dos de sus amigos la acompañaban. Creía y acertaba… que ese cometido inexcusable, se le haría menos oneroso en compañía de alguien de toda confianza. Y la verdad, es que todas las manos fueron pocas para organizar, desechar y empaquetar toda una vida. Solo pararon para comer. Mientras lo hacían, pensó que si la materia sensible de ser conservada de alguien con un espíritu tan inabarcable como el de Andrés, cabía en un par de cajas… no se imaginaba que sucedería con alguien más corriente. Como ella. Y en quien recogería la suya…

Y entretanto la tarde se precipitaba veloz en la luz blanquecina de un crepúsculo turbio de niebla, que se demoró pausado sobre sus cabezas en el estudio del ático, encontraron tiempo para comentar y sonreír a antiguas fotografías que los regresaron a otros presentes.

Aceptó el ofrecimiento de Chini, de enviarle donde ella dijese lo seleccionado, que consistía en esas dos cajas, algunos libros escogidos casi al azar de una breve pero sólida biblioteca, a lo que añadió un antiguo secreter de principios del siglo pasado que había sido de su padre. Más que por su valor, que lo tenía, por lo que le hacía evocar. Ahí corregía exámenes  y preparaba sus clases su progenitor, del que no le sobraban recuerdos.

Al vaciar el escritorio de objetos y papeles, Saúl bromeó haciendo referencia a los cajones secretos de esos muebles…  Pati, tomó entonces un abrecartas y contestó:

-Supongo que me acordaré, vamos a intentarlo… mira:

Con el abrecartas, procedió a sacar una pequeña incrustación de la marquetería, que le permitió extraer otra pieza contigua más grande. Lo justo, para introducir uno de sus dedos. Casi de inmediato se oyó el chasquido de algún tipo de mecanismo, que provocó que una de las tapas frontales del mueble se desplazase lateralmente, convirtiéndose en una puerta de la que antes no se veían los goznes. Al abrirla, dos pequeños cajones imposibles de imaginar antes del proceso, quedaron al descubierto.

Chini, rompió el encantamiento y el silencio sepulcral que había caído sobre ellos mientras Pati manipulaba el mueble en medio de la penumbra.

-Si ahora nos sacas el mapa del tesoro, tendremos el día completo-dijo bromeando y encendiendo una lámpara, que disipó las sombras de las primeras luces nocturnas-

-Ojalá, pero me temo que no vamos a estar de suerte.

En el primer cajón, hallaron un sobre con tres mil €uros. El contenido del segundo, la hizo palidecer. Aparentemente, parecía una carta dirigida a su madre, en la que reconoció de inmediato la letra picuda de su padre.

-La guardó en su bolso, murmurando: uf… demasiado para un solo día… Esto, va a tener que esperar.

Esa noche, a pesar del cansancio, durmió inquieta, con diversas pesadillas que su conciencia remitía de nuevo al país de los sueños en cuanto abría los ojos. Sobre las seis de la madrugada, después de una ducha reconfortante, estaba en la ventana de su habitación, en el último piso del hotel, observando a través de la niebla como amanecía sobre los puentes y el río. Ese álveo madre, que era un poco como ella…, el mismo cauce pero con distinta agua… Y aquella ciudad, a la que su madre se refería la mayor parte de las veces, como al mismísimo ‘corazón de las tinieblas’. Pero que a pesar de todo su adversativo, poseía algo especial que te calaba dentro hasta hacerte de su propiedad. Como el orvallo o la niebla que tantas veces la difuminaban o la acariciaban… no podría decirlo…, molestos pero imprescindibles, porque nada sería lo mismo sin ellos. Se preguntaba también, qué derecho tenía a leer algo que su madre, incluso su hermano… habían considerado que debían mantenerle en secreto, haciéndole sentir un vago pero bien conocido sentimiento de exclusión; como tantas otras veces… creyendo así protegerla de nunca supo muy bien qué…

Se sentó a leer la carta con las primeras luces.

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Querida Carmen:

Espero que al recibo de esta, estéis todos bien. Te escribo después de mucho tiempo de silencio indisculpable por mi parte.

Es la cosa, que hace unos días, alguien me ha entregado todas las cartas que remitiste a mi primera dirección, en la que ya no resido desde hace años. Eso, y el mínimo de vergüenza que aún me queda, me ha decidido a escribirte por fin. Pero créeme, si te digo que siempre os tengo muy presentes, aunque no sepa ni por donde empezar…

Mirando las fotos de los niños, debo decirte, que están desconocidos de tan grandes como los he visto. Siguen siendo muy guapos. Andrés, está hecho todo un hombrecito e Hipatia, es igual que tu hermana… ¡tanto! que cuando la he visto, me ha dado un vuelco el corazón.

Sé, que no tengo derecho a irrumpir de nuevo en vuestras vidas, ni siquiera a opinar… pero por una vez, dejaré de lado mi cobardía y afrontaré lo que tú decidas. Lo que tengo que comunicarte no se me hace fácil, y debería haberlo hecho hace mucho. Así que intentaré ser breve y lo más conciso que pueda. También sé, y no me cansaré de repetirlo… que excusa por este silencio no tengo ninguna. No sé que valor darás a mis disculpas, pero de verdad que lo siento muchísimo.

Como sabrás, mis primeros tiempos aquí no fueron sencillos, pero poco a poco y con la ayuda de alguien que con el tiempo pasó a ser muy especial e imprescindible para mí, he llegado a tener una situación estable, que me permitiría en adelante, poder ayudarte con los gastos que seguro tienes. Aunque conociéndote, sé con seguridad que estarás saliendo adelante con la dignidad y la inteligencia que te caracterizan.

Ya te imaginarás, por lo que acabo de decirte y así te lo confirmo, que he formado una nueva familia de la que te adjunto una foto. La niña que me acompaña, es mi hija Carolina, que va a cumplir cuatro años para Agosto del año próximo. Dejo a tu albedrío comunicar, o no, la noticia a sus hermanos. Eso es lo principal. Lo demás son historias que ni querrás conocer ni tengo derecho a explicarte, salvo que tu decidas que quieres saberlas.

Aceptaré cualquier respuesta tuya, incluido el silencio, porque nada más merezco por tu parte. Pero te ruego, por todo lo que hubo y pasamos… que por una vez hagas una excepción e impidas que el orgullo o la rabia… te lleven a rechazar mi ayuda, que ahora que por fin puedo, estaría encantado de hacerte llegar por el método que más te convenga.

Os quiere, Andrés.

Buenos Aires, 11 de Diciembre de 1963

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El hombre de la casa (Isla VII)

Algunos se alimentan de los perfumes de las flores, de raíces y de frutos del bosque. Otros, a través de la mirada. Otros se alimentan del calor. Y otros se iluminan a fuerza de pensar.

Plinio el Viejo

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Aunque criados por la misma madre, Andrés e Hipatia, eran hermanos solo por parte de padre. El muchacho, no recordaba a la suya, que había muerto de tisis con solo 25 años, dejando a su padre sumido en un profundo estupor e incapaz de reaccionar para la crianza de un niño de tan corta edad. Asunto, el de la crianza, del que acabó haciéndose cargo Carmen, la hermana de la difunta, con la que terminaría casándose cuando la dejó embarazada de Pati.

Andrés padre, además de buen mozo y buena persona, era un maestro republicano de origen campesino de sólidas convicciones izquierdistas, al que la familia de ‘sus’  mujeres, católica hasta la médula, monárquica y de derechas en su peor versión, odiaban profundamente. Así que, primero, le culparon de la muerte de la madre de Andrés, y más tarde, de la ‘perdición’ de Carmen, a la que rechazaron y expulsaron de casa en cuanto supieron de su embarazo.

Aún así, cuando la situación se hizo políticamente insostenible para él, y estaban a punto de detenerle para afrontar un destino inquietante, que ni en el mejor de los casos hubiese acabado bien… ella supo convencerles para que le escondiesen mientras preparaban la huida, bajo amenaza de que si no lo hacían, no volverían a ver a los niños jamás. Lo que le costó la promesa, más tarde incumplida, de llevar a sus hijos a un colegio religioso para educarles en la fe cristiana.

Carmen, después de enterrar a una hermana a la que adoraba, pasar las penurias de una guerra y enfrentarse a sus padres, casi desde que recordaba, era una mujer dura y resolutiva como un ejecutivo de Apple. Por eso, una vez embarcado y fuera de peligro el padre de sus hijos, tuvo claras varias cosas. La primera, es que debía encontrar un medio de subsistir que le permitiese ser independiente de su familia, si quería seguir siendo ella misma. La segunda, consistía en reducir gastos al mínimo posible. Para ello, abandonó su confortable piso en el centro, y tiró de agenda, poniéndose en contacto con la que había sido su mejor amiga durante toda su niñez y adolescencia. Y esta, no era otra, que la superiora de uno de los colegios religiosos y de más postín de la ciudad. Fue así como consiguió su  trabajo de profesora de ‘Costura y Labores del Hogar’. También a través de ella, obtuvo el desvencijado caserón en el que vivían por un alquiler simbólico. Marisa, o la Madre Angélica, como se la conocía desde que profesó los hábitos, era la única heredera de una conocida familia de la nobleza rural y la propietaria de esa casa cerrada y olvidada desde hacía un montón de años. Esa ayuda, a una roja de dudosas costumbres, le costó una buena reprimenda del Obispo en funciones, pero ella, supo mantener su apoyo a pesar de todo. Nada, como los generosos donativos para doblegar voluntades eclesiales.

Andrés, que siempre fue un niño dócil, que no débil… después de tantas vicisitudes, que ya tenía no solo edad de recordar sino también valorar, era asimismo, o quizás por ello, mucho más maduro de lo que le correspondía por edad. Así que, acudió un par de años más al colegio, hasta que con 16, en contra de la opinión de su madre que deseaba que continuase estudiando, hizo unas oposiciones a la banca, donde poco a poco fue escalando puestos, hasta llegar a ser director de sucursal. Ese punto,que lo convertía en ‘el hombre de la casa’ fue un alivio considerable para la economía familiar y permitió a Carmen, reducir a la mitad su taller de modistería y arreglos, que la mantenía despierta muchos días hasta bien entrada la madrugada.

Andrés, era además en cierta medida, a través de Pati, un poco el hermano protector de todos…  mantener un trato estrecho y cercano con ellos, para él, representaba una forma de seguir manteniendo contacto con la niñez y la adolescencia irresponsable que el destino le había negado. Y para ellos, fue siempre un espejo de sensatez y bonhomía. Nada les gustaba más que, que se uniese a sus conciliábulos, y escucharle reír con sus ocurrencias y trastadas.

Alto y delgado como un junco, era ágil y de movimientos siempre elegantes. Mientras una sonrisa  bondadosa, que no tenía que forzar, alumbraba a menudo en su expresión, un pelo ceniciento, enmarcaba los ojos grises más tristes del mundo. Se casaría algo mayor, tras un larguísimo noviazgo, cuando consideró que su ayuda ya no era esencial para su familia de origen. Tuvo un solo hijo que no sobrevivió a su primer año de vida y perdió a su mujer mucho antes de lo esperado. Pero nunca se derrumbó. Acostumbraba a decir, con una triste sonrisa, que hay personas que nacen para yunque y otras para martillo… y que a él le había tocado ser de los primeros… pero porque se acostumbrase o por naturaleza, también supo ser una persona feliz ayudando a los que quería.

Porque al final, la vida, es lo que uno decide hacer con lo que le sucede.

Y más…

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